CAPÍTULO 26. Pequeños pasos que no parecen nada, pero lo son. (Seong, Yin, Dy, Jink).
(Seong)
Dormí mal. Otra vez. Pero esta vez no por miedo… sino por lo que Yin dijo anoche.
“No quiero que te alejes de mí.”
Esa frase me dio vueltas en la cabeza hasta que amaneció.
Cuando salí al salón, Dy estaba en el sofá, medio dormido, con una taza de café en la mano.
— Pareces un fantasma —murmuró sin abrir los ojos.
— Gracias —respondí, dejándome caer a su lado.
Dy abrió un ojo. Me miró. Y supo.
— ¿Hablaste con Yin?
Asentí.
— ¿Y?
Me pasé una mano por el pelo.
— No sé… fue raro. Pero no malo.
Dy sonrió un poco.
— ¿Raro cómo?
— Raro como… que no sé qué estoy haciendo —admití—. Pero él… no se alejó.
Dy dejó la taza en la mesa.
— ¿Y tú?
— Tampoco —susurré.
Dy me dio un codazo suave.
— Eso es un avance.
— No lo es —respondí rápido—. No dijimos nada importante.
— Pero se quedaron en la misma habitación sin huir —dijo Dy—. Para ti, eso es enorme.
Me quedé callado. Porque tenía razón. Y porque me daba miedo admitirlo.
Dy me miró con esa calma suya.
— Seong, no tienes que correr. Solo no cierres la puerta.
Y pensé en Yin. En su voz. En su mirada.
— No la cerré.
Dy sonrió.
— Entonces vas bien.
(Yin)
Jink estaba sentado en la mesa del comedor, comiendo cereales como si fuera un niño de cinco años. Cuando me vio entrar, levantó la cuchara como si fuera un saludo militar.
— Buenos días, Yin del drama emocional.
— No soy dramático —protesté, sentándome frente a él.
— Ayer casi lloras porque Seong cerró una puerta —respondió Jink.
— ¡No lloré!
— Casi —insistió.
Suspiré.
— Hablé con él anoche.
Jink dejó la cuchara. Me miró con esos ojos enormes que siempre parecen listos para el chisme.
— ¿Y?
— No sé… —me froté la nuca—. Fue raro. Pero… creo que estuvo bien.
— ¿Raro cómo?
— Raro como… que estaba distante, pero no frío. Y yo me acerqué un poco.
Jink sonrió como si hubiera ganado la lotería.
— ¿Y él?
— No se alejó —dije, bajito.
Jink apoyó la barbilla en sus manos.
— Yin, eso es un milagro. Seong se aleja hasta de su propia sombra cuando siente algo.
Me reí, aunque me dolió un poco de lo cierto que era.
— No sé qué siente —admití—. Pero no quiero que se aleje.
Jink me miró con una ternura que no esperaba.
— Entonces sigue así. Despacio. Pero sigue.
(Seong)
Cuando Yin salió al salón, yo ya estaba sentado en el sofá con Dy. Me tensé un poco. No sabía cómo actuar.
Pero Yin me miró. Sonrió. Pequeño. Suave.
Y yo… Yo devolví la sonrisa. Muy leve. Pero real.
Yin se acercó. No demasiado. Pero más que ayer.
— Buenos días —dijo.
— Buenos días —respondí.
Dy me dio un codazo. Jink le dio otro a Yin.
Y los dos nos sonrojamos como idiotas. Pero no nos alejamos.
(Yin)
Me senté en el sillón, cerca de Seong. No pegado. Pero cerca.
Él no se movió. No se tensó. No miró al suelo.
Solo… se quedó ahí. Conmigo.
— ¿Dormiste bien? —pregunté.
— Más o menos —respondió.
— Yo tampoco —admití.
Seong me miró. Un segundo. Dos.
Y luego dijo:
— Podemos… intentar dormir mejor hoy.
Mi corazón dio un salto.
— Sí —respondí, intentando no sonar demasiado feliz—. Podemos.
(Dy)
Desde mi lado del sofá, veía a Seong y Yin. No hablaban mucho. No se tocaban. No se miraban demasiado.
Pero estaban cerca. Sin tensión. Sin miedo.
Y eso, para ellos, era enorme.
Jink se inclinó hacia mí y susurró:
— Ay, mis niños tímidos.
Yo reí.
— Van bien —dije—. Muy despacio, como tortugas, pero bien.
(Jink)
Miré a Yin. Miré a Seong.
Y pensé: Están aprendiendo a no huir. Y eso ya es amor, aunque no lo sepan.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.