Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 12. Entre puertas entreabiertas. (Dy).

La puerta de la habitación de Seong se cerró detrás de mí con un clic suave.
No era un sonido fuerte, pero lo sentí igual que un golpe. Hablar con él siempre me dejaba pensando.
No porque fuera difícil, aunque lo era, sino porque cada palabra suya parecía venir desde un lugar que llevaba años cerrado con llave.

Y hoy… había dejado una rendija abierta.

Respiré hondo, apoyando la espalda en la pared del pasillo.
La luz tenue del departamento 214 hacía que todo pareciera más silencioso de lo normal.

Di un paso.

Y entonces lo vi.

Jink estaba sentado en el suelo, justo al lado de la puerta de la habitación que compartía con Yin. Rodillas dobladas, brazos apoyados sobre ellas, mirada perdida en el pasillo.

No estaba sonriendo.
Eso ya era raro.

— ¿Qué haces ahí? —pregunté, acercándome.

Jink levantó la vista.
Sus ojos tenían ese brillo inquieto que solo mostraba cuando estaba preocupado.

— Esperaba a Yin —respondió—. Se fue a duchar... Y… no quería estar solo.

Me senté a su lado sin pensarlo.
Jink no era de pedir compañía.
Él era la compañía.

— ¿Qué pasa? —pregunté.

— ¿Qué te dijo Seong? —soltó de golpe.

Directo.
Como siempre.

Me quedé en silencio un momento.
No porque no quisiera responder, sino porque no era mi historia para contar.

— Nada que deba preocuparte —dije al fin.

Jink frunció el ceño.

— Dy… —su voz bajó un poco—. Sé que algo le pasa. Lo veo. Lo siento. Y… no quiero que Yin salga herido.

Ah.
Ahí estaba.
La verdadera razón.

— Jink —dije con calma—. Seong no quiere hacer daño a nadie.

— Pero puede hacerlo sin querer —respondió él, bajando la mirada.

Me sorprendió lo serio que estaba.
Lo sincero.

— Yin es… —Jink buscó la palabra—. Es suave. Es sensible. Y Seong es… Seong.

— Frío —completé.

— No —dijo él, negando con la cabeza—. No frío. Asustado.

Lo miré, sorprendido.
No esperaba que lo entendiera tan rápido.

— ¿Cómo lo sabes? —pregunté.

Jink se encogió de hombros.

— Porque yo también me asusto. Pero lo disimulo hablando. Él lo disimula callando.

Me quedé en silencio.
Jink tenía una forma extraña de ver a la gente.
Caótica, sí.
Pero también precisa.

— Dy… —dijo, mirándome de frente—. ¿Crees que Yin y Seong…?

No terminó la frase.
No hacía falta.

— Creo que ambos sienten algo —respondí—. Pero ninguno sabe qué hacer con eso.

Jink suspiró, dejándose caer un poco hacia atrás.

— Genial. Dos idiotas emocionales.

Me reí.

— Sí. Dos idiotas emocionales.

— ¿Y nosotros qué? —preguntó de repente.

— ¿Nosotros?

— Sí —dijo, mirándome con una mezcla de curiosidad y nervios—. Tú y yo. ¿Qué somos?

Me quedé quieto.
Muy quieto.

No porque no tuviera respuesta.
Sino porque no esperaba la pregunta.

— Somos… —empecé.

Pero la puerta del baño se abrió y Yin salió con el cabello mojado, mirando a ambos con sorpresa.

— ¿Qué hacen en el suelo? —preguntó.

Jink saltó de inmediato.

— ¡Meditando! —respondió.

Yo me levanté más despacio, sin dejar de mirar a Jink.

Él me sostuvo la mirada un segundo.
Solo un segundo.

Pero suficiente para saber que esa conversación no había terminado.

Solo había empezado.




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