(Jink)
La puerta de la habitación se cerró detrás de nosotros con un clic suave.
Un sonido pequeño. Un sonido normal.
Pero para mí… Para mí fue como si el mundo hubiera cambiado de escenario.
Ahora estábamos solos.
Yo y Dy.
Caminando hacia la cocina.
Y mi corazón estaba haciendo cosas raras. Muy raras.
No sabía si estaba latiendo demasiado rápido o si directamente había decidido dejar de funcionar.
Solo sabía que cada paso que daba a su lado me hacía sentir como si estuviera caminando sobre una cuerda floja.
Dy iba delante, tranquilo, con las manos en los bolsillos.
Yo lo seguía, intentando no parecer un pato mareado.
¿Por qué caminaba tan bonito?
¿Por qué me fijaba en cómo caminaba alguien?
¿Qué me pasaba?
Respiré hondo. Mala idea. El aire me entró demasiado rápido y casi tosí.
— ¿Estás bien? —preguntó Dy sin girarse.
Su voz.
Ay, su voz.
— Sí —respondí, demasiado rápido—. Perfecto. Genial. Increíble. Nunca mejor.
Dy se detuvo. Se giró. Me miró.
Y yo sentí que mis rodillas se volvían gelatina.
— Jink —dijo, suave—. Estás temblando.
Miré mis manos.
Sí.
Estaban temblando.
Otra vez.
— Es que… —tragué saliva—. Hace frío.
— No hace frío —respondió él, acercándose un poco.
Y ahí fue cuando mi cerebro decidió abandonarme por completo.
Porque Dy estaba cerca.
Muy cerca.
Lo suficiente como para que pudiera ver la forma exacta en la que sus pestañas proyectaban sombras en sus mejillas.
¿Por qué estaba mirando sus pestañas?
¿Por qué estaba pensando en sus pestañas?
¿Por qué estaba vivo?
— Jink —repitió, más suave—. ¿Qué te pasa?
Yo abrí la boca.
Y lo supe.
Lo supe en ese instante.
Si hablaba…
Si decía algo…
Si dejaba salir lo que tenía en el pecho…
No iba a poder detenerme.
Pero no hablar también dolía.
Me quemaba por dentro.
Así que dije lo primero que salió.
— Creo que me gustas.
Silencio.
El pasillo entero se quedó quieto.
El aire dejó de moverse.
El mundo dejó de girar.
Dy parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Y yo…
Yo quería desaparecer.
(Dy)
Cuando Jink dijo esas palabras, sentí que algo dentro de mí se detenía.
No el corazón. No la respiración. Algo más profundo.
Algo que no sabía que podía moverse… o detenerse.
“Creo que me gustas.”
No lo dijo como una broma.
No lo dijo como un comentario impulsivo.
Lo dijo como si se le hubiera escapado.
Como si hubiera estado guardándolo sin saberlo.
Y yo… Yo no estaba preparado.
Jink siempre había sido luz. Movimiento. Ruido. Risa.
Pero ahora estaba temblando.
Mirándome como si yo tuviera la respuesta a una pregunta que él mismo no entendía.
— ¿Lo dices en serio? —pregunté, porque necesitaba escucharlo otra vez.
Él tragó saliva.
— No lo sé —respondió—. O sí. O… creo que sí. O… me asusto cuando estás cerca. Pero también me gusta estar cerca. Y cuando me hablas siento cosas raras. Y cuando me sonríes siento más cosas raras. Y cuando me escuchas siento cosas rarísimas. Y no sé qué significa nada de eso.
Y ahí fue cuando me puse nervioso.
Porque Jink no estaba jugando. No estaba exagerando. No estaba siendo dramático. Estaba siendo sincero.
Dolorosamente sincero.
Y yo… no sabía qué hacer con eso.
(Jink)
Cuando Dy no respondió de inmediato, mi cerebro entró en modo pánico.
— Perdón —dije rápido—. Perdón, perdón, perdón. No quería decirlo. O sí quería. No sé. Mi boca se adelantó. Mi corazón también. Mi cerebro está despedido. No sé qué estoy diciendo. No sé qué siento. No sé nada.
Dy levantó una mano, suave, como si quisiera calmarme sin tocarme.
— Jink… respira.
Respiré. O lo intenté. No funcionó.
— No tienes que decir nada —dije—. No quiero presionarte. No quiero que te sientas raro. No quiero arruinar nada. No quiero-...
— Jink —me interrumpió—. Mírame.
Lo hice. Y casi me caigo.
Sus ojos estaban suaves.
No asustados.
No incómodos.
Suaves.
— No sé qué siento aún —dijo—. Pero… me importa lo que sientes tú.
Mi corazón explotó. Literalmente. O eso sentí.
— ¿Eso es bueno? —pregunté, con voz pequeña.
Dy sonrió. Una sonrisa tímida. Hermosa. Peligrosa.
— Creo que sí.
(Dy)
Jink estaba rojo. Rojo de verdad. Rojo de emoción, de miedo, de sinceridad.
Y yo… Yo estaba igual por dentro.
No sabía qué hacer con lo que acababa de decirme.
No sabía qué hacer con lo que yo estaba sintiendo.
Pero sí sabía una cosa: No quería que se alejara. No quería que pensara que había hecho algo mal. No quería que se arrepintiera de haber sido sincero.
— Vamos a la cocina —dije, intentando sonar normal—. Las galletas nos esperan.
Jink asintió tan rápido que casi se le cae la cabeza.
Y mientras caminábamos juntos, pensé:
¿Qué hago ahora?
¿Qué hago con esto?
¿Qué hago con él?
(Jink)
Entramos a la cocina. La luz cálida. La mesa. Las galletas.
Todo parecía normal. Pero nada lo era.
Dy se sentó.
Yo me quedé de pie, porque mis piernas no funcionaban.
— Siéntate —dijo él, suave.
Me senté. Muy despacio. Como si la silla fuera a explotar.
Dy abrió la caja de galletas.
Me ofreció una.
Nuestras manos se rozaron.
Y yo sentí electricidad. Literal. Electricidad.
Dy también se quedó quieto un segundo. Solo un segundo. Pero lo vi. Lo sentí.
— Jink… —dijo, bajando la mirada—. No quiero que pienses que te estoy rechazando.
— ¿Me estás aceptando? —pregunté, demasiado rápido.
Dy rió. Su risa me mató. Me revivió. Me mató otra vez.
Editado: 25.01.2026