No era supersticiosa. Nunca lo había sido. De hecho, si me hubieran dado un peso por cada vez que alguien intentaba convencerme de que el destino estaba escrito en las estrellas o en las líneas de la mano, probablemente habría podido comprarme esos zapatos carísimos que Aaron Lancaster aseguraba que valían más que el sueldo de mi esposo en un año.
—No podemos permitir que te despidan, Pablo —dije con firmeza, aferrándome a su brazo como si así pudiera evitar que su empleo se esfumara junto con su dignidad.
Mi esposo suspiró y me acarició la cabeza con una paciencia que solo un santo podría tener.
—Linda, amor, sabes cómo son los jefes. Esos tipos no tienen alma. Si me quieren fuera, me sacarán de una forma u otra.
—¡Pero no es justo! —exclamé, sintiendo que mi indignación se disparaba. Si alguien debía ser despedido en esa empresa, era Aaron Lancaster. Pero eso era imposible, él era el jefe y dueño.
En ese momento, apareció como un rayo de luz en la oscuridad.
—¡Feliz cumpleaños! —exclamó emocionada, sosteniendo una bolsita con un moño ridículamente grande. Su sonrisa se desvaneció cuando notó nuestras caras largas—. ¿Qué pasó? ¿Por qué parecen actores de una telenovela trágica?
Suspiré y crucé los brazos.
—Aaron acaba de despedir a Pablo.
—¿QUÉ? —gritó Marta, atrayendo la atención de varias personas en la oficina—. ¡Pero si él es el mejor conserje que ha tenido este lugar! Bueno, el único que conozco, pero sigue siendo el mejor.
—Lo sé —murmuré, sintiendo que el enojo volvía a hervir en mi sangre—. Gracias por el almuerzo de cumpleaños, pero la verdad no tengo ganas de celebraciones. Prefiero quedarme con Pablo para resolver esto.
Pablo, sin embargo, negó con la cabeza y me tomó de las manos.
—No, Linda. No quiero que esto arruine tu cumpleaños. Ve con tus amigas, diviértete. Yo estaré bien.
Lo miré con recelo. Conocía esa mirada de “haz lo que te digo o me pondré más terco que una mula”. Finalmente, cedí.
—Está bien —suspiré—. Pero si Aaron aparece en mi camino, juro que le vaciaré encima un café hirviendo.
Marta me tomó del brazo y me arrastró fuera de la oficina. Mientras caminábamos, me lanzó una mirada de reojo y soltó la bomba.
—Linda… ¿alguna vez has pensado que Pablo podría tener una amante?
Me detuve en seco y la miré como si me hubiera preguntado si me gustaba comer piedras en el desayuno.
—¿Qué? ¡Por supuesto que no! Pablo y yo siempre nos hemos respetado.
Marta se encogió de hombros.
—Solo preguntaba. Nunca se sabe con los hombres.
Le lancé una mirada fulminante y ella rió, pero antes de que pudiera seguir discutiendo, me di cuenta de que estábamos caminando en una dirección extraña. El ambiente cambió. Las calles se veían más estrechas, los colores de las casas parecían más oscuros, y el aire tenía un aroma a incienso que me revolvió el estómago.
—¿Dónde demonios estamos? —pregunté, frenando en seco.
Marta me sonrió con malicia.
—Antes de ir al almuerzo, quiero llevarte con alguien.
—¿Con quién? —pregunté, cruzando los brazos.
—Es una sorpresa.
—Sabes que odio las sorpresas, ¿verdad?
—Lo sé, por eso no te lo diré —respondió con una sonrisa radiante mientras me arrastraba hasta una vieja casona con un letrero que decía “Misterios del Más Allá”.
Me detuve en la entrada, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda.
—Marta, dime que esto no es lo que creo que es.
—Vamos, Linda. No seas aburrida. Solo una lectura rápida de manos y nos vamos. Es mi regalo de cumpleaños para ti.
—Hubiera preferido un pastel —murmuré, pero Marta ya me estaba empujando hacia el interior.
Adentro, el aire olía a canela y a algo más… algo extraño. Tal vez era el aroma de las decisiones cuestionables. En el centro de la habitación, una mujer con una túnica violeta y un turbante negro nos observaba con ojos penetrantes.
—Bienvenidas —dijo con voz profunda y teatral—. Soy Sabrina. Sé por qué están aquí.
Quise responder que no tenía idea de por qué estaba allí, pero Marta ya se había sentado y le extendía la mano a la mujer.
—Primero ella —dije rápidamente—. Yo solo observo.
Sabrina examinó la palma de Marta y asintió con una sonrisa enigmática.
—Interesante. Muy interesante. Tienes un espíritu rebelde.
—Eso ya lo sabía —respondió Marta, divertida—. Ahora hazle la lectura a mi amiga.
Intenté protestar, pero Sabrina ya me había tomado la mano. La examinó con el ceño fruncido y, de repente, su expresión cambió.
—Tu matrimonio está en un mal momento.
Solté una carcajada.
—¿En serio? ¿Eso es lo mejor que puedes decir? Mi matrimonio está perfectamente bien, gracias.
Pero Sabrina no sonrió. Sus ojos oscuros me observaron con intensidad.
—Tu vida está por cambiar. La muerte ronda a tu familia, pero no será el final. De hecho, es solo el principio. Mejores cosas vienen.
Me congelé. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y por primera vez, la risa murió en mis labios.
—Esto es una tontería —murmuré, retirando la mano rápidamente—. Vamos, Marta. No deberíamos haber venido.
Salí apresurada de la casa, sintiendo el corazón latir con fuerza. Marta me siguió, aún riendo.
—Linda, ¿no crees que fue interesante?
—No —respondí tajantemente—. Y no vuelvas a llevarme a lugares así.
Me convencí a mí misma de que todo era una farsa… pero no pude evitar que una sensación extraña se quedara pegada en mi pecho. Porque aunque no creía en el destino, en la magia ni en profecías… la mirada de Sabrina me había dejado inquieta. Y lo peor de todo era que sentía, muy en el fondo, que tal vez no estaba equivocada.