La mañana siguiente a la gala fue diferente. Por primera vez desde que había llegado a la ciudad, Valentina despertó con una sonrisa. No era por el lujo del evento ni por los elogios que había recibido, sino por un momento que no dejaba de repetir en su mente: el baile con Adrián. Nunca imaginó que un hombre tan reservado pudiera transmitir tanta calma con un simple gesto. Sin embargo, mientras ella recordaba la noche anterior, alguien más pensaba en ella. El hombre de la fotografía. Sentado en una cafetería frente al edificio de Grupo Montenegro, sostenía entre sus manos una taza de café que ya se había enfriado. Sacó nuevamente la vieja fotografía. La observó con atención. —Has crecido mucho, Valentina… —murmuró. En ese momento, un teléfono comenzó a sonar. —¿La encontraste? —preguntó una voz femenina. —Sí. —¿Estás seguro de que es ella? —No tengo ninguna duda. —Entonces… ¿vas a decirle la verdad? El hombre cerró los ojos. —Todavía no. Necesito estar completamente seguro antes de cambiar su vida para siempre. En la empresa, Valentina retomó sus tareas habituales. Mientras organizaba unos documentos, Adrián salió de su oficina. —Buenos días. Ella levantó la vista. —Buenos días. Por un instante, ninguno de los dos supo qué decir. Ambos recordaban el baile. Finalmente, Adrián rompió el silencio. —Gracias por acompañarme anoche. —Fue una experiencia muy bonita. Él sonrió. —Me alegra saberlo. Lucas, que pasaba por el pasillo en ese momento, observó la escena desde lejos. —Definitivamente algo está cambiando —pensó. Horas más tarde, Camila invitó a Valentina a almorzar. Mientras conversaban, Camila hizo una pregunta que tomó a Valentina por sorpresa. —¿Extrañas a tu padre? Valentina bajó la mirada. —Mucho. —¿Hace cuánto falleció? —Cuando yo tenía cinco años. Al menos… eso fue lo que siempre me dijo mi mamá. Camila notó la tristeza en su voz y decidió cambiar de tema. Pero aquellas palabras no pasaron desapercibidas para alguien que se encontraba en una mesa cercana. El mismo hombre misterioso. Había escuchado toda la conversación. Y una lágrima silenciosa recorrió su mejilla. Al terminar la jornada laboral, Valentina salió del edificio con varios documentos en la mano. Mientras esperaba el cambio del semáforo, una voz la llamó. —¿Valentina Cruz? Ella se dio la vuelta. Frente a ella estaba el hombre de unos sesenta años, elegante y de mirada serena. —Sí… ¿nos conocemos? Él sonrió con nerviosismo. —No exactamente. Sacó lentamente la fotografía de su bolsillo. —Solo quería preguntarte si reconoces a las personas que aparecen aquí. Valentina tomó la imagen. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Era ella. De pequeña. Y el hombre que la abrazaba no era el rostro que recordaba vagamente de las pocas fotos que conservaba de su supuesto padre. —¿Quién es él? —preguntó con un hilo de voz. El desconocido respiró profundamente. —Alguien que lleva muchos años buscándote. Antes de que pudiera decir algo más, un automóvil pasó a toda velocidad entre ellos. Cuando Valentina volvió a mirar, el hombre ya se había alejado. —¡Espere! —gritó. Pero había desaparecido entre la multitud. Esa noche, Valentina no pudo dormir. Colocó la fotografía sobre la mesa de su habitación y la observó durante horas. ¿Por qué aquel hombre tenía una imagen suya de niña? ¿Quién era realmente? Y, sobre todo… ¿Por qué sentía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre? Sin saberlo, desde el otro lado de la ciudad, Sofía acababa de recibir un sobre con la investigación completa sobre el pasado de Valentina. Sonrió con satisfacción. —Así que este es tu secreto… Cerró el sobre lentamente. —Ahora solo necesito el momento perfecto para usarlo. A veces, la verdad no llega para liberar a las personas. A veces llega para poner a prueba todo aquello en lo que creen.