El mundo se volvió expectante sin hacer ruido. Nada había cambiado en apariencia, pero la ciudad parecía sostener la respiración, como si aguardara un gesto mínimo para ponerse en marcha.
Adrián despertó con la sensación de que algo se había desplazado durante la noche. Un ajuste imperceptible, pero suficiente para dejarlo incómodo, alerta. No supo decir qué era. Caminaba dentro de un tiempo distinto, más atento, más frágil.
La primavera avanzaba sin apuro. Todavía se mezclaba con el frío, con las sombras largas de la mañana, con esa claridad que no termina de decidirse. Y, aun así, insistía.
Isabela avanzaba por los pasillos del supermercado arrastrando el carrito con una parsimonia que no sentía. Las luces blancas, el murmullo distante de otras compras, el sonido monótono de las ruedas contra el suelo… todo era rutina, hasta que dejó de serlo.
Lo vio.
Adrián estaba allí, detenido frente a una góndola, como si el tiempo hubiese decidido usarlo a él para hacerla tropezar con el pasado. El corazón le dio un salto brusco, instintivo. Sin pensarlo, giró hacia otro pasillo, esquivándolo como se esquiva un recuerdo que aún arde, aunque él no la recordara a ella.
Pero el destino —siempre imprudente— tenía otros planes.
Al doblar, el carrito de Isabela chocó de frente con otro. El impacto fue leve, apenas un segundo… y, sin embargo, su mundo dejó de girar.
—Perdón —dijo él de inmediato.
Ella levantó la vista. Sonrió. Una sonrisa pequeña, educada, perfectamente ensayada para ocultar el temblor que le nacía en el pecho.
—No pasa nada.
Y siguió avanzando, como si no acabara de sentir que algo antiguo acababa de despertar.
Más adelante, cuando logró respirar sin que el pecho le doliera, se detuvo frente a una estantería alta. Se empinó para alcanzar un tarro de conservas que parecía fuera de su alcance.
—Permítame —dijo una voz a su espalda, demasiado cerca.
El tarro descendió con facilidad. Adrián se lo ofreció. Sus dedos rozaron los de ella apenas un instante, pero fue suficiente para que la electricidad le subiera por el brazo.
—Gracias —susurró Isabela.
No lo miró. No podía. Se dio la vuelta y se marchó, como quien huye de un incendio silencioso.
Adrián permaneció allí, siguiéndola con la mirada, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera alcanzarla antes de que desapareciera.
Isabela salió del supermercado con el pulso aún desacompasado. El aire del estacionamiento le golpeó el rostro, pero no fue suficiente para devolverla al presente. Se sentó en el auto y se quedó allí, inmóvil, con las manos apoyadas en el volante.
Entonces lloró.
No fue un llanto ruidoso, sino contenido, silencioso; de esos que nacen cuando ya no queda nada que sostener.
Respiró hondo varias veces, hasta que el pecho dejó de dolerle. Se secó las lágrimas, giró la llave… y el motor respondió con un quejido seco. Nada más.
—No ahora —murmuró, atrapada entre la emoción reciente y la paciencia agotada.
Lo intentó de nuevo. El auto no arrancó. Al contrario: un hilo de humo comenzó a salir del capó.
Isabela bajó, lo abrió y se quedó mirando aquel pequeño desastre mecánico sin entender nada. Y entonces, como si el destino hubiera decidido jugar un rato más, escuchó una voz a su espalda.
—¿Problemas?
Era Adrián.
Se acercó sin prisa, con naturalidad, como si no acabaran de reencontrarse en una vida que él no recordaba. Tocó algunas piezas, habló de mangueras, de conexiones, de cosas técnicas que para Isabela sonaban a otro idioma.
Ella lo observaba en silencio. La concentración en su rostro, la forma en que fruncía apenas el ceño… todo le resultaba dolorosamente familiar.
Después de un rato, él se enderezó.
—Creo que ya está.
Isabela lo miró… y sonrió. La sonrisa le ganó al control y se transformó en una risa suave, inesperada, casi liberadora. Adrián la observó, sorprendido, y sin saber por qué, sonrió también.
—Tienes grasa en la cara —dijo ella, señalándolo.
Él rió, se pasó el brazo por la frente y solo consiguió empeorarlo. Isabela negó con la cabeza, se quitó el pañuelo del cuello y, sin pensarlo, se acercó.
Le limpió el rostro con cuidado.
Fueron apenas unos segundos. El mundo se redujo a esa cercanía, a la respiración compartida, al silencio que no pedía explicaciones. Adrián sintió el impulso peligroso de no apartarse, de dejarse llevar por algo que no entendía.
Se alejó un paso.
—Creo que ya puedo solo —dijo, con una sonrisa tensa, intentando salvarse de sí mismo.
Isabela asintió. Volvió al auto y giró la llave. El viejo auto de Mateo respondió al fin, como si también hubiera decidido cooperar.
Adrián se quedó allí, viéndola marcharse una vez más. Solo cuando desapareció, se dio cuenta de que aún sostenía el pañuelo. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo, como si fuera un tesoro.