El departamento 214 todavía olía a cartón nuevo y a muebles sin estrenar. A mí me encantaba. Era como entrar en un lienzo en blanco, listo para que lo arruináramos con nuestra personalidad. Yin decía que yo exageraba, pero él siempre decía eso.
Mientras él acomodaba su ropa en el armario, doblando cada camiseta como si fuera un ritual sagrado, yo me tiré en mi cama, que ya había reclamado como mía. La de la ventana, obviamente. La luz era perfecta para mis fotos mañaneras.
— ¿Seguro que no quieres ayuda? —le pregunté, aunque no tenía intención real de levantarme.
— Estoy bien —respondió Yin, sonriendo sin mirarme.
Ese “estoy bien” suyo siempre significaba “estoy nervioso pero no quiero molestar”. Lo conozco demasiado.
Me quedé mirándolo un rato. Su cabello color miel brillaba con la luz que entraba por la ventana. Parecía tranquilo, pero yo sabía que su cabeza iba a mil por hora. Nuevo lugar, nueva gente, nueva vida. Yin siempre se esforzaba demasiado por encajar.
Y yo siempre estaba ahí para recordarle que no tenía que hacerlo solo.
— Voy a la cocina —dije, levantándome de golpe—. A ver si encuentro algo comestible o si morimos de hambre hoy.
— Bien —respondió Yin, acomodando otra camiseta.
Salí al pasillo y me estiré como si hubiera corrido un maratón. El departamento estaba silencioso, lo cual era raro considerando que Dy y Seong vivían aquí. Bueno… Seong era silencioso por naturaleza. Dy no tanto.
Cuando llegué a la cocina, encontré a Dy apoyado en la encimera, revisando una lista en su móvil. Parecía concentrado, pero no tanto como para no notar mi entrada.
— ¿Buscas comida? —preguntó sin levantar la vista.
— Busco esperanza —respondí—. Pero comida también sirve.
Dy soltó una risa suave.
— No hay nada todavía. Tenemos que hacer compras.
— ¿Y Seong? —pregunté, abriendo la nevera vacía como si fuera a aparecer algo por arte de magia.
— En la habitación —respondió Dy—. Está… acomodando sus cosas.
[> Traducción: está evitando socializar. <]
Me apoyé en la mesa, cruzando los brazos.
— ¿Siempre es así de… frío?
Dy levantó la vista por primera vez. Me miró con esa expresión tranquila que tenía, como si siempre supiera más de lo que decía.
— No es frío —respondió—. Solo… le cuesta.
— ¿Le cuesta qué?
— Todo —dijo, sonriendo.
Me reí.
— Pues Yin y él son como agua y aceite. O como… no sé, miel y metal.
Dy arqueó una ceja.
— ¿Miel?
— Sí, Yin es como la miel —respondí sin pensarlo—. Dulce, cálido, pegajoso si te descuidas.
Dy se rió otra vez.
— ¿Y Seong es…?
— Un cubito de hielo gigante —dije—. De esos que te golpean en el diente cuando bebes rápido.
Dy negó con la cabeza, divertido.
— No los juzgues tan rápido.
— No los juzgo —respondí—. Solo digo lo que veo.
Dy guardó su móvil y se cruzó de brazos.
— ¿Y qué ves?
Me quedé pensando un segundo.
— Veo que Yin está nervioso —dije—. Y que Seong lo mira como si no supiera qué hacer con él.
Dy parpadeó, sorprendido.
— ¿Seong lo mira?
— Sí —respondí—. No mucho, pero lo hace. Como si… no sé, como si Yin fuera demasiado brillante para él.
Dy se quedó callado un momento. Luego sonrió de lado.
— Interesante.
— ¿Qué?
— Nada —respondió—. Solo que tú observas más de lo que aparentas.
— Obvio —dije, inflando el pecho—. Soy un genio incomprendido.
Dy rodó los ojos.
— Vamos a hacer una lista de compras. Si no, no cenamos hoy.
— Perfecto —respondí—. Pero yo no pienso cocinar.
— Ya lo imaginaba.
Mientras Dy anotaba cosas, yo miré hacia el pasillo. Desde aquí podía ver la puerta entreabierta de nuestra habitación. Yin seguía allí, acomodando sus cosas con esa paciencia infinita que yo nunca tendría.
Y pensé, por primera vez desde que llegamos, este lugar podría ser bueno para él.
Y para mí también, aunque no lo admitiría en voz alta.
Editado: 22.01.2026