La ciudad fue quedándose atrás como un recuerdo mal enfocado: luces cansadas, ventanas encendidas que ya no decían nada. El ruido se diluyó poco a poco y, en su lugar, apareció el murmullo del agua, profundo y antiguo. La bahía se abrió frente ante él como un secreto guardado durante años, envuelta en bruma, oliendo a sal y a despedidas. Allí, donde la tierra duda antes de terminar, todo parecía suspenderse, como si el tiempo también mirara al mar antes de seguir.
El agua respiraba despacio, oscura, reflejando fragmentos del cielo. Un viento suave arrastraba ecos lejanos, como recuerdos que se resistían a desaparecer. Todo se detuvo. La bahía esperaba.
Adrián detuvo el auto y se quedó allí, con las manos aún sobre el volante. El mar estaba quieto, casi respetuoso, y el aire tenía ese olor salado que se le metió en el pecho. No recordó nada… pero le dolió. Como si el cuerpo reconociera el lugar antes que la memoria.
Avanzó unos pasos sobre la arena húmeda. Cada pisada dejaba una huella breve que el agua se apresuraba a borrar. Ese detalle —tan simple— le provocó una incomodidad inexplicable, como si el paisaje le estuviera mostrando algo que él aún no podía entender.
El sonido del mar le tensó la garganta. El horizonte le pesó en los ojos. Había una familiaridad extraña en ese lugar, una certeza muda que no venía acompañada de imágenes ni de nombres, solo de una emoción antigua, profunda, mal ubicada en el tiempo.
El viento agitó su abrigo. Adrián respiró hondo, intentando ordenar el desajuste que le recorría el cuerpo.
—Estuve aquí —dijo en voz baja.
Caminó a lo largo de la orilla. Cada ola parecía traer algo consigo y llevárselo enseguida, como un juego cruel de ofrecimientos incompletos.
Luego se dirigió hacia el pueblo. Las personas que lo vieron se detuvieron, sorprendidas; algunas murmuraron, otras sonrieron. Una mujer del mercado salió casi corriendo, extendiendo las manos.
—Entonces es cierto… estás vivo, muchacho.
De pronto estaba rodeado. Las voces se superponían, hablaban todas a la vez. Entre ese ruido humano, una frase se abrió paso:
—La pobre no dejaba de buscarte. Horas, día y noche, frente al muelle, esperando a ver si el mar te devolvía.
—Todos pensamos que estaba loca —agregó otra voz.
Adrián los miraba sin verlos. Las caras, los murmullos, las palabras comenzaron a marearlo. Dio un paso atrás y, de pronto, echó a correr.
Cuando llegó a la mansión, un empleado le dijo que don Anselmo se encontraba en el pueblo vecino y que regresaría al anochecer.
Adrián se quedó un rato en la escalinata. La casa crujía como si respirara.
Avanzó despacio, rozando con los dedos las paredes, intentando apropiarse de un lugar que, según le decían, siempre había sido suyo. No sentía nostalgia, solo una curiosidad extraña, como quien visita una casa ajena y, aun así, sabe que algo le pertenece.
Adrián se detuvo frente a la puerta de su antigua habitación. Respiró hondo, con la esperanza golpeándole el pecho: si abría la puerta, tal vez sus recuerdos volverían.
Giró el pomo y abrió lentamente. Nada. Ni un sonido, ni un aroma que lo anclara al pasado. El cuarto estaba impecable, ajeno, como si sus paredes jamás hubieran guardado secretos ni confesiones. Los armarios, el escritorio: vacíos.
A lo lejos, el murmullo del mar parecía hablarle en secreto, en un idioma que ya no entendía.
Una empleada se detuvo en la puerta. Llevaba un cesto con ropa entre los brazos; carraspeó antes de preguntarle si necesitaba algo.
Adrián la miró, pero tardó en responder. —¿Dónde están las cosas de este cuarto? —preguntó al fin, como si la pregunta no fuera solo por los objetos.
La muchacha se encogió de hombros. Dijo que llevaba pocas semanas trabajando en la casona, que no sabía mucho. Luego, casi en un susurro cómplice, agregó que un empleado anterior le había contado que doña Rebeca ordenó sacar todo y quemarlo.
Las palabras le cayeron encima con un peso difícil de nombrar. Adrián se quedó inmóvil. ¿Por qué su madre haría algo así? ¿A quién intentaba borrar?
Adrián sintió un calor incómodo en el pecho, como si el fuego no hubiera devorado solo objetos, sino también fragmentos de su propia memoria. Tal vez por eso el cuarto estaba así: limpio, neutral, incapaz de devolverle nada. Quemar era una forma de decidir qué había existido y qué no.
La muchacha —a quien, al parecer, le gustaba llenar los silencios— continuó hablando. El señor Anselmo, dijo, había rescatado algunas cosas y las había guardado en el ático.
Adrián asintió apenas. Pensó que, incluso reducidos a cenizas, los recuerdos seguían ahí. A veces no como imágenes, sino como ausencias.
Al fondo del pasillo, casi escondida, estaba la escalera.
—No pasar —leyó en voz baja.
Las letras eran torcidas, infantiles, pintadas con un color ya apagado. Sonrió sin saber por qué. No había miedo en esa advertencia, solo un recuerdo que no lograba alcanzar.
Empujó la puerta del ático con cuidado, como si el lugar pudiera despertarse. El aire olía a polvo y a tiempo detenido. La luz entraba inclinada por una ventana pequeña y revelaba muebles cubiertos con sábanas, cajas apiladas sin orden, una silla coja que parecía esperar a alguien. Una lámpara que había iluminado demasiadas noches. Todo estaba allí, igual y distinto a la vez, aunque él no lo recordara.