El amanecer encontró a Adrián sentado junto a la cama del hospital donde Valentina descansaba. Había pasado toda la noche allí, negándose a marcharse.
La venda sobre el hombro de Valentina le recordaba, una y otra vez, que ella había arriesgado su vida por salvar la suya.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue a Adrián dormido en una silla, con la cabeza apoyada sobre el borde de la cama y una mano sujetando la de ella.
Valentina sonrió.
Con cuidado, acarició su cabello.
Adrián despertó de inmediato.
—¿Te duele?
—Mucho menos que ayer.
Él respiró aliviado.
—Me asustaste.
—Lo sé.
Durante unos segundos se quedaron en silencio, sin apartar la mirada el uno del otro.
—¿Te arrepientes de haberme besado? —preguntó Valentina con una sonrisa tímida.
Adrián respondió sin dudar.
—Ni un solo segundo.
Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa y le dio un beso corto en los labios.
—Yo tampoco.
Mientras tanto, Lucas revisaba nuevamente la memoria USB en la oficina.
Los archivos estaban intactos.
Entre cientos de documentos encontró una carpeta con un nombre que le llamó la atención:
Proyecto Fénix.
La abrió.
Había contratos, fotografías de reuniones secretas, transferencias millonarias y un video de seguridad grabado veinte años atrás.
Lucas reprodujo el video.
En la pantalla apareció un hombre joven entregando una carpeta a un periodista.
Era Ricardo.
Segundos después, otro hombre ordenaba a varios sujetos seguirlo.
Cuando la cámara enfocó su rostro, Lucas sintió un escalofrío.
Era Arturo Mendoza.
—Con esto basta para reabrir el caso… —susurró.
En otro lugar de la ciudad, Sofía no había podido dormir.
Las imágenes del beso entre Adrián y Valentina no dejaban de perseguirla.
Sin embargo, algo la atormentaba aún más.
El ataque al edificio.
Ella había aceptado informar a Arturo sobre los movimientos de la empresa, pero jamás imaginó que llegaría al punto de enviar hombres armados.
Se miró al espejo.
Ya no reconocía a la mujer en la que se había convertido.
Tomó una decisión.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó una memoria portátil.
Durante meses había guardado copias de correos electrónicos, llamadas y documentos que Arturo le enviaba.
Si algún día intentaba traicionarla, pensaba utilizarlos para defenderse.
Ahora comprendía que podían servir para algo mucho más importante.
Podían detenerlo.
Esa tarde, Sofía pidió hablar con Adrián.
Él aceptó recibirla, aunque mantenía la distancia.
Cuando entró en la oficina, ella dejó la memoria sobre el escritorio.
—Sé que no tienes motivos para confiar en mí.
Adrián permaneció en silencio.
—Cometí muchos errores.
Bajó la mirada.
—Los celos me hicieron tomar decisiones de las que me avergüenzo.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Pero nunca quise que lastimaran a Valentina.
Adrián observó la memoria.
—¿Qué es esto?
—Información sobre Arturo Mendoza.
Él levantó la vista.
—¿Por qué haces esto?
Sofía sonrió con tristeza.
—Porque todavía estoy a tiempo de dejar de ser la villana de esta historia.
Esa misma noche, Ricardo recibió una llamada desde un número desconocido.
—¿Sí?
Una voz grave respondió:
—Si quieres volver a ver con vida a tu hija, deja de colaborar con la policía.
La llamada terminó de inmediato.
Ricardo sintió que la sangre se helaba.
Sin perder un segundo, salió de su casa rumbo al apartamento de Valentina.
Pero al llegar encontró la puerta entreabierta.
Entró con el corazón acelerado.
Todo estaba en silencio.
El lugar parecía vacío.
Entonces vio algo sobre la mesa del comedor.
Era una rosa blanca.
Debajo había una nota escrita a mano.
“Este es solo el comienzo.”
Ricardo comprendió que Arturo ya no estaba jugando.