Valentina no pudo concentrarse en el trabajo durante el resto del día. El sobre permanecía sobre su escritorio, cerrado nuevamente, como si al no mirarlo pudiera hacer desaparecer la verdad que contenía.
Ricardo Salazar.
Ese nombre no dejaba de resonar en su mente.
Cuando terminó la jornada, Adrián se acercó con cautela.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Valentina levantó la vista.
—No… necesito hablar con él.
Adrián asintió.
—Entonces no irás sola.
Ella intentó protestar, pero él sonrió con tranquilidad.
—A veces, cuando la vida cambia de un momento a otro, es bueno tener a alguien cerca.
Por primera vez, Valentina aceptó sin discutir.
Ricardo los esperaba en una pequeña cafetería, lejos del centro de la ciudad.
Al ver entrar a Valentina, se puso de pie de inmediato.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias por venir.
Ella permaneció seria.
—Tiene una oportunidad para explicarme por qué apareció después de veinte años.
Ricardo respiró profundamente.
—Porque nunca dejé de buscarte.
El silencio invadió la mesa.
—Tu madre y yo nos amábamos profundamente. Éramos muy jóvenes cuando naciste. Yo trabajaba para una empresa que descubrió una red de corrupción dirigida por un hombre muy poderoso.
Adrián prestó atención sin interrumpir.
—Cuando decidí denunciarlo, comenzaron las amenazas. Intentaron obligarme a retirar la denuncia.
—¿Y qué pasó? —preguntó Valentina.
—Una noche provocaron un incendio en la casa donde vivíamos. Tu madre logró escapar contigo, pero todos creyeron que yo había muerto.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—¿No intentó buscarnos?
—Lo hice. Durante meses. Pero el hombre que estaba detrás de todo hizo desaparecer cualquier rastro de ustedes. Incluso falsificó documentos para hacerme creer que habían salido del país.
Ricardo bajó la cabeza.
—Cuando finalmente descubrí la verdad… ya habían pasado muchos años.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Valentina.
No sabía si creer todo lo que escuchaba.
Pero el dolor en la voz de aquel hombre no parecía fingido.
En ese momento, Ricardo sacó un pequeño reloj de bolsillo.
Estaba viejo y algo desgastado.
—Esto era tuyo.
Valentina lo observó con curiosidad.
Al abrirlo encontró una fotografía diminuta.
Era ella, siendo un bebé, dormida sobre el pecho de Ricardo.
En la parte interior había una inscripción grabada.
“Para mi pequeña Valentina. Pase lo que pase, siempre volveré por ti. Papá.”
Valentina rompió a llorar.
Aquel objeto no podía haberse inventado.
Durante unos segundos dudó…
Y luego abrazó a Ricardo.
Él respondió al abrazo con fuerza, como si intentara recuperar en un instante todos los años que habían perdido.
Adrián observó la escena en silencio.
No quiso interrumpir ese momento que ambos habían esperado durante tanto tiempo.
Mientras tanto, en una elegante oficina al otro lado de la ciudad, un hombre de cabello canoso leía un informe.
Sobre el escritorio había una fotografía reciente de Valentina y Ricardo abrazándose.
Su expresión se endureció.
—Así que al final se encontraron…
Frente a él, uno de sus asistentes aguardaba instrucciones.
—Señor Mendoza, ¿qué desea hacer?
Arturo Mendoza dejó lentamente la fotografía sobre la mesa.
Era uno de los empresarios más influyentes del país y el hombre al que Ricardo había acusado veinte años atrás.
Aunque el caso nunca llegó a juicio por falta de pruebas, Arturo había construido un imperio ocultando negocios ilegales y comprando el silencio de muchas personas.
Miró por la ventana con frialdad.
—Si Ricardo habla…
Hizo una pausa.
—Todo lo que construí puede derrumbarse.
El asistente permaneció inmóvil.
—¿Quiere que nos deshagamos de él?
Arturo negó lentamente.
—No.
Sonrió con una calma inquietante.
—Primero destruyan su credibilidad.
Después…
Si es necesario…
Nos ocuparemos del resto.
Esa misma noche, mientras Valentina regresaba a casa junto a Adrián, sintió que muchas preguntas seguían sin respuesta.