(Jink)
Después de besarnos en el sofá, Dy y yo seguimos estudiando… o al menos lo intentamos.
Yo no podía concentrarme.
Cada vez que Dy pasaba una página, yo lo miraba.
Cada vez que él respiraba, yo lo miraba.
Cada vez que él decía mi nombre, yo me derretía.
— Jink —dijo, sin levantar la vista del libro—. Estás mirándome otra vez.
— No estoy mirándote —mentí.
— Sí lo estás —respondió, sonriendo.
Me tapé la cara con las manos.
— No puedo evitarlo —susurré.
Dy cerró el libro.
Se acercó un poco. Demasiado.
— No tienes que evitarlo —dijo, suave—. A mí también me gusta mirarte.
Mi corazón explotó. Literalmente.
— ¿De verdad? —pregunté, con voz pequeña.
— De verdad —respondió.
Y me besó otra vez.
Lento. Cálido.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
(Dy)
Jink tiene una forma de mirarme que me desarma.
No es intensa. No es invasiva. Es… honesta.
Y eso me asusta un poco. Pero también me atrae.
Siempre que lo beso, siento algo en el pecho que no había sentido nunca.
Algo que no sé nombrar. Algo que no quiero perder.
— Dy… —susurró Jink, apoyando su cabeza en mi hombro—. ¿Crees que esto realmente funcione?
Lo abracé sin pensarlo.
— Creo que sí —respondí—. Si los dos queremos, sí. Y al menos por ahora nos ha ido bien.
Jink sonrió contra mi cuello.
— Yo quiero.
Yo también, claro que sí quiero. Como no iba a querer, teniendo tremendo chico a mí lado.
(Yin)
Seong y yo terminamos el trabajo. O eso intentamos.
Porque cada vez que él se inclinaba para leer algo, yo perdía la concentración.
Y cada vez que yo hablaba, él me miraba demasiado fijamente.
— ¿Quieres descansar un poco? —preguntó Seong.
— No… estoy bien —respondí.
Mentira. Estaba nervioso. Mucho.
Seong cerró el portátil.
— Yin —dijo, serio—. Estás tenso.
— No estoy tenso —mentí.
— Sí lo estás —respondió él.
Se acercó un poco. Mi corazón se aceleró.
— ¿Te molesta que esté aquí? —preguntó.
— No —respondí rápido—. No me molesta.
Seong me miró.
Largo. Profundo.
— Entonces… ¿qué te pasa?
Yo bajé la mirada.
— Es que… tú estás muy cerca.
Seong se quedó quieto. Muy quieto.
— ¿Quieres que me aleje? —preguntó, con voz baja.
Yo negué.
— No… no quiero.
Seong respiró hondo. Y por primera vez… No se alejó de lo cerca que estaba.
(Seong)
Yin estaba nervioso.
Lo veía en sus manos. En su respiración. En cómo evitaba mi mirada.
Pero no se alejaba. Y no me pedía que me alejara.
— Yin —dije, suave—. Si te incomodo, dímelo.
— No me incomodas —respondió, casi susurrando.
Mi pecho hizo ese tirón raro otra vez.
— Entonces… —me acerqué un poco más—. ¿Por qué estás temblando?
Yin se mordió el labio. Y yo tuve que mirar a otro lado para no perder el control.
— No lo sé —dijo él—. Es… raro.
— ¿Raro malo? —pregunté.
— Raro… bueno —respondió.
Y ahí… Ahí perdí el aire.
No lo besé. No podía. No debía. Pero levanté una mano y le acomodé un mechón de pelo (algo más largo que los otros) detrás de la oreja.
Yin se quedó congelado. Yo también.
— Seong… —susurró.
— Sí.
— Gracias por… quedarte.
No supe qué decir. Así que solo asentí.
Y pensé: Estoy en problemas. Pero no quiero salir de ellos.
(Seong)
La sala estaba más iluminada de lo normal.
No por las lámparas. Por ellos.
Jink estaba sentado en el sofá, pegado a Dy como si fueran dos imanes.
No de forma exagerada. De forma… natural. Como si siempre hubiera sido así.
Dy tenía una mano en la pierna de Jink, tranquila, firme, segura.
Jink hablaba sin parar, moviendo las manos, riendo, brillando.
Y yo… Yo no sabía qué sentir al verlos así.
No era celos. No era envidia.
Era… Algo parecido a nostalgia. Como si estuviera viendo algo que yo no sabía cómo tener.
Yin estaba en el suelo, con las piernas cruzadas, apoyado contra el sofá. Tenía una sonrisa suave, de esas que no hace ruido pero llenan el espacio.
Cada vez que Jink decía algo gracioso, Yin reía bajito.
Cada vez que Dy miraba a Jink, él se ponía rojo.
Cada vez que Yin reía… yo lo miraba.
No quería. Pero lo hacía.
Yin se giró un poco hacia mí, como si hubiera sentido mi mirada.
Nuestros ojos se encontraron un segundo. Solo un segundo. Solo un maldito segundo. Pero suficiente para que mi pecho hiciera ese tirón extraño otra vez.
— Seong —dijo Jink, llamando mi atención—. ¿Estás escuchando?
— Sí —respondí, aunque no era verdad.
Jink sonrió, feliz, como si el mundo fuera perfecto.
Dy lo miró con esa calma suya que lo sostiene todo.
Yin se acomodó un poco más cerca del sofá, sin darse cuenta de que su hombro casi rozaba mi pierna.
Y yo pensé: Algo está cambiando entre nosotros.
Y no sé si estoy preparado.
Pero tampoco quiero detenerlo.
Editado: 25.01.2026