(Seong)
La puerta de Seong llevaba cerrada casi una hora.
No había ruido dentro. Ni pasos. Ni movimiento. Solo silencio.
Ese silencio me estaba matando...
Respiré hondo. Me acerqué.
Toqué dos veces, suave.
— Seong… ¿puedo pasar?
Hubo un silencio largo. Muy largo. Tanto que pensé que no iba a responder.
Pero entonces escuché su voz. Baja. Cansada.
—Pasa.
Tragué saliva.
Abrí la puerta despacio.
Entré.
La cerré detrás de mí.
Seong estaba sentado en su cama, con la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas y las manos entrelazadas sobre el regazo.
No me miró.
Yo me quedé de pie unos segundos, sin saber dónde ponerme.
Había distancia. Mucha. No solo física.
— ¿Puedo… sentarme? —pregunté.
Seong asintió sin levantar la vista.
Me senté en la silla frente a él. Demasiado lejos. Demasiado frío.
No quería que fuera así.
— Seong… —empecé, pero mi voz tembló.
Él levantó la mirada. Solo un segundo.
Pero suficiente para ver que estaba herido.
Y eso me dolió más de lo que esperaba.
(Seong)
No quería que entrara. No quería que me viera así.
No quería que escuchara lo que estaba pensando.
Pero cuando dijo “¿puedo pasar?”, no pude decir que no.
Y ahora estaba ahí. Sentado frente a mí.
Mirándome como si quisiera entenderme.
Y eso… eso me hacía sentir expuesto.
— ¿Estás bien? —preguntó Yin, con esa voz suave que siempre me desarma.
— Sí —mentí.
Yin frunció el ceño. No me creyó. Nunca me cree cuando digo eso.
— Seong… te fuiste muy rápido —dijo.
— Tenía sueño —mentí otra vez.
Yin bajó la mirada. Sus manos se apretaron sobre sus piernas.
— Si hice algo mal… dímelo —susurró.
— No hiciste nada mal —respondí, más brusco de lo que quería.
Yin levantó la cabeza, sorprendido por el tono.
Yo apreté los dientes. No quería sonar así. No quería alejarlo.
Pero no sabía cómo acercarme sin romperme.
(Yin)
Me levanté de la silla.
Despacio. Con cuidado.
Seong me miró, tenso, como si no supiera qué iba a hacer.
Di dos pasos hacia él. Solo dos.
Pero fueron suficientes para que su respiración cambiara.
Me senté en el borde de la cama.
No demasiado cerca. Pero tampoco lejos.
— Seong… —dije, más suave—. Si algo te molestó… quiero saberlo.
Él apretó las manos. Miró al suelo.
— No es eso —murmuró.
— Entonces… ¿qué es?
Silencio. Un silencio que parecía una pared entre nosotros.
— Cuando el tutor llegó… —empecé, intentando adivinar—. ¿Pensaste que…?
Seong cerró los ojos un segundo. Como si le doliera.
— No pensé nada —dijo.
Mentira. Lo sabía. Lo sentía.
— Seong… mírame —susurré.
Él lo hizo.
Y en sus ojos vi miedo. Inseguridad. Y algo más.
Algo que no sabía nombrar.
— No tienes que compararte con nadie —dije, sin saber de dónde me salía el valor—. Ni con el tutor. Ni con nadie.
Seong se tensó.
— No estoy comparándome —respondió, pero su voz lo traicionó.
Me acerqué un poco más. Mi rodilla rozó la suya. Él no se movió.
— No quiero que pienses que prefiero a alguien como él —dije—. Porque no es verdad.
Seong abrió los ojos un poco más. Como si no esperara escuchar eso.
— Yin… —susurró.
Pero no terminó la frase.
(Seong)
Yin estaba demasiado cerca.
Demasiado suave. Demasiado honesto.
Y yo… Yo no sabía qué hacer con eso.
— No tienes que decirme eso —murmuré.
— Quiero decirlo —respondió él.
— No quiero que te alejes de mí —dijo Yin, bajito.
Y ahí… Ahí me rompí un poco.
No lo suficiente para decir lo que siento.
Pero sí lo suficiente para dejar caer la guardia un segundo.
— No me estoy alejando —dije, aunque no sonó convincente.
Yin sonrió. Pequeño. Triste. Hermoso.
— Entonces… no cierres la puerta —susurró.
No supe qué responder. No supe qué hacer.
Pero asentí. Muy despacio.
Y Yin respiró aliviado. Como si ese gesto significara algo grande. Tal vez sí lo significaba.
(Yin)
Nos quedamos en silencio. Sentados en la misma cama.
No tocándonos. Pero cerca.
Seong no dijo nada más. Yo tampoco.
Pero la distancia… La distancia ya no era la misma.
No se había ido. Pero se había agrietado.
Y pensé: Esto no es una solución.
Pero es un comienzo.
Editado: 25.01.2026