Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 36. Lo que se acerca sin que lo notemos. (Seong, Yin, Dy, Jink).

(Seong)
La pulsera azul estaba en mi muñeca.

Y cada vez que la miraba, sentía algo extraño en el pecho.
Algo cálido. Algo que no sabía manejar.

Esta pulsera me recordará a ti.
No planeo quitármela.

No dije esas palabras en voz alta.
Pero estaban ahí.
Claras. Firmes.

Yin caminaba a mi lado, mirando los puestos del campus con esa curiosidad tranquila que siempre tiene.
Cada tanto, su brazo rozaba el mío. Cada tanto, nuestras manos se acercaban demasiado. Y cada tanto… yo respiraba un poco más hondo.

(Yin)
La fiesta del campus era perfecta.

Luces colgantes.

Música suave.
Puestos de comida.
Juegos.
Gente riendo.

Y Seong a mi lado.

No pegado. Pero cerca.
Lo suficiente para sentir su presencia. Lo suficiente para que mi corazón hiciera ese tirón extraño cada vez que lo miraba.

Vi un puesto de juegos.
Un clásico: “Acierta el aro y gana un premio.”

— ¿Jugamos? —pregunté, mirándolo con una sonrisa.

Seong se tensó un poco, como siempre que algo lo saca de su zona segura.

— ¿Yo? —preguntó.

— Sí —respondí—. Contigo.

Sus orejas se pusieron rojas.

— Está bien —dijo.

(Dy)
Jink y yo los observábamos desde unos metros atrás.

— Mirá cómo se ponen —susurró Jink, agarrado de mi brazo.

— Están nerviosos —respondí.

— Pero juntos —añadió él.

Asentí.

(Jink)
Yin estaba emocionado.
Seong estaba nervioso.
Y yo estaba disfrutando cada segundo.

— ¿Apuestas a que Seong falla el primer tiro? —pregunté.

— No apuesto contra él —respondió Dy—. Pero sí apuesto a que Yin lo anima igual.

Reí.

— Eso seguro.

(Yin)
El juego era simple: Tres aros. Tres intentos.

— Tú primero —dije.

Seong tomó un aro.
Su mano temblaba un poco. No mucho. Pero yo lo noté.

— No tienes que hacerlo perfecto —susurré.

Él me miró. Solo un segundo.
Pero suficiente para que mi pecho se apretara.

— Lo sé —respondió.

Lanzó.

El aro cayó a un lado.

— Casi —dije, sonriendo.

Seong frunció el ceño, pero no molesto. Más… concentrado.

Tomó el segundo aro.

Respiró hondo.
Lanzó.

Esta vez entró.

— ¡Bien! —dije, tocándole el brazo sin pensar.

Seong se quedó quieto. Muy quieto.
Como si ese toque hubiera sido demasiado.

— Gracias —murmuró.

(Seong)
El toque de Yin en mi brazo fue como un rayo.

Su mano era cálida.
Su sonrisa suave.
Su voz tranquila.

Y yo… yo me derretí un poco por dentro.

Tomé el tercer aro.
Yin estaba a mi lado.
Muy cerca. Demasiado cerca.

— Puedes hacerlo —susurró.

Y sin pensarlo, dije:

— Si tú lo dices… te creo.

Yin abrió los ojos un poco más.
Sorprendido.
Sonrojado.

Yo también me sorprendí.

¿Por qué dije eso?
¿Por qué salió tan fácil?

Lancé.

Entró.

Yin sonrió.
Hermoso.
Brillante.

— ¡Ganaste! —dijo.

El encargado del puesto nos dio un premio: un llavero pequeño con forma de estrella.

Yin lo tomó.
Me lo dio.

— Para ti —dijo.

— ¿Por qué? —pregunté.

— Porque… lo ganaste tú —respondió, bajando la mirada.

Pero yo sabía que no era por eso.

Y él también.

(Yin)
Seguimos caminando.
Seong guardó el llavero en su bolsillo, como si fuera algo importante.

Yo miré su muñeca.
La pulsera azul. La que yo le había dado.

— Te queda bien —dije.

Seong bajó la mirada hacia ella.
La tocó con los dedos. Suavemente.

— No pienso quitármela —murmuró.

Mi corazón se detuvo.

— ¿Qué? —pregunté, sorprendido.

Seong se tensó.

— Nada —dijo rápido—. Solo… me gusta.

Pero yo había escuchado. Y él sabía que yo había escuchado.

Y los dos nos pusimos rojos.

(Dy)
Jink me apretó la mano.

— ¿Escuchaste eso? —susurró.

— Sí —respondí.

Yo sonreí.

— Juro que están a nada de todo, pero tiene que llegar lentamente.

(Jink)
La fiesta seguía.
Luces.
Risas.
Música.

Y Seong y Yin caminando juntos.
Cada vez más cerca. Cada vez más conectados.

Y pensé: Esto recién empieza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.