Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 35. Una mañana tranquila antes de algo nuevo. (Seong, Yin, Dy, Jink).

(Yin)
Desperté con algo duro bajo mi mejilla.

Tardé un segundo en entender qué era.

El hombro de Seong.

Me había quedado dormido apoyado en él, la cabeza inclinada hacia su cuello, su brazo rozando el mío.
La manta seguía sobre nosotros, y la sala estaba en silencio, iluminada por la luz suave de la mañana.

Me incorporé un poco, parpadeando.

— Ah… —murmuré, frotándome los ojos.

Seong abrió los suyos al mismo tiempo.

— Buenos días… —dijo, con la voz ronca del sueño.

Mi corazón dio un salto.

— Buenos días —respondí, todavía medio encima de él.

Nos quedamos así un segundo.
Muy cerca. Demasiado cerca.
Su respiración chocaba con la mía.

Y entonces me aparté un poco, rojo.

— Perdón, creo que… me quedé dormido encima de ti.

— No pasa nada —dijo él, suave.

Y no sonó como si fuera “nada”.
Sonó como si fuera “algo”.

(Seong)
Yin se apartó, pero no demasiado.
Su cabello estaba desordenado, su voz suave, sus ojos todavía somnolientos.

Y por un momento… solo por un momento... quise volver a acercarlo. Pero no lo hice.

Me senté despacio, estirando los brazos.

— ¿Qué hora es? —preguntó él.

— Temprano —respondí—. Los otros siguen dormidos.

Miramos hacia el sofá.

Dy estaba abrazado a Jink como si fuera un peluche, ambos enredados en la manta, respirando al mismo ritmo.

Yin sonrió.

— Se ven tan… tranquilos.

— Sí —dije, sin apartar la vista de él.

(Dy)
Abrí los ojos porque Jink se movió.

Estaba acurrucado contra mí, con la cara en mi pecho, respirando suave.
Lo abracé un poco más fuerte sin pensarlo.

— Mmm… —murmuró él—. ¿Ya es de día?

— Sí —respondí, besándole la frente.

Jink levantó la cabeza, despeinado, adorable.

— ¿Y los otros?

— Despiertos —dije.

Jink sonrió.

— Vamos a desayunar.

(Jink)
Nos levantamos los cuatro, todavía medio dormidos, y recogimos la sala.

Cojines por todas partes.
Mantas arrugadas.
Snacks vacíos.
Vasos por el suelo.

— Parecemos un grupo de universitarios responsables —dije, recogiendo una bolsa de palomitas.

— No lo somos —respondió Dy, riéndose.

Yin y Seong estaban juntos, doblando una manta.
Cada vez que sus manos se rozaban, los dos se ponían tensos… pero no se alejaban.

Yo lo vi.
Dy también.

Nos miramos y sonreímos.

Van bien.

(Yin)
Desayunamos juntos.
Tostadas, fruta, café, risas suaves.

Seong se sentó a mi lado.
No demasiado cerca. Pero tampoco lejos.

Cada tanto, nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa.
Y cada vez que pasaba, mi pecho hacía ese tirón extraño.

Pero no me aparté. Y él tampoco.

(Seong)
Después de desayunar, Jink anunció:

— Chicos... Me he enterado de que hoy hay una especie de… fiesta en el campus. Pero no fiesta de música fuerte. Es una fiesta tranquila. Puestos de comida, juegos, luces, gente paseando...

Dy asintió.

— Podemos ir los cuatro.

Yin me miró.
Yo lo miré.

— ¿Quieres ir? —preguntó él.

— Sí —respondí.

Y lo dije sin miedo.

(Dy)
El campus estaba precioso.

Luces colgadas entre los árboles.
Puestos de comida con colores brillantes.
Gente riendo.
Música suave.
Niños corriendo entre burbujas.
Parejas paseando de la mano.

Jink me tomó la mano sin pensarlo.

— Esto es perfecto —dijo.

— Sí —respondí, apretando su mano.

(Jink)
Miré hacia atrás.

Yin y Seong caminaban juntos.
No pegados. Pero cerca.

Y cada tanto, sus manos se rozaban.
A veces por accidente. A veces no.

Y cada vez que pasaba, los dos se ponían rojos.

Dy me dio un codazo.

— Mirálos.

— Perfectos el uno para el otro.

(Yin)
Había un puesto con luces colgantes.
Otro con dulces.
Otro con dibujos.
Otro con juegos de puntería.

Seong se detuvo frente a uno donde había pequeñas pulseras hechas a mano.

— ¿Te gustan? —pregunté.

Él asintió.

— Son… bonitas.

Tomé una.
Era azul.
Su color.

— Creo que esta te quedaría bien —dije.

Seong se quedó quieto. Muy quieto.

— ¿A mí? —preguntó, sorprendido.

— Sí —respondí, sonriendo.

Y por primera vez… él no apartó la mirada.

(Seong)
Yin me dio la pulsera.
Su mano tocó la mía. Electricidad. Otra vez.

— Gracias —dije, bajito.

— De nada —respondió él.

Y seguimos caminando. Juntos. Sin alejarnos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.