Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 1. El viaje hacia lo desconocido. (Yin).

El traqueteo del tren era constante, un murmullo metálico que se mezclaba con el susurro del viento colándose por las rendijas. Yin llevaba más de una hora mirando por la ventana, aunque no estaba seguro de haber visto realmente nada. El paisaje pasaba demasiado rápido como para fijarse en él, pero lo suficiente lento como para que sus pensamientos lo alcanzaran una y otra vez.

El cristal estaba frío. Yin apoyó la frente contra él, dejando que la temperatura helada calmara un poco el calor que sentía en las mejillas. No era fiebre. Era nervios. Expectativa. Miedo. Todo junto, revuelto como una tormenta suave que no sabía si iba a convertirse en lluvia o en un arcoíris.

[> No puedo creer que ya estoy en camino… <]— pensó, cerrando los ojos un instante.

[> De verdad voy a vivir allí. En un dormitorio compartido. Con desconocidos... <]

La idea lo emocionaba y lo aterraba a partes iguales.

El tren vibró al pasar por un tramo irregular de las vías. Yin abrió los ojos y vio su propio reflejo en el cristal: cabello color miel ligeramente despeinado, ojos cálidos pero tensos, labios apretados en una línea fina. Parecía más joven de lo que era. O quizá solo parecía más asustado.

Suspiró.

[> No debería estar tan nervioso. Es solo… una nueva etapa. Una oportunidad. <]

Había repetido esa frase tantas veces que ya no sabía si la creía o si solo la usaba para no entrar en pánico. Aun así, algo dentro de él, una chispa pequeña pero persistente, le decía que este cambio era necesario. Que algo bueno podía salir de esto.

El vagón estaba casi vacío. Una pareja mayor dormía en los asientos del fondo. Un chico con auriculares miraba su móvil sin levantar la vista. Una mujer revisaba papeles con gesto cansado. Nadie parecía prestarle atención, lo cual era un alivio.

Yin bajó la mirada hacia sus manos. Las tenía entrelazadas sobre su mochila, apretando con más fuerza de la necesaria. La mochila era nueva, regalo de su madre. “Para que empieces bien”, le había dicho. Él había sonreído, pero por dentro había sentido un nudo en la garganta.

[> Voy a estar bien… ¿verdad? <]

El tren anunció la siguiente estación con un pitido agudo. Yin se enderezó, sintiendo cómo su corazón daba un pequeño salto. Esa era su parada. Su nueva ciudad. Su nuevo hogar.

O lo que fuera que fuese.

Mientras el tren comenzaba a frenar, Yin se levantó despacio. Sus piernas temblaron un poco, pero logró mantener el equilibrio. Se colgó la mochila al hombro y respiró hondo.

El vagón se detuvo con un chirrido. Las puertas se abrieron. Un soplo de aire fresco entró, cargado con el olor de la ciudad: asfalto húmedo, olor a comida callejera (unos cuantos puestos por la zona), hojas de otoño.

Yin dio el primer paso fuera del tren.

El andén estaba lleno de gente moviéndose en todas direcciones. Maletas rodando, voces mezclándose, anuncios por altavoces. Era un caos vibrante, vivo. Muy distinto a la calma del vagón.

Yin tragó saliva.

[> A ver… paso uno: no perderme <]

Sacó su móvil y revisó el mensaje que había recibido días antes: la dirección del departamento, el horario de llegada. Todo estaba ahí, claro y ordenado. Aun así, su corazón seguía latiendo demasiado rápido.

Caminó hacia la salida de la estación, intentando no chocar con nadie. Su mochila golpeaba suavemente su espalda con cada paso. El ruido de la ciudad se hacía más fuerte a medida que avanzaba: coches, risas, pasos, el murmullo constante de la vida urbana.

Cuando salió al exterior, la luz del atardecer lo envolvió. El cielo estaba teñido de tonos rosados y dorados, como si alguien hubiera pintado una acuarela gigante sobre él. Yin se detuvo un momento, maravillado.

[> Es hermoso... <]

Y por primera vez desde que salió de casa, sonrió sin esfuerzo.

El mapa indicaba que debía tomar un autobús para llegar al campus. Yin caminó hasta la parada, donde solo había una chica escuchando música y un hombre leyendo el periódico. Se sentó en el banco y dejó caer la mochila a sus pies.

El autobús tardaría unos minutos.

Yin apoyó los codos en las rodillas y dejó que sus pensamientos volvieran a fluir.

[> Me pregunto cómo serán mis compañeros de habitación… <]

Había escuchado historias de todo tipo: compañeros ruidosos, silenciosos, compañeros que se convertían en familia, compañeros que se convertían en pesadilla. Él solo esperaba que no lo odiaran desde el primer día.

[> Ojalá... ojalá pueda llevarme bien con ellos... <]

El autobús llegó con un resoplido. Yin subió, pagó el billete y se sentó junto a la ventana. El vehículo arrancó, y la ciudad comenzó a moverse a su alrededor como un escenario en constante cambio.

Calles estrechas, tiendas iluminadas, cafeterías llenas, estudiantes caminando con mochilas. Todo era nuevo, desconocido, pero también emocionante.

Yin apoyó la cabeza en el cristal, esta vez sin sentir frío.

[> Quizá… quizá este sea el lugar donde por fin encaje... <]

El autobús dobló una esquina, y a lo lejos, entre los edificios, Yin vio la silueta del campus. Grande, moderno, con luces encendidas en varias ventanas.

Su corazón volvió a latir fuerte.

[> Allí… allí es donde empezará todo... <]




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