El viaje de regreso transcurrió en un silencio incómodo. Valentina miraba por la ventanilla del avión, intentando contener las lágrimas. Nunca había estado envuelta en un escándalo y temía que aquella noticia arruinara la oportunidad que tanto le había costado conseguir.
Adrián, sentado a su lado, comprendía perfectamente lo que ella sentía.
Cuando el avión aterrizó, decenas de periodistas esperaban en la salida.
—¡Señor Montenegro! ¿Es cierto que mantiene una relación con su asistente?
—¡Señorita Cruz! ¿Fue un viaje de negocios o de placer?
Los flashes iluminaban sus rostros sin descanso.
Valentina dio un paso atrás, abrumada.
Entonces Adrián caminó hasta colocarse frente a ella, protegiéndola de las cámaras.
Levantó la mano pidiendo silencio.
—El viaje fue exclusivamente por motivos de trabajo. La señorita Valentina Cruz es una profesional excepcional y merece el mismo respeto que cualquier otro miembro de esta empresa. Les pido que dejen de difundir rumores que pueden dañar la reputación de personas inocentes.
Los periodistas siguieron haciendo preguntas, pero Adrián no respondió ninguna más. Se limitó a acompañar a Valentina hasta el automóvil de la empresa.
Dentro del vehículo, ella permaneció en silencio.
—Lo siento —dijo finalmente—. Todo esto ha ocurrido por mi culpa.
Adrián negó con firmeza.
—No. La culpa es de quien decidió convertir una mentira en noticia. No permitiré que nadie manche tu nombre.
Era la primera vez que la tuteaba.
Valentina levantó la vista. Aquella simple palabra hizo que la distancia entre ambos pareciera desaparecer.
Al llegar a Grupo Montenegro, Lucas y Camila los esperaban.
—Ya estamos hablando con el departamento legal para exigir una rectificación a los medios —informó Lucas.
—Y el personal está de tu lado —añadió Camila mirando a Valentina—. Todos saben la clase de persona que eres.
Valentina sonrió agradecida.
Sentirse apoyada le devolvió un poco de tranquilidad.
Sin embargo, alguien observaba la escena desde el otro lado del estacionamiento.
Ricardo Salazar.
Había esperado el momento adecuado durante veinte años.
Sabía que ya no podía seguir ocultándose.
Respiró hondo y se acercó lentamente.
—Valentina…
Ella se giró al escuchar su voz.
Reconoció de inmediato al hombre de la fotografía.
—Usted…
Adrián notó la tensión y permaneció cerca, sin intervenir.
Ricardo sacó el sobre que llevaba siempre consigo.
Sus manos temblaban.
—Sé que esto será difícil de escuchar, pero ya no puedo seguir callando.
Le entregó el sobre.
Valentina lo abrió con cautela.
Dentro encontró un certificado de nacimiento, varias fotografías antiguas y una carta amarillenta por el paso del tiempo.
Leyó el documento.
Su respiración se aceleró.
En el espacio donde debía aparecer el nombre del padre estaba escrito:
Ricardo Salazar.
Sintió que el mundo se detenía.
—No… esto no puede ser…
Las manos comenzaron a temblarle.
—Mi mamá siempre me dijo que mi padre había muerto cuando yo era una niña…
Ricardo bajó la cabeza.
—Eso fue lo que ella creyó que era mejor para protegerte.
—¿Protegerme de qué?
Los ojos de Ricardo se llenaron de lágrimas.
—De las personas que querían destruir nuestra familia.
Valentina retrocedió un paso.
No sabía qué pensar.
Toda su vida había creído una historia que, de pronto, parecía derrumbarse.
Adrián se acercó con calma.
—No tienes que decidir nada ahora.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
Él no hizo preguntas.
Simplemente permaneció a su lado.
Ese gesto fue suficiente para darle fuerzas.
Desde una ventana del edificio, Sofía observaba toda la escena.
No esperaba que Ricardo apareciera tan pronto.
Apretó los dientes.
—Llegué demasiado tarde…
Tomó el teléfono y marcó un número.
—Necesito que averigües todo sobre la familia Salazar. Si Ricardo decidió hablar, significa que todavía no conocemos toda la historia.
Colgó lentamente.
Por primera vez desde que comenzó su plan, sintió miedo.