CAPÍTULO 39. Cuidarte sin que me lo pidas. (Yin, Seong, Jink).
(Yin) Seong estaba acostado, ya desayunado, con el pie vendado y la expresión cansada. Yo me quedé sentado a su lado, vigilando que no se moviera demasiado.
La puerta de la habitación que compartía con Jink se abrió despacio.
Dy y Jink salieron, somnolientos, agarrados de la mano.
— ¿Yin? —preguntó Jink, frotándose los ojos—. ¿Qué pasó? —¿Por qué estás despierto tan temprano? —añadió Dy, bostezando.
Me levanté para no despertarlo.
— ¿Se acuerdan que ayer les dije de Seong? Se torció el pie —expliqué en voz baja—. Lo vendé. — ¿Está bien? —preguntó Dy, ya más despierto. — Sí —respondí—. Solo necesita descansar. En una semana estará mejor.
Jink miró hacia la habitación.
— ¿Duele mucho? — Un poco —admití—. Pero ya está más tranquilo.
Dy me dio una palmada suave en el hombro.
— Hiciste bien en quedarte con él. — Sí —dijo Jink, sonriendo—. Eres un buen amigo.
No respondí. Solo asentí.
Porque “amigo” se sentía… insuficiente. Pero no dije nada.
(Seong) Desperté de nuevo con voces suaves en el pasillo.
Yin estaba sentado a mi lado. Dy y Jink estaban en la puerta, mirándome con preocupación.
— Buenos días —murmuré.
— ¿Cómo está el pie? —preguntó Dy. — Mejor —mentí.
Yin me miró de reojo. Sabía que era mentira.
— Vamos a desayunar —dijo Jink, a Dy y a Yin.
(Jink) La cocina estaba llena de luz. Dy preparaba café. Yo cortaba fruta. Yin calentaba pan.
Seong llegó cojeando un poco, apoyándose en la pared.
— Ey, despacio —dijo Yin, acercándose para sostenerlo.
Seong se tensó… pero no se apartó.
— Estoy bien —murmuró.
— Claro —respondí, rodando los ojos—. Y yo soy un unicornio.
Dy rió.
— Sentate, Seong. No seas terco.
Seong obedeció. Yin se sentó a su lado.
(Yin) Desayunamos los tres, aunque seong volvió a comer algo más para el desayuno. Tostadas, fruta, café, risas suaves.
Cada tanto, Seong hacía una mueca de dolor cuando movía el pie. Yo lo notaba. Siempre lo notaba.
— No deberías caminar hoy —le dije. — Estoy bien —repitió él.
Dy y Jink se miraron entre ellos.
— Bueno —dijo Dy, levantándose—. Nosotros tenemos clase. — Sí —añadió Jink—. No hagan nada raro mientras no estamos.
Seong se atragantó con el café. Yo me puse rojo.
— Jink… —murmuré.
— ¿Qué? —dijo él, inocente—. Solo digo.
Dy lo tomó de la mano.
— Nos vemos después —dijo, guiñando un ojo.
Y se fueron.
(Seong) Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en silencio.
Yin se levantó para recoger los platos.
— No tienes que quedarte —dije, sin mirarlo.
— Sí tengo —respondió él, tranquilo—. No vas a caminar solo con ese pie.
Me quedé callado.
Yin dejó los platos en el fregadero y volvió a mi lado.
— Voy a cuidarte hoy —dijo.
Mi pecho se apretó.
— No hace falta —susurré.
— Sí hace falta —respondió él—. Y quiero hacerlo.
(Yin) Seong estaba ahí. Herido. Cansado. Vulnerable.
Y yo… yo quería estar a su lado.
— ¿Quieres que te traiga hielo? —pregunté. — No —dijo él. — ¿Quieres que te prepare té? — No. — ¿Quieres que me siente contigo?
Seong dudó. Solo un segundo.
— Sí —respondió.
Me senté a su lado. Cerca. Muy cerca. Y él no se alejó.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.