Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 28. Lo que no se dice, pero pesa. (Dy, Jink, Seong, Yin).

(Dy)
La tarde estaba tranquila. Demasiado tranquila.

Jink estaba tumbado sobre mis piernas en el sofá, leyendo algo en su móvil mientras yo le acariciaba el cabello.
Cada tanto levantaba la vista para mirarme, como si necesitara confirmar que yo seguía ahí.

— Estás muy callado —dijo, sin dejar de jugar con mis dedos.

— Estoy pensando —respondí.

— ¿En Seong? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Asentí.

— Está sintiendo demasiado. Y no sabe qué hacer con eso.

Jink dejó el móvil a un lado y se incorporó, sentándose a horcajadas sobre mis piernas.
Me tomó la cara con ambas manos, suave, como si yo fuera algo frágil.

— Tú también estabas así al principio —susurró.

Sonreí.

— Sí. Y tú me ayudaste.

Jink apoyó su frente contra la mía.

— Y tú lo ayudarás a él. Porque tú sabes cómo se siente tener miedo de querer a alguien.

Lo abracé por la cintura.
Él se acomodó contra mí, cálido, seguro, como si encajara ahí desde siempre.

— Quiero que ellos también lleguen aquí —dije.

— Llegarán —respondió Jink, besándome la mejilla—. Pero no tan rápido como nosotros. Ellos son… lentos.

Reí.

— Muy lentos.

Jink sonrió.

— Pero se gustan. Eso es lo importante.

(Jink)
Dy me abrazaba como si yo fuera su lugar favorito en el mundo.
Y yo… juro me derretía cada vez que lo hacía.

— ¿Crees que Yin está bien? —pregunté, apoyando la cabeza en su pecho.

— Creo que está pensando demasiado —respondió Dy.

— Como Seong —añadí.

Dy asintió.

— Son un desastre emocional.

— Pero un desastre bonito —dije, riendo.

Dy me apretó más fuerte.

— Sí. Muy bonito.

Me quedé en silencio un momento, escuchando su respiración.

— Dy… —susurré.

— ¿Mm?

— Gracias por quererme así.

Él me levantó la barbilla con un dedo.

— No sé querer de otra forma.

Y me besó. Suave. Lento. Seguro.

Y mientras lo hacía, pensé: Ojalá Seong y Yin puedan sentir esto algún día.

(Seong)
Estaba en mi cuarto. Otra vez.
Caminando de un lado a otro como un animal encerrado.

No podía concentrarme.
No podía leer.
No podía dormir.

Solo podía pensar en él.

En Yin.
En su sonrisa suave. En su voz tranquila. En cómo me miró cuando recogí la botella. En cómo se acercó a mí después.

Mi corazón latía fuerte. Demasiado fuerte.

Me senté en la cama.

Me pasé las manos por el cabello.

¿Por qué me pasa esto?
¿Por qué él?
¿Por qué ahora?

Cerré los ojos.

Y lo vi. A Yin.
Mirándome como si… como si yo importara.

Y eso me asustaba.
Pero también me hacía sentir algo cálido en el pecho.

Algo que no sabía manejar. Algo que no quería perder.

Suspiré.

— Estoy jodido —murmuré.

Pero no sonó tan desesperado como antes.
Sonó… resignado. Y un poco esperanzado.

(Yin)
Tenía tareas.
Muchas. Demasiadas.

Pero cada vez que intentaba concentrarme, mi mente hacía lo mismo.

Volvía a él. A Seong.
A su mano temblando cuando recogió la botella. A su voz baja cuando me habló. A su mirada esquiva. A su respiración contenida cuando me acerqué.

Me mordí el labio.

¿Por qué me afecta tanto?
¿Por qué me importa tanto cómo se siente?

Intenté escribir. No pude.

Intenté leer. No pude.

Me dejé caer sobre la cama, boca arriba, mirando el techo.

— Seong… —susurré sin querer.

Y pensé: No quiero que tenga miedo de mí. No quiero que se aleje. Quiero que confíe en mí.

Me cubrí la cara con las manos.

— Estoy igual de jodido que él —murmuré.

Pero sonreí un poco.

Porque por primera vez… No me molestaba estarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.