Cuando el Corazón Recuerda

Capítulo 41 Antes de que la Memoria Regrese

A veces el corazón reconoce antes de entender.

A comienzos de la primavera, el aire todavía guarda algo del frío del invierno, aunque ya no hiere. Se siente ligero, pasajero, como si anunciara que el cambio está en marcha. La luz se aclara poco a poco y se posa sobre la tierra con mayor constancia, revelando los primeros tonos nuevos: verdes que empiezan a afirmarse, amarillos dispersos, algún matiz rosado que aparece sin pedir permiso.

En las ramas, los primeros brotes laten como pequeños corazones; diminutos puntos de insistencia que quiebran el largo silencio del invierno. Nada ha terminado de empezar. Nada es definitivo aún, pero todo promete.

Adrián salió de la empresa. Su abrigo largo, de un café oscuro, lo hacía parecer un caballero de otra época: elegante, con un aire de misterio que no pasaba desapercibido. Adrián no era fácil de ignorar.

El aire parecía saberlo antes que él. Algo se acercaba, despacio pero inevitable, y su corazón comenzó a prepararse para volver a sentir.

Se detuvo frente a una vitrina. Una cámara fotográfica le devolvió un recuerdo borroso; Anselmo le había hablado alguna vez de ese pasatiempo, en otro tiempo, en otra vida.

Fue entonces cuando la vio.

No directamente, sino en el reflejo del vidrio. Ella esperaba la luz del semáforo. Llevaba un abrigo color burdeos, el cabello recogido sin cuidado aparente y un bolso colgado del hombro.

El corazón le latió con fuerza. El pulso se le aceleró, como si algo largamente olvidado despertara.

Solo dio un paso.

Luego otro.

Cruzó la calle. Ella caminaba como si el tiempo no importara. Adrián sintió esa presión insistente en el pecho.

La siguió a una distancia prudente. No quería asustarla. No sabía qué le diría si se daba la vuelta.

Perdón, creo que mi vida está escondida en tu sombra, pensó.

Ella giró en una esquina. Adrián apuró el paso. La calle se volvió más estrecha, más silenciosa; las luces de los escaparates se reflejaban en los vitrales.

Entonces ella se detuvo.

Adrián también.

Ella giró lentamente, como si hubiera sabido desde el principio que él estaba ahí.

Sus miradas se encontraron.

En ese instante —justo en ese instante— alguien gritó su nombre.

—¡Adrián!

Rebeca agitaba la mano desde la ventanilla del auto. Adrián volteó, hizo una mueca, respiró hondo.

Cuando volvió a mirar al frente, ella ya no estaba.

El vacío le cayó encima sin aviso. Respiró profundamente, como si le faltara el aire, y caminó hacia el auto con la amarga sensación de haber perdido algo que ni siquiera sabía cómo nombrar.

Más tarde, en el club social donde Rebeca solía reunirse con sus amigas, ella hablaba sin pausa:

—No puedo creer lo que está sucediendo. Qué escándalo. He tenido que inventar excusas para nuestras amistades. Por suerte soy lo bastante inteligente para sortear esta tragedia.

Mientras ella hablaba, Adrián mantenía fija en su mente la mirada de aquella mujer. Sin saber su nombre, sin conocer nada de ella, era la única figura que lo anclaba a esa realidad, a ese presente incierto.

Rebeca resopló, siempre cuidando la dignidad.

—Parece que no te importa. Hemos perdido ambos: tú, una gran oportunidad; y yo… —carraspeó—. Ya sabes que lo único que me importa es tu bienestar.

Adrián respiró hondo. Esta vez, Rebeca tenía su atención.

—Lamento haber estropeado tus planes. Clara está con Ricardo.

Rebeca hizo una mueca.

—Ese muchacho es más inteligente que tú. Vio la oportunidad y la aprovechó.

—Hay algo que se llama amor —respondió Adrián.

Se levantó de la silla. Rebeca lo miró con dureza.

—¿Vas a dejar a tu madre sola?

—No, mamá. Tú has elegido quedarte sola —contestó antes de salir.

Rebeca permaneció un momento inmóvil, mirando la nada. Por un instante se sintió débil, pero el orgullo fue más fuerte. Respiró hondo. Una leve vocecita de su conciencia intentó hacerse oír; ella la ignoró con maestría.

No muy lejos de allí, la historia seguía su rumbo.

La pastelería estaba en silencio cuando Isabela entró. La luz cálida caía sobre la mesa de trabajo y la masa la esperaba, intacta. Se ató el delantal y apoyó las manos sobre la harina, como si ese gesto bastara para volver a su lugar.

Afuera quedaban la calle y el ruido. Adentro, el calor del horno y el ritmo conocido de sus movimientos. Amasar la ayudaba a ordenar los pensamientos.

Y allí, entre el tacto de la harina y el calor del horno, la memoria volvió a cobrar forma: la mirada de Adrián, fugaz pero luminosa, flotaba sobre la mesa como un halo de luz. Cada grano de harina parecía capturar un destello de su corazón, y cada amasado era un pequeño conjuro que la hacía sentir su presencia, aunque él estuviera lejos. La calle, el tráfico y los pasos se habían disuelto, pero la chispa que él había encendido seguía viva, suspendida entre sus manos, entre la harina y el aire, imposible de soltar.




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