(Jink)
La clase era un aburrimiento absoluto.
El profesor hablaba y hablaba, y yo solo podía pensar en dos cosas:
La primera, en el algodón de azúcar que me había comido anoche.
Y la segunda, en Yin cuidando a Seong como si fuera un enfermero enamorado.
Dy estaba a mi lado, tomando apuntes como si fuera un estudiante modelo.
— ¿Estás pensando en ellos? —susurré.
— Sí —respondió sin levantar la vista.
— ¿Crees que estarán bien?
— Sí —dijo—. Yin no lo va a dejar solo ni un segundo.
Sonreí.
Dy me dio un codazo suave.
— Concéntrate.
— No puedo —murmuré—. Estoy preocupado.
Dy me miró.
— ¿Por Seong?
— Por Yin —respondí—. Se va a morir de nervios.
Dy rió bajito.
— Los dos se van a morir de nervios.
(Dy)
La clase siguió.
Yo tomaba apuntes.
Jink hacía dibujitos en la esquina de su cuaderno.
Pero mi cabeza también estaba en casa.
En Seong.
En su pie. En cómo se hace el fuerte cuando está herido. En cómo odia sentirse vulnerable.
Y en Yin.
Que lo cuida como si fuera lo más natural del mundo.
Suspiré.
— Van a estar bien —dije, más para mí que para Jink.
Jink apoyó la cabeza en mi hombro.
— Sí. Pero quiero verlos.
— Después de clase —respondí.
(Yin)
El día avanzaba lento.
Seong estaba en el sofá, con el pie elevado, una manta sobre las piernas y cara de “no estoy cómodo pero no voy a admitirlo”.
Yo estaba sentado a su lado, vigilando cada movimiento.
— ¿Duele? —pregunté.
— No —mintió.
— Seong…
— Un poco —admitió.
Le acomodé la almohada bajo el pie.
Él me miró de reojo.
— No tienes que hacer todo esto —dijo.
— Quiero hacerlo —respondí.
Se quedó callado.
Pero su expresión cambió.
A algo más suave. Más vulnerable.
Pasaron unos minutos en silencio. Un silencio cálido.
Yo lo miré.
Él miró la tele.
Pero cada tanto… me miraba también.
Y entonces ocurrió.
(Seong)
Yin estaba muy cerca. Demasiado cerca.
Su hombro rozaba el mío.
Su respiración era suave.
Su mirada tranquila.
Y yo… yo no sabía qué hacer con eso.
Me dolía el pie.
Pero más me dolía el pecho. Ese tirón extraño cada vez que él se acercaba.
Y entonces Yin se inclinó un poco hacia mí.
No mucho. Solo un poco.
Pero suficiente para que mi corazón se acelerara.
— Tienes algo aquí —dijo, señalando mi mejilla.
— ¿Qué? —pregunté, confundido.
Yin levantó la mano.
Suavemente.
Con cuidado.
Sus dedos rozaron mi piel.
Apenas. Un toque mínimo.
Pero fue como si me hubiera tocado el alma.
Mi respiración se detuvo.
La suya también.
Yin estaba tan cerca que podía ver el brillo en sus ojos.
Tan cerca que podía sentir su calor.
Tan cerca que…
¿Va a…?
(Yin)
No sabía qué estaba haciendo.
Solo… me acerqué.
Un poco.
Un centímetro.
Otro.
Su piel era cálida.
Su respiración temblaba.
Su mirada estaba fija en la mía.
Y yo… yo quería...
La puerta se abrió de golpe.
(Dy)
— ¡Ya volvimos! —anuncié, entrando con Jink de la mano.
Y entonces los vimos.
Yin inclinado sobre Seong.
Seong con la cara roja.
Sus rostros a centímetros. Demasiado cerca.
Jink se quedó congelado.
Yo también.
— …¿Interrumpimos algo? —pregunté.
(Jink)
Yin saltó hacia atrás como si lo hubieran electrocutado.
— ¡No! ¡No, no, no! ¡Nada! ¡No estábamos-...!
Seong se tapó la cara con las manos.
—Dios…
Yo me llevé las manos al pecho.
—Ay, mis niños… ¡Qué escena más hermosa!
Dy me dio un codazo.
— No los asustes.
— ¿Asustarlos? —dije—. ¡Estaban a punto de besarse!
— ¡NO ESTÁBAMOS! —gritaron Yin y Seong al mismo tiempo.
Dy y yo nos miramos.
— Claro... —dijimos los dos.
(Seong)
Mi cara ardía. Mi corazón también.
Yin estaba rojo hasta las orejas.
Yo quería desaparecer.
— Voy a… eh… revisar mi pie —murmuré.
— Voy a… eh… traer agua —dijo Yin.
Los dos nos levantamos al mismo tiempo.
Los dos cojeamos un poco.
Los dos nos evitamos la mirada.
Y Dy y Jink se reían como si hubieran visto el mejor capítulo de una serie.
(Yin)
Mientras iba a la cocina, escuché a Jink susurrar:
—Dy… ¿viste eso?
— Sí —respondió él—. Están perdidos.
Y pensé: Sí, estoy muy perdido.
Pero no me molestaba.
Editado: 25.01.2026