Cuando el Hielo conoció a la Miel.

CAPÍTULO 46. Lo que empieza a tomar forma. (Yin, Dy, Jink).

(Yin)
Seguía con la respiración acelerada después del beso.
No sabía si caminar, si quedarme quieto, si reír o si esconderme bajo una manta.
Pero Seong estaba ahí, mirándome como si yo fuera algo que llevaba tiempo queriendo entender.

— ¿Vamos…? —murmuré, señalando hacia la cocina.

Seong asintió.
Y sin pensarlo demasiado, entrelazó sus dedos con los míos.

Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que casi me mareo.

Caminamos hacia la cocina así, de la mano, como si fuera lo más natural del mundo.

(Seong)
Cuando entramos, lo primero que vi fue a Dy y Jink pegados a la pared, tiesos como estatuas, con cara de haber sido atrapados robando galletas.

Jink soltó un pequeño grito ahogado.

— ¡Ah! —se llevó las manos a la boca—. ¡No estaba suponiendo que entrarían tan pronto!

Dy se enderezó como si intentara parecer serio, pero tenía los ojos brillantes.

— No estábamos espiando —mintió.

— Claro —respondí, levantando una ceja.

Yin apretó mi mano sin darse cuenta.
Yo también la apreté.

Jink dio un saltito emocionado.

— ¿Entonces…? ¿Sois…? ¿Qué sois? ¿Qué está pasando? ¿Qué significa esto? —señaló nuestras manos entrelazadas como si fueran un fenómeno paranormal.

Yin me miró.
Yo lo miré.

Y por primera vez, no hubo duda.

— Somos pareja —dije.

Yin sonrió.
Una sonrisa que le iluminó toda la cara.

Jink chilló.
Literalmente chilló.

— ¡POR FIN! —saltó encima de Dy—. ¡POR FIN, DY, POR FIN!

Dy rió, abrazándolo.

— Ya era hora.

(Dy)
Verlos así, de la mano, sin esconderse, sin miedo…
Me dio una sensación rara en el pecho.
De orgullo. De alivio. De “mis niños por fin lo lograron”.

— Bueno —dije, cruzándome de brazos—. Ahora que ya sois pareja, ¿qué queréis que pase entre vosotros?

Yin abrió la boca, pero Seong habló primero.

— Queremos… ir despacio —dijo—. Pero juntos.

Yin asintió.

— Sí. Juntos.

Jink se derritió en mis brazos.

— Ay, qué bonito…

Yo le acaricié el pelo.

— Venga, vamos a cenar antes de que me dé diabetes de tanto azúcar emocional.

(Jink)
La cena fue… diferente.
No incómoda. No rara. Solo… nueva.

Había un aire distinto en el ambiente.
Más ligero. Más cálido.

Yin y Seong se sentaron juntos.
No pegados, pero sí lo bastante cerca como para que sus rodillas se rozaran de vez en cuando.
Y cada vez que pasaba, los dos se ponían un poco rojos.

Dy y yo nos mirábamos y sonreíamos como dos padres orgullosos.

— Entonces —dije mientras servía la comida—. ¿Qué hacemos ahora que somos oficialmente dos parejas?

Seong se atragantó con el agua.
Yin le dio una palmada en la espalda.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó Seong.

— Pues que… —miré a Dy—. Vivimos juntos, ¿no?
— Sí —respondió él.
— Somos dos parejas, ¿no?
— Sí —repitió.

— Entonces… ¿por qué seguimos durmiendo como si fuéramos cuatro desconocidos?

Dy se rió.

— Tiene un punto.

Yin se tensó un poco.
Seong también.

— ¿Qué propones? —preguntó Yin.

Yo sonreí.

— Que en una habitación juntemos dos camas para Dy y para mí.
Y en la otra… —miré a Seong y Yin— juntéis las vuestras.

Seong abrió mucho los ojos.
Yin se puso rojo hasta las orejas.

Dy apoyó los codos en la mesa.

— No es mala idea. Así no tenéis que estar yendo de un cuarto a otro. Y… bueno… sois pareja.

Yin tragó saliva.

— ¿Tú… quieres eso? —me preguntó Seong, mirándome.

— Solo si tú quieres —respondió Yin.

Seong bajó la mirada un segundo.
Luego la levantó.

— Sí. Si quiero.

Yin sonrió.
Una sonrisa suave, tranquila, que le cambió toda la expresión.

— Entonces… lo hacemos —dijo.

(Seong)
Después de cenar, fuimos a las habitaciones.
Dy y Jink empezaron a mover sus camas entre risas y bromas.
Nosotros dos nos quedamos en la puerta, observándolos.

— ¿Estás seguro? —me preguntó Yin en voz baja.

— Sí —respondí—. Quiero dormir contigo.

Yin se quedó quieto.
Como si esas palabras le hubieran tocado algo profundo.

— Yo también —susurró.

Entramos en nuestra habitación.

Las dos camas estaban separadas, una a cada lado.

— Vamos a juntarlas —dije.

Yin asintió.

Entre los dos empujamos las camas hasta que quedaron pegadas.
No perfectas. No alineadas. Pero juntas.

Y cuando terminamos, nos quedamos de pie, mirándolas.

— Se siente… raro —dijo Yin.

— Sí —respondí—. Pero bien.

Yin me miró.
Yo lo miré.

Y sin pensarlo, me acerqué y le tomé la mano.

— Buenas noches —dije.

— Buenas noches —respondió él.

Nos metimos en la cama.
No pegados. Pero cerca.

Y por primera vez… sentí que todo estaba en su sitio.

(Yin)
Cuando apagué la luz, escuché la respiración tranquila de Seong a mi lado.
No podía verlo, pero podía sentirlo.

Y pensé: Esto es lo que quería desde el principio.

Me giré un poco hacia él.

— Seong… —susurré.

— ¿Mm?

— Gracias por… dejarme estar aquí.

Él movió la mano bajo la manta hasta encontrar la mía.

— Gracias por quedarte —respondió.

Y así, con nuestras manos entrelazadas bajo las sábanas, nos dormimos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.