La mañana comenzó con un ambiente inusualmente agitado en Grupo Montenegro. Todos los departamentos trabajaban a contrarreloj para preparar la gala benéfica anual de la empresa, un evento al que asistirían empresarios, periodistas y figuras importantes de la ciudad. Valentina apenas había terminado de organizar la agenda del día cuando Adrián salió de su oficina. —Valentina, ¿puede pasar un momento? Ella tomó su libreta y entró. Adrián tenía varios documentos sobre el escritorio. —Esta noche asistiré a la gala de la fundación Montenegro. Necesito que me acompañe para ayudar con la organización y coordinar algunos detalles con los invitados. Valentina dudó por un instante. —Nunca he asistido a un evento así. —No se preocupe. Lo hará muy bien. Ella sonrió. —Entonces, allí estaré. La noticia no tardó en llegar a oídos de Sofía. —¿Qué dijiste? —Que el señor Montenegro irá acompañado por la señorita Valentina Cruz —respondió una secretaria. Sofía sintió que la rabia le recorría el cuerpo. Durante años, ella había sido quien acompañaba a Adrián en todos los eventos importantes. Ahora ese lugar sería para otra mujer. —Esto no se va a quedar así… —susurró. Al terminar la jornada laboral, Valentina regresó rápidamente a la pensión para cambiarse de ropa. Abrió el pequeño armario y se quedó inmóvil. Solo tenía un vestido elegante: uno azul oscuro que su madre le había regalado antes de que viajara a la ciudad. Lo sostuvo entre sus manos y recordó las palabras de Elena: “No importa dónde estés, hija. Lo que te hará brillar nunca será la ropa… será tu corazón.” Con una sonrisa emocionada, decidió usarlo. La gala se celebró en un lujoso hotel iluminado por enormes lámparas de cristal. Cuando Valentina llegó, el lugar ya estaba lleno de invitados. Adrián, vestido con un impecable esmoquin negro, conversaba con varios empresarios. Al verla entrar, dejó de hablar por un instante. El vestido azul resaltaba la sencillez y elegancia de Valentina. No llevaba joyas costosas ni maquillaje exagerado, pero irradiaba una belleza natural que llamó la atención de todos. Lucas, que observaba la escena desde la barra, sonrió. —Creo que alguien acaba de quedarse sin palabras. Adrián carraspeó con discreción. —Buenas noches, Valentina. —Buenas noches. —Se ve… muy elegante. Ella bajó la mirada, ligeramente sonrojada. —Gracias. La gala transcurría con normalidad hasta que el presentador anunció el inicio del baile inaugural. Varias parejas ocuparon la pista. Adrián permanecía inmóvil. Valentina tampoco tenía intención de bailar. Fue entonces cuando Camila se acercó a su hermano. —¿Piensas quedarte toda la noche mirando? —No bailo. —Antes sí lo hacías. Adrián guardó silencio. Camila sonrió con picardía. —Invítala. Él negó con la cabeza. Pero cuando volvió a mirar a Valentina, descubrió que ella observaba la pista con una mezcla de ilusión y nostalgia. Respiró profundamente. Se acercó a ella. —¿Me concede este baile? Valentina abrió los ojos con sorpresa. —Yo… no soy muy buena bailando. —Yo tampoco. Ella aceptó. Mientras caminaban hacia la pista, decenas de miradas se dirigieron hacia ellos. Entre ellas, la de Sofía. La música comenzó lentamente. Adrián apoyó una mano en la cintura de Valentina y ella colocó la suya sobre el hombro de él. Al principio ambos estaban tensos. Pero poco a poco comenzaron a moverse con naturalidad. —¿Está más tranquila? —preguntó Adrián. —Sí… aunque todos nos están mirando. —Déjelos mirar. Por primera vez en muchos años, Adrián disfrutaba un baile sin sentir el peso del pasado. Y Valentina descubría que detrás del empresario serio existía un hombre amable, atento y mucho más sensible de lo que imaginaba. Desde el otro extremo del salón, Sofía no pudo soportarlo más. Se acercó decidida y esperó a que terminara la canción. —Adrián, necesitamos hablar. Él la miró con calma. —¿Puede esperar? —No. —Entonces tendrá que hacerlo de todos modos. Ahora estoy ocupado. Las palabras fueron firmes, pero respetuosas. Sofía sintió que todos los presentes habían sido testigos del rechazo. Humillada, abandonó el salón. Mientras tanto, un hombre mayor observaba discretamente a Valentina desde una mesa cercana. Parecía conocerla. Sacó una antigua fotografía de su cartera. En ella aparecía una niña de unos cinco años abrazando a un hombre joven. El parecido con Valentina era innegable. —Después de tantos años… por fin te encontré —susurró. Y sin que nadie lo notara, salió del salón antes de que terminara la gala. El pasado de Valentina estaba mucho más cerca de alcanzarla de lo que ella podía imaginar.