Cuando el Destino nos encontró

Capítulo 18: La última jugada

La lluvia golpeaba el parabrisas del automóvil mientras Adrián conducía a toda velocidad por la carretera que llevaba a la antigua finca.

A su lado, Ricardo apretaba con fuerza el reloj de bolsillo que había conservado durante veinte años.

En el asiento trasero, Lucas hablaba por teléfono con la policía.

—Ya envié la ubicación. Las patrullas vienen en camino, pero tardarán al menos veinte minutos.

Adrián aceleró aún más.

—No tenemos veinte minutos.

En la vieja casa de campo, Arturo Mendoza permanecía de pie frente a Valentina.

—¿Sabes qué fue lo que más me molestó de tu padre? —preguntó con una calma escalofriante.

Valentina no respondió.

—Nunca aceptó mi oferta. Pudo haber sido rico, poderoso… pero eligió la honestidad.

Arturo comenzó a caminar lentamente por la habitación.

—Los hombres como Ricardo creen que la verdad siempre gana.

Se detuvo frente a ella.

—Yo llevo veinte años demostrando lo contrario.

Valentina sostuvo su mirada.

—No.

Arturo arqueó una ceja.

—Mi padre perdió veinte años de su vida, pero nunca dejó de buscarme. Mi madre vivió con miedo, pero jamás dejó de amarme. Y las personas que usted ha intentado destruir siguen luchando.

Respiró profundamente.

—Eso significa que usted nunca ganó.

Las palabras de Valentina golpearon el orgullo de Arturo.

Por primera vez, su expresión perdió la serenidad.

En ese momento, uno de sus hombres entró apresuradamente.

—Señor, vienen hacia aquí.

Arturo sonrió.

—Déjenlos pasar.

El guardaespaldas lo miró sorprendido.

—¿No piensa escapar?

—No.

Arturo se acercó a la ventana.

—Quiero que Ricardo vea cómo pierde a su hija por segunda vez.

El automóvil de Adrián se detuvo bruscamente frente a la finca.

Los tres hombres bajaron al mismo tiempo.

La casa parecía abandonada.

Las ventanas estaban cubiertas de polvo y las puertas apenas se sostenían sobre sus bisagras.

—Tengan cuidado —advirtió Lucas.

Entraron en silencio.

El viejo piso de madera crujía bajo sus pies.

De pronto, escucharon un golpe en el segundo piso.

—¡Valentina! —gritó Adrián.

—¡Estoy aquí! —respondió una voz débil.

Sin pensarlo, Adrián subió las escaleras corriendo.

Ricardo y Lucas fueron detrás.

Cuando llegaron al pasillo, dos hombres armados les cerraron el paso.

Se produjo un forcejeo.

Lucas logró desarmar a uno de ellos, mientras Ricardo golpeaba al otro con una vieja barra de hierro que encontró apoyada en la pared.

Adrián aprovechó la distracción para correr hacia la habitación donde estaba Valentina.

Empujó la puerta con todas sus fuerzas.

Allí estaba ella.

Libre de ataduras, pero encerrada.

Al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Adrián!

Él cruzó la habitación y la abrazó con fuerza.

—Ya terminó… estoy aquí.

Valentina se aferró a él.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse.

Un aplauso lento rompió el silencio.

Arturo apareció en la puerta.

Llevaba una pequeña pistola en la mano.

—Qué escena tan conmovedora.

Adrián se colocó delante de Valentina.

—Se acabó, Arturo.

Él soltó una carcajada.

—Todavía no.

En ese instante apuntó directamente hacia Ricardo, que acababa de entrar en la habitación.

—Todo esto comenzó por tu culpa.

Ricardo dio un paso al frente.

—No involucraste solo mi vida. Destruiste familias enteras por ambición.

—Y volvería a hacerlo.

Antes de que Arturo pudiera disparar, una voz se escuchó desde el pasillo.

—¡Baje el arma!

Era Sofía.

Había llegado junto con la policía.

Arturo giró la cabeza por un segundo.

Ese instante fue suficiente.

Adrián se lanzó sobre él.

El arma cayó al suelo mientras ambos forcejeaban.

Se escuchó un disparo.

Todos quedaron inmóviles.




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