Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 20. Lo que no sé manejar. (Seong, Dy).

(Seong)

No sé por qué estoy aquí. No sé por qué toqué la puerta de la habitación que compraría con Dy. No sé por qué mis manos están temblando.

Pero Dy abrió sin preguntar nada. Siempre lo hace. Siempre sabe.

Entré sin mirarlo.
Me senté en mi cama.
Me quedé quieto, como si moverme fuera a romper algo dentro de mí.

Dy se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas.

— Seong —dijo, suave—. ¿Qué pasa?

No respondí. No podía.

Mi garganta estaba cerrada. Mi pecho también.

Dy esperó. Él siempre espera. Nunca me obliga a hablar.

Y eso… eso hace que quiera hacerlo.

— No sé qué me pasa —dije al fin, con la voz baja, casi rota.

Dy no se movió.
No me interrumpió.

— ¿Es por las clases? —preguntó.

Negué.

— ¿Por el trabajo?

Negué otra vez.

Dy respiró hondo.

— ¿Es por Yin?

Mi pecho se apretó. No dolió. Solo… se apretó.

No respondí.
Pero mi silencio fue suficiente.

(Dy)

Estaba claro.

Lo supe desde que abrió la puerta.
Desde que lo vi con los hombros tensos, la mirada perdida, las manos temblando.

Seong no se descompone así por cualquier cosa.
Solo por algo que le importa demasiado.

Y últimamente…
Ese “algo” tiene nombre.

Yin.

— Puedes decírmelo —le dije, sin presionarlo.

Seong respiró hondo. Como si hablar fuera un esfuerzo físico.

— No sé qué siento —admitió—. No sé si es… nada. O si es… algo. Pero cuando estoy cerca de él… no puedo pensar. No puedo respirar bien. No puedo… ser yo.

Ah. Ahí estaba.

El miedo.
El deseo.
La confusión.

Todo mezclado.

— Y no sé si es bueno o malo —continuó—. No sé si me asusta o si… me gusta. No sé si debería alejarme o acercarme. No sé nada.

Me acerqué un poco. Puse una mano en su hombro.

— Seong no tienes que saberlo todo ahora.

Él levantó la mirada.
Sus ojos estaban más vulnerables de lo que había visto en años.

(Seong)

— Pero él… —tragué saliva—. Yin es… suave. Y yo no soy así... No quiero lastimarlo. No quiero confundirlo. No quiero arruinarlo.

Dy frunció el ceño. Como si mis palabras le dolieran.

— No eres peligroso —dijo, firme.

— Sí lo soy —respondí, demasiado rápido—. No sé manejar esto. No sé manejar a la gente. No sé manejar sentir cosas.

Dy negó con la cabeza.

— No eres peligroso. Solo tienes miedo.

Me quedé quieto. Porque tenía razón. Y eso me asustaba aún más.

— Yin no te tiene miedo —añadió Dy—. Te mira como si quisiera entenderte.

Mi pecho hizo ese tirón raro otra vez. Ese que odio. Ese que no sé controlar.

— No quiero que se acerque demasiado —susurré—. Pero tampoco quiero que se aleje.

Dy sonrió un poco.

— A eso se le llama estar jodido.

Solté una risa pequeña. Casi imperceptible.

— ¿Qué hago? —pregunté.

(Dy)

Me levanté.
Caminé un poco por la habitación. Pensando.

Seong no necesita respuestas rápidas. Necesita claridad.
Y alguien que lo sostenga mientras la encuentra.

— Voy a hablar con Jink —dije.

Seong me miró, confundido.

— ¿Para qué?

— Porque Jink sabe leer a Yin mejor que nadie —respondí—. Si Yin siente algo, él lo sabrá. Y si no siente nada… también lo sabrá.

Seong bajó la mirada.
No avergonzado. No triste. Solo… vulnerable.

— No quiero que lo sepa todo el mundo —dijo.

— No lo sabrá —respondí—. Solo Jink. Y solo lo necesario.

Me acerqué.

— Seong —dije, suave—. No estás solo en esto. Yo estoy contigo. Y si Yin siente algo, lo hablaremos. Pero si no siente nada… también lo hablaremos.

Él me miró. Y por primera vez en mucho tiempo… Vi alivio en sus ojos.

— Gracias —susurró.

— Para eso estoy —respondí—. Para eso somos mejores amigos.

(Seong)

Cuando salí de la habitación, respiré hondo.
Me sentí un poco más ligero. No bien. Pero menos perdido.

Y pensé: Tal vez… tal vez no estoy tan roto como creía.




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