Adrián caminaba descalzo por la orilla.
Isabela lo observaba desde la arena, sonriendo sin darse cuenta, con esa sonrisa que nace cuando la felicidad deja de ser sorpresa y se vuelve costumbre.
Don Anselmo volvió a la empresa. Se divorció de Rebeca y, según los rumores, ahora mantenía un discreto amorío con su secretaria. Rebeca se marchó al extranjero; se dice que allí conquistó a un viudo millonario. Un conde. Ya podrán imaginar lo insoportable que se volvió con el título.
Ricardo y Clara fueron padres de gemelos.
El viento traía olor a sal, a leña, a verano. Había risas. Había silencios cómodos. Historias contadas a medias y otras que ya no necesitaban palabras.
Adrián tomó la mano de Isabela con la naturalidad de quien sabe que ese gesto pertenece al presente. Al mirarla, no encontró miedo ni dudas, sino esa calma profunda que llega cuando el corazón deja de doler.
El sol comenzó a caer lentamente, tiñendo el mar de tonos dorados, como si el día también quisiera quedarse un poco más.
Mateo luchaba por encender una fogata que se resistía. Florencia, sentada sobre una roca, se reía de él y le alcanzaba los fósforos, como si aquel pequeño ritual fuera también una forma de amor. Se casaron en la capilla del pueblo, con la bahía como testigo.
Y mientras las olas repetían su música eterna, todos entendieron —sin necesidad de decirlo— que la felicidad no siempre es un instante extraordinario.
A veces es esto.
El mar.
Las personas correctas.
El amor sin prisa.
Y la certeza serena de estar, por fin, exactamente donde se quiere estar.
Como el mar al caer la tarde, el amor se quedó.
Y Adrián e Isabela, sin saberlo, ya estaban viviendo el para siempre.
Gracias por acompañarme hasta el final de esta historia; que estas páginas te hayan regalado una emoción, un recuerdo o un latido que se quede contigo un poco más.