(Dy)
La mañana empezó con Jink abrazado a mí como si fuera un koala. Nos habíamos quedado en el sofá dormidos viendo una película anoche. Tenía la cara enterrada en mi cuello, las piernas enredadas en las mías y una sonrisa dormida que me derretía.
— Dy… —murmuró, medio dormido—. Hoy es nuestra cita.
Sonreí.
— Lo sé.
Jink levantó la cabeza, despeinado, adorable, con los ojos brillantes.
— ¿Podemos ir al parque? Quiero helado. Y quiero ver patos. Y quiero ver niños corriendo. Y quiero ver el sol ponerse contigo.
— Puedes tener todo eso —respondí, besándole la frente—. Y más.
Jink se sonrojó y me abrazó más fuerte.
— Te quiero —susurró.
— Yo también —respondí sin dudar.
Nos levantamos, nos arreglamos, y antes de salir, Jink pasó por el salón donde Yin y Seong estaban preparándose para trabajar en su proyecto.
— Nos vamos —anunció Jink, agarrándome de la mano—. No destruyan la casa. Ni se destruyan entre ustedes.
Seong se tensó.
Yin se puso rojo.
Yo sonreí.
— Volveremos más tarde. Portaos bien.
Y salimos.
(Seong)
El silencio en la casa era demasiado fuerte.
Yin estaba sentado en la mesa, sacando sus apuntes.
Yo estaba frente a él, intentando no mirarlo demasiado.
Pero era imposible. Cada vez que lo miraba, recordaba el sueño.
Su cara tan cerca.
Su respiración mezclándose con la mía.
Su boca a un milímetro.
Me pasé una mano por la nuca, nervioso.
No puedo pensar en eso. No puedo.
Pero sí podía. Y lo hacía.
Yin levantó la vista justo cuando yo lo miraba.
Nuestros ojos se encontraron.
Y los dos apartamos la mirada al mismo tiempo.
Lo soñó también.
No sé por qué lo pensé. Pero lo pensé.
(Yin)
Intentaba concentrarme en el proyecto. De verdad lo intentaba.
Pero cada vez que levantaba la vista, veía a Seong.
Y cada vez que lo veía, recordaba el sueño.
Su mano en mi mejilla.
Su boca tan cerca.
Ese casi beso que me despertó.
Me ardían las orejas.
— ¿Empezamos? —pregunté, intentando sonar normal.
— Sí —respondió él, demasiado rápido.
Nos inclinamos sobre el mismo cuaderno.
Demasiado cerca. Demasiado.
Mi mano se movió para señalar algo. La suya también.
Nuestras manos se rozaron.
Un toque mínimo. Un segundo.
Pero fue como si me hubiera atravesado una corriente eléctrica.
Seong se quedó quieto. Yo también.
No retiramos la mano. No de inmediato.
Solo… nos quedamos ahí. Sintiendo.
Hasta que él la apartó, nervioso.
— Perdón —murmuró.
— No pasa nada —respondí, aunque mi corazón estaba descontrolado.
(Seong)
Ese toque. Ese maldito toque.
Fue como si mi cuerpo hubiera despertado de golpe.
Como si algo dentro de mí hubiera dicho: Sí. Esto. Esto es lo que quieres.
Pero me asusté. Mucho.
— Perdón —repetí, aunque no sabía por qué.
Yin sonrió. Pequeño. Suave. Hermoso.
— No tienes que disculparte —dijo.
Y mi corazón volvió a latir fuerte.
(Dy)
El parque estaba lleno de vida.
Niños corriendo detrás de burbujas.
Perros jugando con frisbees.
Parejas paseando.
El sol brillando entre los árboles.
Jink caminaba a mi lado, agarrado de mi mano, balanceándola como si fuera un niño feliz.
— Dy, mira ese perro —dijo, señalando un cachorro que perseguía su propia cola.
— Es adorable —respondí.
— Como tú —añadió él, sin pensarlo.
Me detuve. Lo miré.
Jink se puso rojo.
— No lo dije en voz alta, ¿verdad?
— Sí —respondí, sonriendo.
Él escondió la cara en mi pecho.
— No me mires.
Lo abracé.
— Siempre voy a mirarte.
Jink levantó la cabeza, con los ojos brillantes.
— ¿Siempre?
— Siempre.
Y lo besé. Suave. Lento.
Con todo el cariño del mundo.
(Jink)
Después del beso, compramos helado.
Yo escogí fresa.
Dy escogió chocolate.
Nos sentamos en un banco mientras el sol empezaba a bajar.
— ¿Crees que Seong y Yin están bien? —pregunté, lamiendo mi helado.
— Creo que están nerviosos —respondió Dy.
— ¿Crees que ese sueño les afectó mucho? —pregunté.
Dy sonrió.
— Creo que sí.
Dy apoyó su cabeza en mi hombro.
— Van a estar bien. Solo necesitan tiempo.
Yo entrelacé mis dedos con los suyos.
— Como nosotros —dije.
Dy me miró.
— No. Nosotros nos encontramos rápido. Ellos… se están encontrando despacio.
— Pero se están encontrando —respondí.
Dy sonrió.
— Sí. Eso es lo importante.
(Yin)
Después de un rato trabajando, el ambiente se volvió más cómodo. Más suave.
Seong ya no estaba tan tenso.
Yo tampoco.
— ¿Quieres descansar un poco? —pregunté.
— Sí —respondió él.
Nos quedamos en silencio. Pero no incómodo.
Yo miré la ventana.
Él miró la mesa.
Y pensé: Soñó lo mismo. Lo sé.
(Seong)
Yin estaba mirando la ventana.
La luz le caía en el rostro. Se veía… tranquilo.
Y yo pensé: Soñó lo mismo. Lo sé.
Me humedecí los labios sin querer.
Y él lo notó.
Sus ojos bajaron a mi boca.
Solo un segundo. Pero suficiente para que mi corazón explotara.
— Seong… —susurró.
— ¿Sí?
— Nada —dijo, apartando la mirada.
Pero los dos sabíamos que no era “nada”.
Era “todo”.
Editado: 25.01.2026