Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 8. Lo que no se dice. (Yin, Seong).

(Yin)

Cuando cerré la puerta de la habitación despacio, como si el ruido pudiera romper algo, me apoye contra ella pensando. Camine lentamente y me senté en mi cama, mirando la manta que había traído de casa. La acomodé, la desacomodé, la volví a acomodar. No porque hiciera falta, sino porque mis manos necesitaban hacer algo.

Mi corazón seguía acelerado desde la cena.

No por la comida.
No por Jink hablando sin parar.
No por Dy observando todo con esa calma suya.

Por él.

Por Seong.

No entendía por qué me ponía así.
No había hecho nada especial.
Solo… me miró.

Un segundo.
Un instante.
Pero suficiente para que mi pecho se apretara.

Me llevé una mano al rostro. Estaba caliente.

¿Por qué me miró?
¿Dije algo raro?
¿Hice algo mal?

No quería pensar que era algo malo.
Pero tampoco quería pensar que era algo bueno.

Porque si era bueno…
No sabía qué hacer con eso.

Me acosté boca arriba, mirando el techo.
Escuché voces lejanas desde la cocina. Jink riendo. Dy respondiendo.
Me tranquilizó un poco.

Pero aun así, mi mente volvía a ese momento.

A sus ojos.
A su expresión.
A esa sensación extraña que me dejó en el pecho.

No sabía qué significaba.
No sabía si quería saberlo.

Solo sabía que, por primera vez desde que llegué…
Tenía miedo de sentir demasiado.

(Seong)

Cuando entré, cerré la puerta detrás de mí y respiré hondo.
Necesitaba silencio.
Necesitaba orden.
Necesitaba no pensar.

Pero no podía evitarlo, pensar era lo único que estaba haciendo.

Me senté en mi escritorio, alineé los lápices, enderecé el cuaderno, ajusté la lámpara.
Todo perfecto.
Todo en su sitio.

Excepto yo.

Mi mente seguía en la mesa del comedor.
En la cena.
En él.

En Yin.

No sé por qué lo miré.
No sé por qué me atrapó la mirada.
No sé por qué aparté los ojos tan rápido.

No sé por qué me molestó haberlo hecho.

Me pasé una mano por el cabello, frustrado.

No me gusta sentir cosas que no entiendo.
No me gusta perder el control.
No me gusta… que alguien me afecte.

Y Yin…
Yin me afecta.

No de forma ruidosa.
No como Jink, que entra a un lugar y lo llena todo.
No como Dy, que siempre sabe qué decir. Aunque es mi mejor amigo, la única persona con la que he sido capaz de abrirme.

Yin es distinto.
Es silencioso.
Es suave.
Es… cálido.

Demasiado cálido.

Y yo no sé qué hacer con la calidez.

Me levanté y caminé por la habitación, intentando despejarme.
Pero cada vez que cerraba los ojos, veía los suyos.
Grandes.
Brillantes.
Inocentes.

Y sentía algo en el pecho.
Algo que no quería sentir.

Algo que no debía sentir.

Me detuve frente a la puerta.
Escuché risas lejanas desde la cocina.
Jink.
Dy.

Y, por un segundo, pensé en salir.
En unirme.
En intentar… algo.

Pero no lo hice.

No podía.

No todavía.

Me senté en la cama, apoyé los codos en las rodillas y me cubrí el rostro con las manos.

¿Qué me pasa?
¿Por qué él?
¿Por qué ahora?

No tenía respuestas.

Solo tenía esa sensación molesta en el pecho.

Y el miedo de que no desapareciera.




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