Cuando El Destino Se Equivoca

CAPÍTULO 2

AARON

Subí al último piso como todas las mañanas. Mi oficina estaba esperando, impecable, ordenada, exactamente como debía estar. Pero, por supuesto, antes de llegar, me encontré con Leonardo.

—¡Felicidades, amigo! —dijo Leo, dándome una palmada en la espalda—. Ya vi el anillo que le diste a Sylvia. Está en todas las redes sociales. ¡Ese diamante podría iluminar una ciudad entera!

Rodé los ojos.

—Bah, es solo un anillo barato —respondí, dándole un sorbo a mi café.

Leo arqueó una ceja.

—¿Barato? ¿Cinco millones de dólares? Con eso podrías alimentar a varias familias en África.

Solté una carcajada.

—No son mis clientes, así que no me interesa. Yo hago dinero, no caridad.

Leo negó con la cabeza, pero ya estaba acostumbrado a mi manera de pensar. Caminamos juntos hasta mi oficina. Apenas me senté en mi cómodo sillón de cuero.

—¿De verdad te casarás? No pensé que tu relación con Sylvia iba tan en serio.

—En algún momento tenía que hacerlo, Sylvia es lo que necesito. Una mujer con fama, hermosa, dinero, y sin cerebro para dominarla a mi antojo.

Antes de que mi amigo respondiera, la jefa del departamento financiero ingresó. Marta, apenas y recordaba su nombre.

—Aquí está el informe, señor Lancaster —dijo, colocándolo sobre mi escritorio.

Lo revisé rápidamente. No estaba mal, aunque tampoco me impresionaba.

—Buen análisis —admití.

Marta sonrió y se acomodó las gafas.

—Una amiga me ayudó. Es muy buena, estudió economía. Tal vez podríamos considerarla para el equipo financiero.

Levanté la mirada.

—¿Quieres renunciar? Porque no voy a contratar a nadie más a menos que tú dejes el puesto para ella.

Marta frunció el ceño.

—No es eso, señor Lancaster. Solo creo que Linda podría ser un buen elemento para la empresa.

—Perfecto. Presenta tu carta de renuncia y ella puede ocupar tu lugar.

Marta apretó los labios.

—Necesito este trabajo…

—Entonces, se acabó la discusión. Puedes salir.

Suspiró, pero obedeció. Leo, que había presenciado toda la conversación, me miró con incredulidad.

—A veces podrías demostrar un poco de empatía, ¿sabes? —comentó.

Me encogí de hombros.

—Esto es un negocio, no una casa de caridad.

Durante el almuerzo, Leo y yo bajamos juntos en el ascensor. Justo cuando se abrían las puertas, me mostró su teléfono.

—Mira, Sylvia está en vivo ahora mismo. Está mostrando el anillo otra vez.

Eché un vistazo a la pantalla y resoplé.

—Bonita, pero no muy inteligente.

Leo se rió.

—¿Y entonces por qué te casas con ella?

—Porque es funcional. —Le di otro sorbo a mi café—. Como un reloj de lujo. No lo necesitas, pero queda bien en tu muñeca.

Leo solo negó con la cabeza, y salimos del ascensor. Justo en ese momento, un hombre de limpieza pasó con una escoba y, por accidente, rozó mis zapatos.

—¡Maldición! —exclamé, mirando mi calzado.

El tipo se puso pálido.

—Lo siento, señor… fue un accidente.

Miré su gafete. Pablo Menéndez. Ah, claro, el conserje. Fruncí el ceño y lo inspeccioné con desprecio.

—¿Sabes cuánto cuestan estos zapatos? Más que tu sueldo de un año —espeté.

Tragó saliva.

—De verdad lo siento, señor Lancaster…

—No quiero disculpas. Quiero tu renuncia.

—Por favor… necesito este trabajo…

Suspiré, ya aburrido, de su suplicante tono de voz.

Justo cuando estaba a punto de darle la estocada final, una mujer apareció de la nada.

—¡Señor Lancaster! —exclamó, poniéndose entre el conserje y yo.

La miré. La recepcionista. ¿Cómo se llamaba? ni idea.

—¿Y ahora qué? —pregunté con fastidio.

—Por favor, no lo despida. Pablo es un buen hombre, solo fue un accidente —suplicó.

Le dediqué una mirada helada.

—Si no quieres ser la siguiente en irte, regresa a tu puesto.

Ella frunció los labios y me fulminó con la mirada, pero no dijo nada más. Sabia decisión. Pasé de largo y seguí caminando con Leo, quien me observaba con una expresión divertida.

—Tienes una habilidad única para hacer que la gente te odie, amigo —comentó.

Sonreí de lado.

—Es un talento natural.




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