Cuando el Corazón Recuerda

Capítulo 47 Llegar Tarde

La noche todavía lo cubría cuando el mar respiraba oscuro frente a él. Desde el interior del auto, Adrián miraba el horizonte como si pudiera darle una respuesta.

Casi sin darse cuenta, el cielo comenzó a aclararse. Un gris suave, indeciso, anunció el amanecer.

Tomó aire. Giró la llave. El motor despertó.

El camino hacia la ciudad lo acompañó en silencio. El aire fresco entraba por la ventana entreabierta; los colores cambiaban, los contornos se volvían más nítidos. Campos, calles, semáforos. No pensó en su casa ni en la empresa. Tampoco en su familia. No podía. Siguió adelante.

Cuando llegó a la ciudad, supo dónde debía ir.

La pastelería todavía estaba cerrada. Demasiado temprano. Demasiado pronto para todo, menos para él. Apagó el motor y se quedó ahí, esperando. No sabía qué iba a decirle cuando la viera llegar. No sabía cómo explicarle que su memoria volvía en fragmentos, lenta, incompleta… pero que, de algún modo inexplicable, ella nunca se había ido. Que el corazón —terco, fiel— siempre la recordó.

Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la mañana ya se había adueñado del cielo.

Bajó del auto con prisa, acomodó el cuello del abrigo y se peinó el cabello rebelde con la mano. Se sintió ridículo, vulnerable. Como un adolescente a punto de decir algo que podía cambiarlo todo.

La campanilla sonó con un tintineo suave. El local estaba vacío. El aire era tibio, dulce, casi amable.

Una muchacha salió desde el fondo con una bandeja en las manos. Al verlo, sonrió.

—Hola. ¿Qué va a llevar?

Adrián negó despacio con la cabeza.

—Isabela… —pronunció el nombre con cuidado—. ¿La señorita Isabela llegará más tarde?

La muchacha hizo una mueca breve.

—Ella ya no trabaja aquí.

Adrián no reaccionó de inmediato. Asintió apenas, como si la respuesta fuera una formalidad prevista. Aun así, algo en su pecho se contrajo de golpe, seco, como una puerta cerrándose sin ruido.

—¿Sabe dónde puedo encontrarla? —preguntó al fin.

La voz se le quebró.

La muchacha se encogió de hombros.

Ese gesto simple bastó.

Adrián sintió entonces el peso exacto de la ausencia: ese vacío limpio que dejan las cosas cuando se van del todo.

Afuera, la ciudad estaba despierta, demasiado viva para el silencio que llevaba encima. Todo parecía moverse con una urgencia ajena.

Condujo sin rumbo fijo. La buscó en cada semáforo, en cada esquina.

Siguió manejando. No apuró. Tampoco se detuvo.

Intentó pensar con lógica, reconstruir datos, nombres, tiempos. Nada encajaba. Solo la sensación persistente de haber llegado tarde.

Por primera vez desde que su memoria comenzaba a regresar, el miedo fue claro: el miedo a perderla por segunda vez, a no volver a encontrarla nunca.

Siguió buscando, dejándose llevar por calles que no le ofrecían respuestas.

La primavera insistía a su alrededor: luz nueva, hojas jóvenes, un aire que prometía comienzos, pero para él la ciudad seguía envuelta en una sombra persistente, como si el invierno se negara a marcharse de su pecho, detenido en ese punto donde la espera se vuelve cansancio.

Buscó su rostro en cada esquina, en cada paso ajeno, sabiendo —sin querer admitirlo— que no estaba allí.

Fue entonces cuando la certeza lo alcanzó con la misma frialdad que el viento tardío: si alguien sabía dónde estaba, si alguien había torcido los caminos hasta volverlos imposibles, era su madre. Se detuvo. La calle quedó atrás. Y con el corazón endurecido por la duda, decidió ir a pedir las explicaciones que el silencio le había negado.

Rebeca estaba en la sala cuando llegó. Todo estaba en orden, como siempre: la casa pulcra, el mismo gesto de quien cree tener el control de todo. Lo miró apenas.

—¿El hijo pródigo vuelve al hogar? —dijo, con una ironía medida.

Adrián no respondió. Se quedó de pie, inmóvil, como si necesitara afirmarse al suelo para no irse otra vez.

—Supe que estuviste en la bahía —continuó ella, tomando una taza de café—. ¿Encontraste lo que buscabas? Las cosas cambian.

Él levantó la vista.

—He recordado fragmentos —dijo—. Pedazos sueltos. Pero hay algo que nunca se fue. ¿Dónde está Isabela?

Rebeca suspiró con paciencia ensayada. Dejó la taza de café sobre la mesita de nogal.

—Adrián… ella siguió con su vida. Conoció a alguien. Tienen un hijo.

Las palabras quedaron suspendidas. Adrián no se movió. El silencio se volvió denso.

Entonces la imagen apareció: Isabela sonriendo a un niño, una mano pequeña entre las suyas. Un hombre inclinándose para besar su mejilla. La claridad fue dolorosa. La duda encontró un espacio.

Rebeca lo notó. Sonrió apenas.

—¿Ves? Ya no hay nada que buscar. Así es la vida. Uno sigue adelante. Ella no perdió el tiempo, te creyó muerto y buscó consuelo con otro. ¿Esa es la mujer que crees necesitar?




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