Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 41. Lo que casi pasó… y lo que admitimos. (Seong, Yin).

(Seong)
Estaba en mi habitación.
La puerta cerrada.
El pie vendado.
La cabeza hecha un desastre.

Me dejé caer en la cama, mirando el techo.

¿Me iba a besar?
¿De verdad… iba a hacerlo?
Si Dy y Jink no hubieran entrado… ¿habría pasado?

Me llevé una mano a la cara.

— Dios… —murmuré.

Mi corazón seguía acelerado. Podía sentir el calor en mis mejillas solo de recordarlo.

Yin tan cerca.
Su mano en mi mejilla.
Su respiración temblando.
Su mirada fija en la mía.

Sí… iba a hacerlo.
O yo iba a hacerlo.
No sabía cuál de los dos.
Tal vez ambos.

Toqué la pulsera azul en mi muñeca.

¿Qué me está pasando?

La puerta se abrió sin golpear.

— ¿Seong? —Dy entró, cerrando detrás de él—. ¿Estás bien?

— No —respondí sin pensar.

Dy se sentó a mi lado.

— ¿Qué pasó?

Me cubrí la cara con las manos.

— Dy… ¿lo viste?

— ¿Ver qué? —preguntó, aunque su tono decía que sí sabía.

— Yin… —tragué saliva—. ¿Me iba a besar?

Dy levantó una ceja.

— ¿Tú qué crees?

— No sé —mentí.

Dy me miró fijo.

— Seong… yo vi todo.

Mi corazón se detuvo.

— ¿Qué viste? —pregunté, casi sin voz.

Dy suspiró.

— Vi a Yin inclinarse hacia tí. Vi tu cara roja. Vi cómo no te alejaste. Vi cómo lo mirabas. Y vi que si no entrábamos… sí.
Iba a pasar.

Me tapé la cara otra vez.

— Dios…

Dy sonrió.

— ¿Y tú? ¿Querías que pasara?

Me quedé en silencio. Mi pecho se apretó.

— No lo sé —susurré.

Dy me dio un codazo suave.

— Seong… sí lo sabes.

Y yo… yo también lo sabía.

(Yin)
Estaba en la cocina, apoyado contra la encimera, respirando hondo.

Mi corazón todavía estaba acelerado.
Mis manos temblaban un poco.

¿Lo iba a besar?
¿De verdad… casi lo hago?

Me cubrí la cara.

— Ay, Dios…

La escena se repetía en mi cabeza una y otra vez.

Su piel bajo mis dedos. Su respiración. Su mirada.
La forma en que no se apartó.

Sí… casi lo hice. Muy casi.

La puerta de la cocina se abrió.

— ¿Yin? —Jink entró, con una galleta en la mano—. ¿Qué pasó?

— Nada —mentí.

Jink me miró como si pudiera ver a través de mí.

— ¿Lo ibas a besar?

Me atraganté con mi propia saliva.

— ¡No! Yo… no… yo… ¡no sé!

Jink se cruzó de brazos.

— Yin.

— ¿Qué?

— Yo vi todo.

Mi corazón se detuvo.

— ¿Qué viste? —pregunté, temblando un poco.

Jink dio un paso más cerca.

—Vi cómo te inclinaste. Vi cómo lo miraste. Vi cómo él no se movió. Vi cómo estabas a un centímetro. Y vi que si no entrábamos… sí. Lo ibas a besar.

Me apoyé en la encimera, rojo hasta las orejas.

— Ay, Dios… —susurré—. ¿Qué estoy haciendo?

Jink sonrió.

— Enamorarte, probablemente.

— ¡No! —dije rápido—. No… yo… no sé…

— Yin —dijo Jink, suave—. ¿Querías besarlo?

Me quedé en silencio.
Mi pecho dolía. Mi garganta también.

— Sí —susurré al fin—. Un poco.

Jink levantó una ceja.

— ¿Un poco?

Suspiré.

— Mucho.

Jink sonrió como si hubiera ganado un premio.

— Estaba más que claro.

(Seong)
Dy se levantó.

— Voy a dejarte pensar —dijo—. Pero Seong…

— ¿Qué?

Dy sonrió.

— No tengas miedo de lo que sientes.

Y salió.

Me quedé solo.
Mirando la pulsera azul.

Y pensé: No quiero tener miedo. No de él.

(Yin)
Jink me abrazó por detrás.

— No te asustes —susurró—. No hiciste nada malo.

— Casi lo beso —dije.

— Y él casi te besó también a tí —respondió Jink.

Me quedé quieto.

— ¿De verdad?

— Sí —dijo Jink—. Se le notaba en la cara.

Mi corazón dio un salto.

— ¿Y ahora qué hago?

Jink sonrió.

— Esperar. Y dejar que pase cuando tenga que pasar.




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