Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 44. Lo que se contiene… y lo que pide salir. (Seong, Yin, Dy).

(Seong)
El pie ya no dolía como antes.
Seguía sensible, pero podía apoyar sin que una punzada me subiera por la pierna.
Aun así, Yin insistió en caminar a mi lado mientras daba mis primeros pasos por el pasillo.

— No hace falta que estés tan pegado —dije, intentando sonar tranquilo.

— No estoy pegado —respondió él, aunque su brazo estaba a escasos centímetros del mío.

— Yin…

— Por si acaso —añadió, sin mirarme.

No dije nada.
Porque, en el fondo, me gustaba que estuviera ahí.

Caminamos despacio.
El pasillo era corto, pero para mí se sintió como un recorrido entero.
No por el pie.
Por él.

Cada vez que me tambaleaba un poco, Yin extendía la mano, preparado para sujetarme.
Y cada vez que lo hacía, mi pecho se tensaba.

Cuando llegamos al salón, me dejé caer en el sofá.

— ¿Ves? —dije—. Estoy bien.

Yin me miró como si no creyera ni una palabra.

— No fuerces —respondió.

— No estoy forzando.

— Sí lo estás.

— No.

— Sí.

Suspiré.

— Eres imposible.

Yin sonrió apenas, una sonrisa que le suavizó toda la expresión.

— Y tú eres terco.

Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario.
Y él también.

Si Dy y Jink entraran ahora…
Sacudí la cabeza.

— Voy a por agua —dijo Yin, apartando la mirada.

Y se fue a la cocina.

Y yo me quedé con un pensamiento que me quemaba por dentro: ¿Qué estamos haciendo?

(Yin)
El agua no era excusa.
Necesitaba respirar.

Me apoyé en la encimera, cerré los ojos y dejé que el aire saliera despacio.

No puedo seguir así.
Cada vez que estoy cerca de él, me pierdo.

Abrí los ojos justo cuando Jink entró en la cocina, comiéndose una galleta como si fuera lo más normal del mundo.

— ¿Qué haces aquí solo? —preguntó.

— Pensar —respondí.

— Uy —dijo él, levantando una ceja—. Eso suena peligroso.

Me pasé una mano por el pelo.

— Jink… no sé qué hacer.

Él dejó la galleta en la mesa.

— ¿Qué ha pasado ahora?

— Nada. Y ese es el problema.

Jink se cruzó de brazos.

— Explícate.

Respiré hondo.

— Cada vez que estamos a punto de… —me detuve, buscando las palabras— de que pase algo… siempre aparece alguien. Siempre nos interrumpen. Siempre se rompe el momento.

Jink abrió los ojos, interesado.

— ¿Algo como…?

— Como… —me llevé una mano a la cara—. Como que casi lo beso. Otra vez.

Jink se llevó una mano al pecho, teatral.

— Ay, por favor, ¿cuántas veces vais a estar a un centímetro sin hacer nada?

— No lo sé —dije, frustrado—. Pero no puedo aguantar más.
No puedo seguir quedándome quieto cuando él está tan cerca.
No puedo seguir fingiendo que no pasa nada.

Jink se acercó y me agarró de los hombros.

— Yin. Tranquilo. Respira.

Lo hice.

— ¿Te gusta? —preguntó.

— Sí —respondí sin dudar.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Y él?

Me quedé callado. Pero la respuesta estaba clara.

— Creo que sí —susurré—. O al menos… no se aleja.

Jink sonrió.

— Entonces deja de comerte la cabeza. Si quieres que pase algo… tendrás que dejar de frenarte.

— No quiero asustarlo.

— No lo vas a asustar —respondió Jink—. Lo vas a liberar.

Me quedé quieto.
La frase me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

Liberarlo.

De su miedo.
De su duda.
De lo que siente y no dice.

— ¿Y si me equivoco? —pregunté.

— Entonces yo te compro helado —respondió Jink—. Pero no te vas a equivocar.

(Dy)
Entré en la cocina justo cuando Jink estaba dándole un sermón a Yin.

— ¿Qué está pasando aquí? —pregunté.

— Intervención emocional —respondió Jink.

— ¿Otra vez?

— Sí —dijo él—. Yin está a punto de explotar.

— ¿Qué te pasa? —le pregunté a Yin mirándolo fijamente.

— No puedo seguir así —dijo, haciendo una leve pausa—. Cada vez que estoy con Seong… siento que algo va a pasar.
Y cuando por fin pasa… alguien entra. O él se asusta. O yo me freno.

Me apoyé contra la mesa, suspirando un poco.

— ¿Y qué quieres hacer?

— No lo sé —respondió—. Pero no puedo seguir esperando a que el universo decida por nosotros.

Sonreí.

— Pues entonces deja de esperar.

(Seong)
Desde el salón podía escuchar sus voces. No las palabras exactas, pero sí el tono.

Yin sonaba inquieto.
Jink, demasiado animado.
Dy tenía ese tono de “voy a arreglarte la vida te guste o no”.

Me pasé una mano por la nuca.

¿Están hablando de mí? Probablemente.

Me levanté despacio, apoyándome en la pared, y caminé hacia la cocina.
No quería espiar.
Solo necesitaba saber.

Cuando llegué a la puerta, escuché la voz de Yin con una claridad que me dejó clavado en el sitio.

— No puedo seguir esperando a que el universo decida por nosotros.

Mi corazón se detuvo.

¿Nosotros?

Jink respondió enseguida:

—Pues entonces deja de esperar.

Hubo un silencio breve.

Luego Yin habló otra vez, más bajo, pero lo suficiente para que yo lo oyera.

— Tengo miedo de decirlo, porque si lo hago, ya no habrá vuelta atrás.

Sentí un nudo en la garganta.

¿Decir qué?
¿A quién?
¿Y si no quiero que haya vuelta atrás?

Me quedé quieto, sin atreverme a entrar.
Pero tampoco podía alejarme.

(Yin)
Cuando salí de la cocina, no esperaba encontrarme a Seong apoyado en la pared, mirándome como si hubiera escuchado demasiado.

Me quedé paralizado.

— ¿Cuánto… llevas ahí? —pregunté, sintiendo cómo se me tensaba la voz.

— Lo suficiente —respondió él.

Mi estómago se encogió.

— Seong, yo… no pretendía que lo escucharas así.

— Pero lo escuché —dijo él, sin apartar la mirada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.