Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 31. Cuando el pasado aprieta demasiado. (Seong, Yin, Dy, Jink).

(Seong)
El proyecto estaba casi terminado.
Solo faltaba revisar un par de detalles, pero mi cabeza ya no estaba ahí.

Yin estaba sentado a mi lado, concentrado, murmurando cosas sobre el orden de las páginas.
Su voz era suave. Cálida. Segura.

Y eso… eso me tranquilizaba. O debería.

Pero de repente, algo en mi pecho se cerró.
Un recuerdo. Un destello. Una voz que no era la suya.

“No eres suficiente.”
“No te acerques.”
“No lo arruines.”

Mi respiración se volvió corta. Rápida. Dolorosa.

Yin levantó la cabeza.

— Seong… ¿estás bien?

No. No estaba bien.

Me levanté de golpe.
La silla cayó hacia atrás.
Y salí corriendo.

No pensé. No miré atrás.
Solo corrí hasta mi habitación, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella, temblando.

Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
Mi pecho ardía.

Mis manos temblaban.

[>No aquí... No frente a él... No otra vez. <]

Me cubrí la cara con las manos.

— No… no… no…

(Yin)
Cuando la silla cayó y Seong salió corriendo, mi corazón se fue detrás de él.

— ¡Seong! —lo llamé, pero él no se detuvo.

Corrí tras él.
Llegué a su puerta. Estaba cerrada.
Escuché su respiración al otro lado.
Rápida. Irregular. Dolorosa.

Toqué la puerta con cuidado.

— Seong… soy yo.

Silencio.
Pero podía sentirlo ahí. Sufriendo.

— No voy a entrar si no quieres —susurré—. Pero estoy aquí.
No te voy a dejar solo.

Un sollozo ahogado.
Muy suave.
Pero lo escuché.

Mi pecho se apretó.

— Seong… abre, por favor. No tienes que decir nada. Solo… déjame estar contigo.

Pasaron unos segundos.
Largos. Dolorosos.

Y entonces la puerta se abrió.

Muy despacio.

Seong estaba ahí.
Ojos rojos. Respiración temblorosa. Manos frías.

Y antes de que pudiera pensar, lo abracé.

Fuerte. Con cuidado. Como si se fuera a romper.

Él se quedó quieto un segundo.
Y luego… Se aferró a mí.

Hundió la cara en mi hombro.
Sus dedos se agarraron a mi camiseta. Su cuerpo temblaba.

— Lo siento… —susurró, roto.

— No tienes que disculparte —respondí, acariciándole la espalda—. Estoy aquí. Estoy contigo.

Lo guié hacia la cama.
Nos sentamos.
Él seguía temblando. Yo seguía abrazándolo.

Hasta que, poco a poco, su respiración empezó a calmarse.

— ¿Puedo quedarme contigo? —pregunté.

Seong asintió.
Pequeño. Vulnerable.

Nos acostamos.
Él se acurrucó contra mí. Yo lo rodeé con los brazos. Su frente apoyada en mi pecho. Mi mano en su espalda.

Y así… Así se quedó dormido.

Y yo también.

(Dy)
Cuando Jink y yo llegamos, todavía agarrados de la mano después de nuestra cita, la casa estaba en silencio.

Demasiado silencio.

— ¿Crees que están trabajando? —preguntó Jink.

— O durmiendo —respondí.

Entramos al salón. Nada. Todo ordenado.

— Voy a ver si están en el cuarto de Seong —dijo Jink.

— Voy contigo —respondí.

Caminamos por el pasillo. La puerta estaba entreabierta.

Jink la empujó un poco. Y los vimos.

Seong y Yin.
Dormidos. Abrazados.
Pegados uno al otro como si el mundo fuera demasiado grande y solo se sintieran seguros así.

Yin tenía un brazo alrededor de Seong.
Seong tenía la cara escondida en el pecho de Yin.
Sus respiraciones estaban sincronizadas.

Jink se llevó las manos a la boca, emocionado.

— Dy… míralos…

Yo sonreí. Suave. Con el corazón lleno.

— Están avanzando —dije.

Jink apoyó la cabeza en mi hombro.

— Están sanando.

Asentí.

— Juntos.

Cerramos la puerta con cuidado. Sin hacer ruido. Sin interrumpirlos.

Y mientras caminábamos hacia el salón, Jink apretó mi mano.

— Dy… estoy tan feliz por ellos.

— Yo también —respondí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.