Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 17. Horarios, sorpresas y primeras clases. (Jink, Dy, Yin, Seong).

(Jink)

El correo llegó a las 7:04 de la mañana.
Yo estaba desayunando con Dy, todavía con esa sonrisa tonta que no se me quitaba desde ayer.

Abrí el mensaje. Leí la lista. Parpadeé.

— ¿¡QUÉ!? —grité.

Dy casi se atraganta con el café.

— ¿Qué pasó?

Le señalé la pantalla como si fuera un crimen.

— ¡No estoy en la misma clase que Yin!

Dy respiró hondo, como si ya supiera que venía un drama.

— Jink…

— ¡No! ¡Esto es una tragedia! ¡Una catástrofe! ¡Una separación injusta!

Dy me quitó el móvil de las manos.

— A ver… —leyó—. Jink, estás conmigo.

Me congelé.

— ¿Qué?

— Estamos juntos —repitió, tranquilo.

Mi cerebro hizo un cortocircuito. Literalmente escuché un bip interno.

— ¿Tú y yo… juntos? —pregunté, como si fuera un sueño.

— Sí —sonrió—. En todas las clases.

Y ahí… Ahí dejé de pensar en Yin.
En la tragedia. En el drama.

Porque la idea de pasar las mañanas con Dy…
Ay.
Ay, no.
Mi corazón no estaba preparado.

— Vale —dije, intentando sonar normal—. Está bien. No pasa nada. Estoy bien. Perfecto. Genial.

Dy rió.

— Jink… estás rojo.

—¡NO ESTOY ROJO! —mentí.

Pero sí estaba. Mucho.

(Yin)

Yo abrí el correo más tarde, todavía medio dormido.
Leí mi horario. Y me quedé quieto.

— Ah… —susurré.

Seong estaba en la mesa, comiendo en silencio.
Levantó la vista.

— ¿Qué pasa?

Tragué saliva.

— Creo que… estamos en la misma clase.

Seong parpadeó. Una vez. Dos veces.

— ¿Tú y yo? —preguntó.

— Sí.

Silencio.

Yo no sabía si alegrarme o entrar en pánico. Porque estar con Seong… Significaba verlo todos los días.
Sentarme cerca. Escucharlo hablar. Sentir su presencia.

Y eso me ponía nervioso. Mucho.

— ¿Te molesta? —pregunté, bajito.

Seong dejó los palillos. Me miró y negó.

— No —dijo, serio—. No me molesta.

Mi pecho se aflojó un poco.

— Ah… qué bien —susurré.

Pero por dentro… Estaba temblando.

(Seong)

Cuando Yin dijo que estaríamos en la misma clase, sentí algo extraño.
No malo. No incómodo.

Solo… extraño.

No sabía si era alivio. O nervios. O miedo a que él se diera cuenta de que yo no sabía comportarme bien cerca de él.

— ¿Te molesta? —preguntó.

Dejé los palillos, miré rápido a Yin y negué.

— No. No me molesta.

Y era verdad. No me molestaba. Pero tampoco sabía cómo sentirme.

— Ah... qué bien.

Yin parecía… feliz. O nervioso. O ambas cosas.

Y eso me afectó más de lo que debería.

— Bueno —dije, intentando sonar normal—. Será… interesante.

Yin sonrió. Una sonrisa pequeña. Suave.

Y yo tuve que apartar la mirada.

(Dy)

Cuando Jink terminó de gritar, saltar y casi romper la tostadora, lo llevé al campus para ver los salones.

Él iba pegado a mí como si fuera un niño en su primer día de colegio.

— Dy… —susurró—. ¿Y si me duermo en clase? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si me caigo? ¿Y si-...

— Jink —lo interrumpí—. Solo vamos a clase. No a la guerra. —dije tomando su mano, para intentar calmarlo. Él me miró como si no entendiera el concepto de calma en ese momento, pero cuando le di la mano, sonrojado, logró estar más calmado.

— Tú vas a estar ahí.

Y ahí fui yo el que se puso nervioso.

— Sí —respondí—. Voy a estar ahí.

Jink sonrió. Una sonrisa que me hizo sentir algo cálido en el pecho.

Y pensé: Esto… esto va a ser complicado.

(Jink)

Cuando llegamos al aula, casi me desmayo.

Dy se sentó a mi lado. A MI LADO.

Yo intenté actuar normal. Fallé.

— ¿Quieres sentarte junto a la ventana? —preguntó él.

—¡Sí! ¡No! ¡Como tú quieras! ¡Lo que tú digas! ¡Yo me adapto!

Dy rió.

— Jink… respira.

Respiré. No funcionó.

Al final acabé sentándome al lado de la ventana.

(Yin)

Mi aula era más pequeña.
Y cuando entré, Seong ya estaba ahí.

Sentado. Serio. Mirando por la ventana.

Me acerqué despacio.

— ¿Puedo sentarme aquí? —pregunté.

Seong asintió.

— Sí.

Me senté. Demasiado cerca. Demasiado consciente de él.

Podía sentir su presencia. Su silencio. Su… algo.

Y pensé: Esto va a ser difícil.

Pero también pensé: No quiero estar en otra clase.

(Seong)

Yin se sentó a mi lado.

Muy cerca. Demasiado cerca. Y mi pecho hizo ese tirón raro otra vez.

No sabía qué decir. No sabía si mirarlo. No sabía si ignorarlo.

Así que hice lo que siempre hago:

Miré al frente.
Me quedé quieto.
Intenté no sentir nada.

Pero Yin… Yin estaba ahí.
Respirando suave. Moviendo los dedos sobre la mesa. Mordiéndose el labio.

Y yo… Yo no podía ignorarlo.

(Jink)

En mi clase, el profesor entró.

Todos se callaron.

Yo no. Yo estaba demasiado ocupado mirando a Dy.

Él me miró. Solo un segundo. Pero suficiente para que mi corazón hiciera un salto mortal.

— Jink —susurró—. Concéntrate.

— No puedo —susurré de vuelta—. Eres muy… tú.

Dy se puso rojo. ROJO.

Y yo pensé: Estoy enamorado. Estoy muerto. No... Estoy enamorado.

(Yin)

El profesor empezó a hablar.
Yo tomaba notas.
Seong también.

Pero noté algo.

Su mano temblaba. Muy poco. Pero temblaba.

— ¿Estás bien? —susurré.

Seong se tensó.

— Sí.

Mentira.

Pero no insistí. Solo… me acerqué un poco más. Y él no se alejó.

(Seong)

Cuando Yin se acercó más, mi mano dejó de temblar.

No sé por qué. No sé cómo.

Pero dejó de temblar.

Y pensé: Tal vez… no está tan mal que estemos en la misma clase.

(Dy)




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