Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 32. Despertar donde no esperabas. (Seong, Yin, Dy, Jink).

(Seong)

Desperté con algo cálido sobre mi pecho.

Tardé unos segundos en recordar dónde estaba.
Mi cuarto. Mi cama.

Y entonces lo sentí.

Un peso suave. Una respiración tranquila. Un brazo alrededor de mi cintura.

Yin.

Dormido. Pegado a mí. Como si hubiera pasado la noche aferrado a mi cuerpo.

Mi corazón dio un salto tan fuerte que pensé que me iba a despertar él solo.

No me moví.
No respiré demasiado fuerte.
Solo… lo miré.

Su cabello estaba desordenado, cayéndole sobre la frente.
Sus labios entreabiertos.
Su mejilla apoyada en mi pecho, justo donde late mi corazón.

Y pensé: No quiero que se aparte.

Pero entonces Yin se movió.

Se acurrucó más. Más cerca. Como si buscara mi calor incluso dormido.

Mi respiración se detuvo.

— Yin… —susurré sin querer.

Él frunció el ceño, como si escuchara mi voz dentro del sueño.
Y luego abrió los ojos. Lentos. Somnolientos. Hermosos.

(Yin)

Desperté sintiendo algo firme bajo mi mejilla.

Calor. Latidos. Respiración.

Me incorporé un poco, todavía medio dormido, restregándome los ojos con la mano.

— ¿Qué hora es…? —murmuré.

Y entonces lo vi.

Seong.

Debajo de mí. Mirándome.
Muy cerca. Demasiado cerca.

Me congelé.

Su cara estaba a centímetros de la mía.
Su respiración chocaba con la mía.
Su mano estaba en mi espalda, como si me hubiera sostenido toda la noche.

— Ah… —dije, rojo hasta las orejas—. Yo… perdón… creo que…

Seong negó con la cabeza, suave.

— No pasa nada.

Su voz era baja. Cálida.
Y me hizo sentir algo en el pecho que no sabía nombrar.

Me aparté un poco, pero no demasiado.
No quería alejarme del todo.

— Dormimos… así —susurré.

— Sí —respondió él.

Y ninguno de los dos se movió.

(Dy)

Desperté con Jink abrazado a mí como si fuera un peluche.

Estábamos en la cama de Jink.
No recordaba en qué momento nos habíamos quedado dormidos ahí, pero no me importaba.

Jink abrió los ojos, todavía medio dormido, y sonrió.

— Buenos días… —murmuró, acercándose para besarme la mejilla.

— Buenos días —respondí, acariciándole el cabello.

Él se estiró como un gato, luego se acurrucó otra vez contra mi pecho.

— ¿Crees que los otros dos…? —preguntó.

— Sí —respondí antes de que terminara la frase.

Jink rió bajito.

— Ay…

Lo besé en la frente.

— Vamos a ver si ya despertaron.

— Un beso primero —pidió, haciendo puchero.

Sonreí.

— Está bien.

Lo besé. Suave. Lento. Con cariño.

Y él se derritió en mis brazos.

(Jink)

Nos levantamos agarrados de la mano, todavía riendo por nada.

— ¿Listo para ver el desastre emocional matutino? —pregunté.

— Listo —respondió Dy.

Fuimos al cuarto de Seong. La puerta estaba entreabierta.

Asomé la cabeza.

Y ahí estaban.

Yin y Seong.
Sentados en la cama.

Muy cerca. Demasiado cerca.
Con las mejillas rojas y las miradas esquivas.

Me llevé una mano al pecho.

— Dy… mira… que lindos se ven.

Dy sonrió.

— Están bien.

— Siguen avanzando —susurré.

— Lento… —añadió Dy.

— Pero avanzando —terminé yo.

(Yin)

Cuando Jink y Dy entraron, me separé un poco de Seong, nervioso.

— Buenos días —dijo Jink, con una sonrisa que lo decía todo.

— Buenos días —respondí, intentando sonar normal.

Seong solo asintió, rojo hasta las orejas.

Dy cruzó los brazos.

— ¿Desayunamos?

Asentimos los cuatro.

(Seong)

En la cocina, Yin se sentó a mi lado.
No demasiado cerca.
Pero tampoco lejos.

Jink y Dy estaban frente a nosotros, agarrados de la mano, sonriendo como si supieran todos nuestros secretos.

Tal vez sí los sabían.

Mientras comíamos, Yin me rozó la mano sin querer.

O tal vez sí fue queriendo.

Mi corazón volvió a latir fuerte.

Pero esta vez… No me asustó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.