La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad cuando Adrián recibió una llamada de uno de sus principales clientes.
—¿Qué ocurrió? —preguntó mientras caminaba por su oficina.
La voz al otro lado de la línea sonaba preocupada.
Uno de los proyectos más importantes de Grupo Montenegro corría peligro. Era necesario viajar esa misma tarde para reunirse con los inversionistas y evitar que el contrato fuera cancelado.
Adrián colgó el teléfono y respiró profundamente.
No había tiempo que perder.
Salió de su oficina y buscó a Valentina.
—Necesito que prepare un viaje. Salimos en dos horas.
Ella levantó la vista de su computadora.
—¿Solo nosotros?
—Sí. Necesitaré toda la documentación y a alguien de confianza que conozca el proyecto tan bien como yo.
Valentina sintió una mezcla de emoción y nervios.
Era la primera vez que saldría de la ciudad por trabajo.
Mientras ambos organizaban los últimos detalles, Sofía observaba desde el pasillo.
Escuchó suficiente para comprender lo que estaba sucediendo.
—Así que viajarán juntos…
Su expresión cambió por completo.
Sacó el teléfono de su bolso y marcó un número.
—Quiero que averigües en qué hotel se hospedarán.
Del otro lado aceptaron la tarea sin hacer preguntas.
Sofía colgó con una sonrisa fría.
—No pienso dejar que disfruten ese viaje.
Al mismo tiempo, el hombre misterioso esperaba sentado en un banco de un parque cercano.
Tenía el sobre con el certificado de nacimiento entre las manos cuando alguien se acercó.
Era Sofía.
—¿Usted es Ricardo Salazar? —preguntó.
El hombre levantó la vista con cautela.
—Sí. ¿Quién es usted?
—Alguien que sabe perfectamente quién es Valentina.
Ricardo guardó silencio.
Sofía tomó asiento frente a él.
—También sé que quiere decirle que es su padre.
El rostro de Ricardo perdió el color.
—¿Cómo lo sabe?
—Eso no importa.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Lo que importa es que, si aparece de repente en su vida, solo conseguirá hacerla sufrir.
Ricardo bajó la mirada.
Durante veinte años había soñado con ese encuentro.
Ahora las dudas volvían a invadirlo.
—Ella merece conocer la verdad.
—Tal vez… pero no ahora.
Sofía se levantó lentamente.
—Piénselo bien. Algunas verdades destruyen más de lo que reparan.
Antes de marcharse, dejó aquellas palabras flotando en el aire.
Ricardo observó el sobre en silencio.
Por primera vez, sintió miedo de acercarse a su propia hija.
Horas más tarde, Adrián y Valentina abordaron el avión.
Era un vuelo corto, pero para Valentina todo resultaba nuevo.
Miró por la ventanilla con la ilusión de una niña.
Cuando el avión despegó, sujetó con fuerza el apoyabrazos.
Adrián lo notó.
—¿Tiene miedo?
Ella sonrió con algo de vergüenza.
—Es mi primera vez volando.
Él respondió con una tranquilidad que la hizo sentir mejor.
—Entonces permítame darle un consejo.
—¿Cuál?
—No mire hacia abajo. Mire el horizonte.
Valentina siguió su indicación.
Las nubes parecían un inmenso mar blanco iluminado por el sol.
Sus ojos brillaron de emoción.
—Es hermoso…
Adrián no respondió de inmediato.
La estaba mirando a ella.
Y pensó que hacía mucho tiempo no veía una sonrisa tan sincera.
Al llegar al hotel, la recepcionista revisó la reserva.
Después de unos segundos frunció el ceño.
—Señor Montenegro, lamento informarle que hubo un problema con la reserva.
Adrián la miró confundido.
—¿Qué clase de problema?
—Solo tenemos disponible una suite mientras solucionamos el error del sistema. Mañana podremos asignar habitaciones separadas.
Valentina sintió que el corazón se aceleraba.
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
—Está bien. Será solo por una noche.
Ambos subieron al ascensor sin saber que alguien observaba la escena desde el lobby.