Cuando el Destino nos encontró

Capítulo 5: Cicatrices invisibles

Los días pasaban y Valentina se adaptaba cada vez mejor a Grupo Montenegro. Su dedicación y su actitud positiva habían conquistado a la mayoría de los empleados. Incluso aquellos que al principio dudaban de ella ahora buscaban su ayuda cuando surgía algún problema.

Solo una persona seguía viéndola como una amenaza.

Sofía.

Aquella mañana, Adrián llegó más temprano de lo habitual. Llevaba varias noches durmiendo poco. El crecimiento de la empresa, nuevos contratos y algunos asuntos familiares ocupaban cada minuto de su mente.

Al entrar en su oficina, encontró una taza de café sobre el escritorio.

No era el café que solían servir en la empresa.

Era uno preparado como a él le gustaba: sin azúcar y con un toque de canela.

Frunció el ceño.

—¿Quién dejó esto?

Valentina levantó la vista desde su escritorio.

—Fui yo. Escuché que ayer no tuvo tiempo de desayunar y pensé que quizá le haría bien.

Adrián tomó la taza y dio un pequeño sorbo.

Hacía años que nadie tenía un gesto tan sencillo y, al mismo tiempo, tan considerado con él.

—Gracias.

Fue una palabra breve, pero para Adrián significaba mucho más de lo que dejaba ver.

Al mediodía, Lucas apareció en la oficina con una sonrisa.

—¿Almorzamos?

Adrián aceptó y ambos salieron del edificio.

Mientras caminaban, Lucas decidió tocar un tema que evitaban desde hacía mucho tiempo.

—¿Has vuelto a pensar en Laura?

Adrián bajó la mirada.

Laura.

Aquel nombre seguía doliendo.

Cinco años antes, Laura había sido la mujer con la que soñaba formar una familia. Se conocieron cuando ambos eran estudiantes y permanecieron juntos durante años.

Pero un accidente de tráfico terminó con su vida apenas dos meses antes de la boda.

Desde entonces, Adrián dejó de creer en el amor.

Se refugió en el trabajo, levantó un muro alrededor de su corazón y prometió no volver a enamorarse.

—No quiero hablar de eso —respondió con voz serena.

Lucas asintió.

—Solo recuerda que vivir no significa únicamente trabajar.

Mientras tanto, en la empresa, Camila invitó a Valentina a almorzar.

—Mi hermano parece un hombre frío, ¿verdad?

Valentina sonrió.

—Un poco.

Camila rió.

—En realidad tiene un gran corazón. Solo que la vida le hizo mucho daño.

Valentina no hizo más preguntas.

Comprendió que detrás de aquella mirada seria existía una historia que aún no conocía.

Esa misma tarde, Sofía recibió una llamada.

—Ya investigamos a Valentina Cruz.

—¿Y bien?

—No tiene antecedentes. Es una mujer trabajadora. Pero encontramos algo interesante.

Sofía sonrió.

—Te escucho.

—Su familia atraviesa problemas económicos. Su madre está enferma y ella envía casi todo su salario para ayudarla.

Sofía apoyó lentamente el teléfono sobre el escritorio.

—Perfecto…

Aquella información podía convertirse en un arma.

Al finalizar la jornada, comenzó a llover con fuerza.

Valentina esperaba bajo el techo de la entrada cuando una voz la sorprendió.

—¿Cómo piensa regresar?

Era Adrián.

—Tomaré el autobús.

Él observó la lluvia.

—Con este clima tardará horas.

Valentina sonrió.

—No pasa nada. Estoy acostumbrada.

Adrián dudó unos segundos.

Luego sacó las llaves de su automóvil.

—La llevaré.

Ella abrió los ojos con sorpresa.

—No quiero causarle molestias.

—No las causa.

Durante el trayecto, el silencio llenó el automóvil.

Hasta que Valentina decidió romperlo.

—¿Siempre trabaja tanto?

Adrián soltó una leve risa.

—Creo que sí.

—Debería descansar un poco más.

Él la miró de reojo.

—¿También piensa darme órdenes fuera de la oficina?

Ella rió por primera vez delante de él.

Una risa natural, sincera y contagiosa.

Sin darse cuenta, Adrián también sonrió.

Por un instante olvidó el peso que llevaba sobre los hombros desde hacía años.

Cuando llegaron a la pensión donde vivía Valentina, ella abrió la puerta del auto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.