El otoño tibio, encendido en hojas amarillas bajo un cielo sereno, le enseñaba que era hora de partir: miraba atrás lo que fue —o lo que recordaba— y seguía adelante, aunque el corazón, terco, todavía quisiera quedarse.
Adrián dejó su maleta en la cajuela del auto. Ya se había despedido de Ricardo y de Clara; la conversación con su padre fue breve: él no tenía mucho que escuchar, ni Anselmo que explicar. Ni siquiera miró una última vez la casa que arrendaba; no había recuerdos ni un sentimiento que pudiera llamar hogar.
Rebeca estaba más que complacida.
—Hijo mío, esta es la mejor decisión que has tomado —fue lo que dijo, antes de irse al club con sus amigas.
Adrián no condujo hacia el aeropuerto; sintió la necesidad de ver el mar, ese mar, quizá, por última vez.
Al llegar a la bahía, el mar lo recibió con una mezcla de promesa y amenaza: una emoción honda que rozaba la angustia. Cada ola, al romper, parecía empeñada en devolverle los recuerdos que había venido a enterrar.
No había nadie. Don Anselmo también se había ido; tampoco quedaban empleados, por lo cual la casona volvió a quedarse sola, con un aire de tristeza reflejado en las ventanas.
Cuando abrió la puerta, el viento que provenía de alguna parte —quizás de un ventanal abierto— le trajo risas infantiles. Las vio correr y subir al ático. Respiró hondo y siguió su propia ilusión. Ya no había nada que descubrir. Miró a su alrededor, como quien se dispone a borrar todo.
La brisa marina entró de golpe por la pequeña ventanilla. Entonces Adrián miró hacia la cabaña y… sus ojos se agrandaron. Se contuvo por algunos segundos: la mente no lograba razonar y el corazón latía con furia.
Bajó las escalerillas de prisa, a tropezones… y corrió hasta perder el aliento.
Las ventanas de la cabaña estaban abiertas, las cortinas danzaban y la radio tocaba una melodía suave. El perfume de las flores del jarrón se mezclaba con el aroma del mar. La puerta trasera estaba abierta. Adrián caminó sin prisa, tratando de que el corazón no se desbordara. La vio: caminaba a orillas de la playa.
El tiempo pareció suspenderse en ese instante.
Un silencio cargado, denso, como si el aire supiera lo que estaba a punto de ocurrir.
Él la observó durante un instante que pareció eterno. La reconoció incluso antes de estar seguro. El modo en que se quedaba quieta frente al mar. El ondear de su vestido color crema y la brisa jugando con su cabello.
—Isabela… —dijo, apenas, más para sí mismo que para ella.
La voz le tembló. Tragó saliva.
—¡Isabela!
El mundo pareció detenerse.
Ella se estremeció al oír su nombre; no se volvió de inmediato, mantuvo la mirada fija en el mar. El agua estaba serena esa tarde, aunque alguna ola se atrevía a acercarse al muelle, como intentando alcanzarlos.
Isabela respiró hondo y volteó. Su respiración se hizo irregular; quiso correr, pero se contuvo. Supo en ese instante que los recuerdos de él habían regresado.
—Yo… —dijo él.
Ella volvió a mirar el mar… quizás temerosa de lo que Adrián pudiera decir.
Él dio unos pasos y se detuvo a su lado. En silencio. Ambos miraron el horizonte, compartiendo un espacio que había sido suyo tantas veces.
Quiso explicarle que había recuerdos que no lograba nombrar, rostros que la mente se negaba a ordenar. Pero a ella nunca la perdió del todo. Porque, aunque la memoria se le borró como una página arrancada, el corazón siguió recordándola con una fidelidad silenciosa, intacta, inevitable.
—Perdí la memoria —dijo al fin—. Hubo un tiempo en el que mi cabeza era un cuarto vacío. No sabía quién era ni de dónde venía. La desesperación se apoderaba de mí, de todo mi ser. Entonces traté de comenzar una nueva vida.
—Tres años —dijo de pronto Isabela—. Cada uno de ellos volví a este lugar.
Hizo una breve pausa para poder respirar.
—Arrojé al mar tus flores favoritas… —esbozó una sonrisa leve—. En realidad, siempre fueron mis favoritas, pero tú nunca me contradijiste. Te gustaba verme feliz.
Respiró hondo.
—Hoy vine a decir adiós. Al mar… y a tus recuerdos.
Él negó con la cabeza, resopló, buscando aire.
—Siempre estuviste conmigo —dijo—. En mis recuerdos… en mi corazón. Aunque mi mente te hubiera borrado. Te veía en la calle, en un semáforo, en la pastelería. Y no entendía por qué algo dentro de mí se rompía.
Hizo una pausa. El mar seguía allí, paciente.
—Si hubiera sabido que eras tú… la mujer de mis sueños. Sin rostro, que me despertaba cada noche con esa mezcla de amor y angustia… Luego despierto, eras tú quien me hacía querer el presente.
La miró por fin.
—Estuve en la casona. Encontré tus cartas… las mías. Todos mis recuerdos, guardados en una caja de cartón. La memoria volvió despacio, en fragmentos. Te busqué en la pastelería. Me dijeron que ya no trabajabas allí y sentí que el pecho se me partía.
Su voz se quebró apenas.