(Seong)
El salón estaba tranquilo, demasiado para lo que sentía por dentro.
Intenté incorporarme en el sofá, moviendo el pie vendado con cuidado.
El dolor seguía ahí, punzante, recordándome cada segundo que no podía moverme como quería.
Desde la cocina llegaba el sonido suave de platos y el olor a tostadas.
Yin estaba allí, moviéndose con esa calma que siempre me descoloca.
Cada vez que escuchaba sus pasos, mi pecho reaccionaba antes que mi cabeza.
No debería mirarle tanto.
Pero lo hacía igual.
Cuando volvió con dos platos, se sentó a mi lado.
No pegado.
Pero lo suficientemente cerca como para que mi respiración se volviera consciente.
— He preparado desayuno —dijo.
— Gracias —respondí, intentando sonar normal.
Comimos en silencio unos segundos.
Un silencio que no era incómodo, pero sí denso.
Y entonces, sin pensarlo, dije:
— Ayer… casi…
Yin levantó la mirada.
Y el aire entre nosotros cambió.
— Sí —respondió él, apenas audible.
Mi corazón se aceleró.
— No sé qué habría pasado —murmuré.
— Yo sí —dijo él.
Sentí un calor repentino subir por mi cuello.
No sabía si era vergüenza o algo más profundo.
(Yin)
No podía dejar de mirarle.
Cada vez que Seong hablaba, cada vez que fruncía el ceño por el dolor, cada vez que bajaba la mirada hacia la pulsera azul… algo dentro de mí se movía.
Cuando dijo “ayer… casi…”, sentí que el estómago se me encogía.
Sí, casi acabó todo en un beso.
Y casi no me arrepiento.
Pero no podía decirlo así.
Después de desayunar, lo vi intentar levantarse.
Se apoyó en el sofá, con ese orgullo silencioso que siempre tiene.
— ¿Qué haces? —pregunté.
— Voy a caminar un poco.
— No deberías.
— Estoy bien.
No lo estaba.
Lo sabía.
Y aun así lo dejé intentarlo.
Dio un paso.
El pie le falló.
Y antes de que cayera, lo agarré por la cintura.
El contacto fue inmediato.
Firme. Cálido.
Demasiado íntimo para ser accidental.
Seong se quedó quieto.
Yo también.
— ¿Estás bien? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
— Sí… —susurró.
Pero no lo solté.
No enseguida.
(Seong)
Cuando Yin me sostuvo, sentí que el mundo se reducía a ese punto exacto donde sus manos tocaban mi cintura.
No sabía si me dolía más el pie o el pecho.
— Puedes soltarme —murmuré.
— No quiero que te caigas —respondió.
Pero no me soltó.
Y yo tampoco me moví.
Cuando por fin volvimos al sofá, respiré hondo.
— Yin… —empecé.
— ¿Sí?
— Ayer… cuando te acercaste…
Él se tensó.
— Lo siento si te incomodé.
— No me incomodaste —dije demasiado rápido.
Yin me miró sorprendido.
— ¿No?
— No —repetí, bajando la mirada—. Solo… no sé qué significa.
Él tardó unos segundos en responder.
— Tampoco lo sé —admitió—. Pero no quiero que te asustes.
Levanté la mirada.
— No me asusto de ti.
Y vi cómo esa frase le golpeó directamente en el pecho.
(Yin)
Seong dijo que no se asustaba de mí directamente y algo dentro de mí se aflojó.
Mientras le acomodaba la manta, nuestras manos se rozaron.
Un toque mínimo.
Pero suficiente para que ambos nos quedáramos quietos.
No dije nada.
Él tampoco.
Pero lo sentimos.
Más tarde, mientras él dormitaba, me incliné para acomodarle la almohada.
Y quedé demasiado cerca.
Su respiración rozó mi mejilla.
Su piel desprendía un calor suave.
Y cuando abrió los ojos, nuestras miradas chocaron.
Otra vez.
A un suspiro de distancia.
No me moví.
Él tampoco.
¿Y si…?
(Dy)
Entramos en casa justo en ese momento.
— ¡Ya estamos! —anuncié.
Y lo primero que vi fue a Yin inclinado sobre Seong.
Otra vez.
A punto de… algo.
Jink se quedó congelado.
Yo también.
— ¿Otra vez? —pregunté, cruzándome de brazos.
(Jink)
La escena era perfecta.
Casi cinematográfica.
Yin a un centímetro de la cara de Seong.
Seong con la respiración atrapada en el pecho.
Los dos rojos como tomates.
— Esto ya parece una serie romántica —dije—. Y nosotros somos los espectadores VIP.
Yin se apartó tan rápido que casi se cae.
Seong se hundió en la manta.
Dy suspiró.
— Algún día dejaréis de asustaros de vosotros mismos.
— Pero no hoy —añadí.
(Seong)
Cuando se fueron a su habitación, el salón quedó en silencio otra vez.
Yin y yo nos miramos.
No como antes.
No con miedo.
Con algo nuevo.
— ¿Estás bien? —preguntó él.
— Sí. Solo… cansado.
Yin se levantó.
— Voy a traerte otra almohada.
Lo observé alejarse.
Y pensé: No quiero que se vaya de mi lado.
(Yin)
Cuando volví, coloqué la almohada con cuidado.
Mis manos rozaron las suyas.
Esta vez, ninguno apartó la mirada.
— Gracias —murmuró.
— No tienes que darlas —respondí.
Y durante un segundo, solo un segundo, nos quedamos atrapados en esa cercanía.
No nos tocamos más.
Pero algo se asentó entre nosotros.
Algo que ya no podíamos negar.
Algo que, tarde o temprano, iba a pasar.
Editado: 25.01.2026