Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 16. La mañana que empezó diferente. (Jink, Dy, Yin, Seong).

(Jink)

Me desperté antes que el despertador. Antes que el sol, casi. Antes que mi cerebro, definitivamente.

No sé si dormí bien.
Creo que no. Estuve toda la noche pensando y soñando con Dy, en su voz, en su sonrisa, en su “mañana te doy una respuesta”.

Y ahora era mañana.

Me levanté como si tuviera un resorte en la espalda, me puse lo primero que encontré y bajé a la cocina intentando parecer normal.

Fallé.

Me temblaban las manos mientras preparaba tostadas.
Quemé una. Quemé dos. Quemé tres. Las apilé encima de una servilleta.

Cuando creí que todo iba bien con la cuarta...

— Joder… —susurré, tirando la cuarta al plato.

Otra quemada.

Me apoyé en la encimera, respirando hondo.

¿Y si dice que no? ¿Y si dice que sí? ¿Qué hago si dice que sí? ¿Qué hago si dice que no?

Mi cabeza era un caos. Y entonces escuché pasos.

Mi corazón se detuvo.

Dy.

(Dy)

Cuando entré a la cocina, lo primero que vi fue humo.
Lo segundo fue a Jink, con el pelo despeinado, una tostada carbonizada en el plato y otras tres en un montón encima de una servilleta y una cara tremenda que me gritaba “socorro”.

Y mi pecho se apretó un poco.
No de preocupación.
De ternura.

— ¿Estás… quemando el desayuno? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.

Jink dio un salto.

— ¡No! O sí. O… no sé. Estoy bien. Perfecto. Genial. Nunca mejor.

Sonreí. No pude evitarlo.

Me acerqué despacio, sin querer asustarlo más.

— Jink —dije, suave—. No tienes que ponerte nervioso conmigo.

Él tragó saliva.

— No estoy nervioso —mintió fatal.

Me apoyé en la encimera, a su lado.

— Dije que te daría una respuesta hoy —empecé.

Jink se quedó quieto. Muy quieto.
Como si el mundo dependiera de lo que iba a decir.

Respiré hondo.

— Y… quiero intentarlo.

Jink parpadeó. Una vez. Dos veces.

— ¿Intentarlo? —repitió, como si no entendiera.

— Sí —dije, sintiendo mi propio corazón acelerarse—. Quiero intentarlo contigo. Lo que sea que esto sea. Lo que estamos sintiendo. Quiero ver a dónde va.

Jink abrió la boca. Pero no salió sonido. Y entonces… Sonrió.

No una sonrisa normal. No una sonrisa pequeña. Una sonrisa enorme. Brillante. De esas que te iluminan el pecho.

— ¿De verdad? —susurró.

— De verdad —respondí.

Y Jink… Jink se rió. Una risa suave, feliz, que me hizo sentir algo cálido en el estómago.

— Vale —dijo—. Vale. Sí. Yo también quiero.

Y por primera vez desde que lo conocí… No estaba temblando. Estaba brillando.

(Yin)

Me desperté porque olía a algo raro. A tostadas quemadas. A desastre.

Me levanté, me puse una sudadera y bajé a la cocina.

Y cuando entré… Los vi.

Jink y Dy. Muy cerca. Muy sonrientes. Muy… algo.

— Buenos días —dije, frotándome los ojos.

Jink se giró tan rápido que casi se cae.

— ¡Yin! ¡Buenos días! ¡Hola! ¡Buenos días otra vez!

Dy rió bajito.

— Creo que alguien está feliz —comenté, acercándome.

Jink me miró. Y yo lo supe. Lo supe sin que dijera nada.

— ¿Pasó algo? —pregunté, sonriendo.

Jink asintió, rojo.

— Dy y yo… vamos a intentarlo.

Mi corazón se llenó. Literalmente se llenó.

— Jink… —dije, abrazándolo sin pensarlo—. Me alegro tanto por ti.

Él me devolvió el abrazo con fuerza.

— Gracias, Yin.

Dy sonrió desde la encimera, tranquilo, suave, como si también estuviera feliz.

Y yo pensé: Esto… esto es bonito.

(Seong)

Bajé porque escuché ruido. Y voces. Y risas.

Demasiadas risas para ser tan temprano.

Cuando entré a la cocina, vi a Yin abrazando a Jink, y Dy apoyado en la encimera, mirándolos con una expresión que no le había visto nunca.

Yin estaba radiante. Jink estaba rojo. Dy estaba… feliz.

Y yo… Yo no sabía qué sentir.

— ¿Qué pasa? —pregunté, cruzándome de brazos.

Yin se giró hacia mí, sonriendo.

— Jink y Dy van a intentarlo.

Me quedé quieto. No porque me sorprendiera. Sino porque… no sabía qué hacer con la sensación que me atravesó el pecho.

No era celos.
No era molestia.

Era… Algo parecido a nostalgia. O miedo. O ganas de entender por qué Yin estaba tan feliz.

— Ah —dije, neutral—. Me alegro por ellos.

Jink sonrió.

Dy también.

Yin me miró un segundo más de lo necesario. Como si buscara algo en mi cara.

Aparté la mirada.

— ¿Desayunamos? —pregunté, para cambiar de tema.

— Sí —respondió Jink, aún sonriendo—. Pero no comas mis tostadas. Están… carbonizadas.

Nos sentamos los cuatro.
Jink hablaba.
Dy lo escuchaba.
Yin sonreía.
Yo… observaba.

Y mientras los veía reír juntos, pensé: Tal vez… no está tan mal que las cosas empiecen a cambiar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.