orita Rivas.
Sofía sonrió con elegancia.
—Yo también de usted.
Arturo fue directo al asunto.
—Necesito que me informe de todo lo que ocurra dentro de Grupo Montenegro.
Sofía permaneció en silencio.
—¿Qué gano yo?
Arturo apoyó las manos sobre el escritorio.
—Poder.
Sacó un documento.
—Cuando todo esto termine, puedo convertirla en la directora general de una de mis empresas.
Era exactamente el ascenso que Sofía siempre había deseado.
Sin embargo, mientras observaba el contrato, recordó el día en que Adrián la rechazó delante de todos.
Su orgullo seguía herido.
—Acepto.
Arturo sonrió.
—No me decepcione.
Esa misma noche, Valentina recibió una llamada de su madre.
—¿Hija? ¿Estás bien?
Al escuchar su voz, Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Mamá… necesito preguntarte algo.
Hubo un largo silencio.
—¿Conociste a un hombre llamado Ricardo Salazar?
Del otro lado de la línea no se escuchó ninguna respuesta.
Solo un llanto contenido.
Finalmente, Elena habló con voz quebrada.
—Pensé que nunca llegaría este día…
Valentina cerró los ojos.
—Entonces… ¿es verdad?
—Sí, hija.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Ricardo es tu padre.
El silencio que siguió pareció eterno.
—¿Por qué me dijiste que había muerto?
Elena respiró profundamente antes de responder.
—Porque alguien me hizo creer que realmente estaba muerto… y porque después nos amenazaron. Me dijeron que, si alguna vez intentaba buscar la verdad, tú correrías peligro.
Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Toda su vida había estado construida sobre una mentira nacida del miedo.
Cuando terminó la llamada, permaneció inmóvil en la oscuridad de su habitación.
Unos minutos después sonó el timbre.
Al abrir la puerta encontró a Adrián.
No dijo una sola palabra.
Simplemente extendió una pequeña bolsa con comida caliente y una caja de té.
—Camila me dijo que quizá no habías cenado.
Valentina intentó sonreír, pero las lágrimas volvieron a aparecer.
Adrián dio un paso adelante.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Ella ya no pudo contenerse.
Se refugió en sus brazos y lloró en silencio.
Adrián la abrazó con delicadeza, sin hacer preguntas, dejando que descargara todo el dolor acumulado durante años.
Desde un automóvil estacionado al otro lado de la calle, un hombre tomaba fotografías de la escena.
Segundos después envió las imágenes a Arturo Mendoza.
El mensaje decía:
“Están más unidos de lo que pensábamos.”
Arturo observó las fotografías y sonrió con frialdad.
—Perfecto…
—Si Adrián Montenegro decide protegerla, entonces él también se convertirá en mi enemigo.