Esa mañana transcurría con una calma engañosa. La luz aún se deslizaba sobre el agua cuando, sin aviso, la tarde empezó a encogerse. El sol cayó antes de tiempo, como si el día hubiera decidido retirarse.
En el ático, el aire se volvió más denso. Los secretos temblaron en su escondite. Los recuerdos —hasta entonces dormidos— se atrevieron a volver.
Una caja de cartón, simple, esperándolo.
Se arrodilló frente a ella. Al levantar la tapa, vio sobres amarillentos, y bordes desgastados. Atados con una cinta azul descolorida.
Le temblaron las manos.
Antes de asumirlo, ya sabía que aquella era su letra. La otra era diferente, pero no ajena: había en esos trazos, algo que su corazón reconocía con naturalidad, aun cuando su mente no supiera por qué.
Se sentó en el suelo.
Y leyó.
Amor mío,
Hoy el mar está inquieto. No sé si es un presagio o solo mi miedo hablándome más fuerte. Pienso en ti todo el tiempo, en tus manos sujetando las cuerdas, en tu mirada fija en el horizonte.
Te extraño de una forma que no sabía que existía. No es solo ausencia, es como si me faltara el aire cuando no estás. Si supieras cuántas veces he ido al muelle solo para sentarme y esperarte, como si pudieras aparecer de pronto.
A veces, creo escuchar tu voz.
Nadie, ni siquiera el mar puede borrar lo que somos cuando estamos juntos.
Vuelve amor mío.
Siempre tuya, Isabela.
La emoción lo alcanzó antes que la comprensión.
Tomó otra carta...
Isabela, mi amada...
Escribo de noche, con el mar golpeando fuerte el casco. Hay días en que siento que lucho contra todo, pero luego pienso en ti y recuerdo por qué resisto. Mi madre cree que puede separarnos escondiendo palabras, como si el amor no encontrara caminos propios.
Si algún día estas cartas llegan a tus manos, quiero que sepas esto: no me arrepiento de nada. Te elegí entonces y te elijo ahora, incluso cuando no puedo protegerte como quisiera.
Cuando vuelva, iremos al muelle. Siempre al muelle. Ahí empezó todo y ahí quiero prometerte algo mejor: una vida juntos.
Si algo me pasa, no olvides que fuiste mi verdad más grande.
Adrián
Cuando terminó de leer la última carta, no lloró. No pudo.
Aquella verdad lo dejó suspendido en el silencio.
El recuerdo llegó despacio. Como la marea subiendo sin ruido.
Por primera vez desde el naufragio, supo algo con absoluta claridad: había amado demasiado.
Mantuvo las cartas dobladas entres sus manos, segundos, minutos... hasta que vio el borde de una fotografía asomarse entre todos esos recuerdos.
Y, el mundo se le estrechó en el pecho. Algo se le desordenó por dentro y no logró respirar con normalidad.
Isabela con el cabello desordenado por el viento del muelle, apoyada en su hombro, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.
Sintió el impacto de la verdad antes de poder entenderla.
No era un parecido.
No era una coincidencia.
Era ella.
La misma sonrisa que ahora conocía. La misma forma de inclinar la cabeza, como si escuchara incluso cuando nadie hablaba.
Entendió entonces su miedo. Su resistencia. Ese freno invisible cada vez que la veía.
Había amado a Isabela dos veces.
Primero, olvidándola.
Y, sin embargo, su corazón no había fallado.
Nunca dejó de reconocerla, incluso cuando su memoria la había borrado.
No recordaba la primera vez que la había amado… pero la estaba sintiendo.
Ahora la amaba distinto: con cuidado, con silencios, con una fidelidad inexplicable.
Tardó en sentir el aire volver al pecho.
Y entonces lo entendió.
No había dejado de elegirla.
Simplemente la había elegido sin recuerdos.
La frustración le quemó la garganta.
Había otras fotografías, él, Isabela, Mateo y Florencia. Una imagen de un grupo que se veía completamente feliz.
Adrián se pasó una mano por el rostro. El corazón le golpeaba demasiado rápido. Necesitaba moverse, hacer algo, cualquier cosa.
Al dar un paso atrás, chocó con la vieja grabadora, y un cassette que decía en letras ya conocidas "Verano de... " la fecha estaba borrosa.
Cruzó el ático y encendió el viejo televisor con un gesto torpe. El botón ofreció resistencia y tuvo que presionarlo dos veces.
El aparato tardó en responder.