(Yin)
Seong estaba sentado en la cama, con el pie vendado y la mirada perdida.
No decía nada, pero yo podía ver el dolor en su cara.
No solo físico.
También ese otro dolor que él nunca admite.
La fiesta seguía en el campus.
Dy y Jink no volverían hasta tarde.
Yo me quedé en el pasillo un momento, respirando hondo.
No quería invadirlo.
Pero tampoco quería dejarlo solo.
Fui a la cocina.
Preparé algo sencillo: arroz, pollo, un poco de sopa.
Nada especial, pero caliente. Reconfortante.
Toqué la puerta.
— Seong… te traje la cena.
Silencio.
Luego un suspiro.
— Puedes pasar —dijo él, bajito.
Entré despacio.
Él estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, el pie elevado, la expresión cansada.
— No tenías que… —empezó a decir.
— Sí tenía —respondí, dejándole la bandeja en las piernas cuando se sentó—. Come un poco.
Seong bajó la mirada.
Tomó los palillos.
Comió despacio.
Yo me senté a su lado, sin tocarlo, pero cerca.
— ¿Duele mucho? —pregunté.
— No —mintió.
— Seong…
Él cerró los ojos un segundo.
— Un poco —admitió.
Y ese “un poco” significaba “mucho”.
(Seong)
Yin estaba ahí.
Sentado a mi lado.
Cerca.
Me dolía el pie.
Me dolía el orgullo.
Me dolía admitir que necesitaba ayuda.
Pero Yin no me miraba con lástima.
Me miraba con… calma. Con paciencia. Con algo que no sabía nombrar.
— Gracias por traerme esto —dije.
— Siempre —respondió él.
Esa palabra me atravesó.
Siempre.
No “ahora”.
No “hoy”.
Siempre.
Y mi pecho se apretó.
(Yin)
Cuando terminó de comer, recogí la bandeja.
— Voy a hablar con Dy —dije.
Seong frunció el ceño.
— ¿Para qué?
— Para dormir aquí —respondí, como si fuera lo más obvio del mundo.
Seong se tensó.
— No hace falta.
— Sí hace falta —dije, suave pero firme—. No quiero que te levantes en la noche y te lastimes más.
Él abrió la boca para protestar.
Pero no dijo nada.
Solo bajó la mirada.
Salí del cuarto y fui al de Dy y Jink.
No estaban, claro.
Pero les mandé un mensaje.
> Yin: ¿Puedo dormir en la cama de Seong esta noche?
> Yin: Él está herido. No quiero dejarlo solo.
> Yin: Pueden dormir ustedes dos en mi cuarto.
La respuesta llegó rápido.
> Dy: Obvio.
> Jink: ¡Cuídalo!
> Dy: Y si llora, avísame.
> Jink: No va a llorar, Dy.
> Dy: Bueno, pero igual.
Sonreí.
Volví al cuarto de Seong.
(Seong)
Yin entró otra vez.
— Dy dijo que sí —anunció.
— No hacía falta —repetí.
— Ya lo sé —respondió él—. Pero quiero quedarme.
Mi corazón dio un salto.
— ¿Por qué? —pregunté, sin mirarlo.
Yin se acercó un poco más. No demasiado. Pero lo suficiente para que su voz sonara más suave.
— Porque me preocupo por ti.
Sentí que me quedaba sin aire.
(Yin)
Preparé la cama.
Puse almohadas para elevar su pie.
Apagué la luz, dejando solo la lámpara tenue.
Seong se acostó despacio.
Yo me acosté en la cama de Dy.
Podía escuchar su respiración.
Podía sentir su calor.
— Yin… —susurró él.
— ¿Sí?
— Gracias.
— De nada.
Silencio.
Pero un silencio cálido.
Y así… nos dormimos.
(Yin)
Desperté primero.
La luz de la mañana entraba por la ventana.
Seong seguía dormido.
Su cabello caía sobre la frente.
Su respiración era tranquila.
Su mano estaba cerca de la mía.
Me quedé mirándolo un momento.
Solo un momento.
Luego me levanté sin hacer para no despertarlo.
Fui a la cocina.
Preparé el desayuno: tostadas, fruta, café.
Algo simple.
Volví al cuarto.
Seong abrió los ojos justo cuando entré.
— Buenos días —dije.
Él parpadeó, confundido.
— ¿Hiciste… eso para mí?
— Sí —respondí—. ¿Cómo está tu pie?
Seong se incorporó un poco.
— Mejor —dijo.
— Mentiroso —respondí, sonriendo.
Él también sonrió.
— Gracias por quedarte —dijo.
— Siempre —respondí.
Editado: 25.01.2026