El teléfono de Adrián sonó a las seis de la mañana.
Era Ricardo.
Su voz temblaba.
—Valentina no está.
Adrián se incorporó de inmediato.
—¿Qué pasó?
—Anoche fui a buscarla para advertirle sobre las amenazas. Cuando llegué, la puerta del apartamento estaba abierta. No había señales de lucha, pero ella había desaparecido.
El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza.
—Voy para allá.
Media hora después, el apartamento estaba lleno de policías.
Lucas recorría cada habitación junto a los agentes.
—No falta dinero, ni joyas, ni ropa —comentó uno de los investigadores—. Si fue un robo, es muy extraño.
Adrián observó la sala con atención.
Todo estaba demasiado ordenado.
Demasiado limpio.
Entonces algo llamó su atención.
Sobre la mesa había dos tazas de café.
Una estaba vacía.
La otra permanecía casi llena.
—Ella esperaba a alguien —dijo Adrián.
Lucas se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
—Valentina nunca dejaba una taza sin terminar. Solo lo habría hecho si algo la hubiera interrumpido.
Uno de los policías tomó ambas tazas para analizarlas.
Horas antes…
Valentina había llegado a su apartamento agotada después de salir del hospital.
Mientras preparaba una taza de té, llamaron a la puerta.
Al abrir, encontró a una mujer de unos cincuenta años.
Tenía el rostro pálido y parecía muy nerviosa.
—¿Valentina Cruz?
—Sí.
—Necesito hablar contigo. Es sobre tu padre.
Al escuchar aquellas palabras, Valentina la invitó a pasar.
La mujer dijo llamarse Clara.
Aseguró haber trabajado para Arturo Mendoza veinte años atrás.
—Fui secretaria de la empresa. Vi cosas que nunca debieron ocurrir.
Sacó una carpeta.
—Aquí hay documentos que pueden demostrar lo que Ricardo siempre dijo.
Valentina sintió una mezcla de esperanza y miedo.
Pero antes de que pudiera revisar los papeles, alguien golpeó la puerta con fuerza.
Clara palideció.
—Nos encontraron.
Las luces del apartamento se apagaron.
Se escuchó el sonido de un cristal rompiéndose.
Después…
Todo quedó en silencio.
De vuelta al presente, Lucas recibió una llamada del laboratorio.
—Encontramos un sedante en una de las tazas.
Adrián apretó los puños.
—La drogaron…
Ricardo cerró los ojos con dolor.
Había prometido proteger a su hija.
Y estaba fallando una vez más.
Mientras tanto, Valentina despertó lentamente.
Tenía la cabeza pesada y la vista borrosa.
Intentó levantarse, pero descubrió que estaba sentada en una silla.
Sus manos no estaban atadas.
Sin embargo, la puerta frente a ella estaba cerrada con llave.
Miró alrededor.
Se encontraba en una antigua casa de campo.
El lugar parecía abandonado desde hacía años.
Una ventana pequeña dejaba entrar un rayo de luz.
Respiró hondo para mantener la calma.
En ese momento, la puerta se abrió.
Entró Arturo Mendoza.
Vestía un traje impecable, como si estuviera a punto de asistir a una reunión de negocios.
Se detuvo frente a ella.
—Buenos días, Valentina.
Ella lo miró con firmeza.
—¿Por qué me trajo aquí?
Arturo sonrió.
—Porque eres mucho más importante de lo que imaginas.
—¿Qué quiere de mí?
—Quiero recuperar algo que tu padre me quitó hace veinte años.
Valentina frunció el ceño.
—Mi padre no es un criminal.
Arturo dio unos pasos por la habitación.
—No. Ese es precisamente el problema.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Los hombres honestos son los más difíciles de controlar.
En la ciudad, Sofía llegó corriendo a la oficina de Adrián.
Tenía el rostro desencajado.
—¡Sé dónde puede estar!
Todos la miraron.