Valentina pasó gran parte de la tarde recorriendo la ciudad. Cada calle representaba una oportunidad y, al mismo tiempo, un desafío. Aunque el dinero apenas le alcanzaba para pagar una pequeña habitación en una pensión, no estaba dispuesta a rendirse.
Al caer la noche, revisó una vez más los anuncios de empleo. Uno llamó especialmente su atención: Grupo Montenegro, una de las empresas más prestigiosas del país, buscaba una asistente administrativa.
Sin pensarlo demasiado, preparó su currículum y decidió presentarse a la entrevista al día siguiente.
A la mañana siguiente, el enorme edificio de cristal la dejó sin palabras. Nunca había visto oficinas tan elegantes. Respiró profundo antes de entrar.
—Buenos días. Vengo por la entrevista —dijo con una sonrisa a la recepcionista.
—Tome asiento. En unos minutos la llamarán.
Mientras esperaba, recordó al hombre con el que había chocado el día anterior. Sonrió al pensar que probablemente nunca volvería a verlo.
—Señorita Valentina Cruz.
Una joven de recursos humanos la condujo hasta una sala de reuniones.
La entrevista comenzó con preguntas sencillas sobre sus estudios, su experiencia y sus metas. Valentina respondió con sinceridad, sin intentar aparentar ser alguien que no era.
Cuando la puerta volvió a abrirse, el ambiente cambió por completo.
Entró el mismo hombre del traje gris.
Valentina abrió los ojos con sorpresa.
—¿Usted…? —murmuró.
Él también la reconoció al instante.
—Vaya… el destino parece insistir en cruzarnos.
La directora de Recursos Humanos sonrió.
—Señorita Cruz, le presento al director ejecutivo de la empresa, Adrián Montenegro.
Valentina sintió que el rostro le ardía de vergüenza. Aquel desconocido al que había conocido en la calle era, nada menos, el dueño de la empresa donde soñaba trabajar.
Adrián tomó asiento frente a ella.
—Así que busca un nuevo comienzo.
—Sí.
—¿Y por qué deberíamos contratarla?
Valentina guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Porque no puedo prometer que lo sé todo, pero sí puedo prometer que aprenderé rápido, trabajaré con honestidad y nunca dejaré un problema sin intentar resolverlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sonrió de verdad.
Aquella respuesta le recordó a alguien que había perdido años atrás.
Cuando la entrevista terminó, Valentina salió convencida de que no obtendría el puesto.
Sin embargo, antes de llegar al ascensor, escuchó una voz detrás de ella.
—Señorita Cruz.
Se giró.
Era Adrián.
—Bienvenida a Grupo Montenegro. El trabajo es suyo… si todavía lo quiere.
Valentina sintió que las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos.
—Sí… claro que lo quiero.
Sin saberlo, acababa de abrir la puerta a la aventura más importante de su vida.
Y también al mayor desafío de su corazón.