(Yin)
Desperté con la luz suave de la mañana entrando por la ventana.
Tardé unos segundos en entender dónde estaba… y con quién.
Seong dormía a mi lado, de costado, tranquilo.
En algún momento de la noche, sin darme cuenta, me había acercado lo suficiente como para que mi brazo quedara apoyado cerca de su costado, sin abrazarlo, pero sí rozándolo.
Su hombro tocaba ligeramente mi pecho.
Su respiración era cálida y constante, justo en la zona de mi cuello.
Me quedé quieto.
No quería moverme. No quería romper ese momento tan frágil y perfecto.
[> Ojalá todas las mañanas fueran así. <]
(Seong)
Desperté con una sensación cálida en la espalda.
Tardé un instante en recordar dónde estaba… y con quién.
Yin estaba detrás de mí.
No me abrazaba, pero su brazo descansaba cerca de mi costado, lo bastante cerca como para sentir su calor.
Su respiración me rozaba la nuca, suave, rítmica.
No me aparté.
No quería.
Moví un poco la mano bajo la manta y, sin querer, rocé la suya.
Yin se tensó un instante… pero no se alejó.
[> Si esto es despertar juntos… podría acostumbrarme. <]
(Jink)
Abrí los ojos y lo primero que vi fue el pecho de Dy.
Literalmente.
Estaba abrazado a él como un koala: una pierna encima, un brazo alrededor de su torso, la cara enterrada en su camiseta.
— Buenos días —murmuró Dy, con voz ronca.
— Mmm… —respondí, sin soltarlo.
— ¿Estás cómodo ahí?
— Sí.
— ¿Puedes respirar?
— No.
— ¿Quieres moverte?
— Tampoco.
Dy rió y me acarició la espalda.
— Eres imposible.
— Y tú me quieres así —respondí, apretándolo más.
Dy suspiró, pero sonreía.
— Sí. Te quiero así.
Me incorporé un poco, solo para mirar hacia la puerta.
— ¿Crees que ya se despertaron?
— No lo sé —respondió Dy—. Pero podemos comprobarlo.
— ¿Vamos a espiar?
— Por supuesto.
(Dy)
Caminamos hacia la habitación de Yin y Seong.
Jink iba delante, emocionado como si fuera un niño en un parque de atracciones.
Abrí la puerta despacio.
Y ahí estaban.
Seong dormido de lado, con el ceño relajado.
Yin detrás de él, muy cerca, no abrazándolo, pero sí lo bastante próximo como para que pareciera que su cuerpo lo buscaba incluso dormido.
Jink se llevó las manos a la boca.
— Ay… —susurró—. ¡Son adorables!
Yo asentí.
— No quiero despertarlos.
— Yo sí —dijo Jink.
— No.
— Pero…
— No.
Jink infló las mejillas, frustrado.
— ¿Podemos al menos hacer una foto mental?
— Haz todas las que quieras —respondí.
(Yin)
Escuché un susurro en la puerta.
— Ay… —susurró—. ¡Son adorables!
— No quiero despertarlos.
Seguí escuchandolos pero abrí los ojos.
Jink estaba asomado por la puerta.
Dy detrás de él.
Los dos mirándonos como si fuéramos un documental de animales salvajes.
Me puse rojo al instante.
— ¿Qué… hacéis? —pregunté, sin moverme demasiado para no despertar a Seong.
— Nada —respondió Dy.
— Observando —añadió Jink.
— Es lo mismo —dije.
— No —respondió Jink—. Observar es más artístico.
Seong se movió un poco, despertándose.
— ¿Qué pasa…? —murmuró.
Y entonces se dio cuenta de que yo estaba muy cerca.
Y de que Dy y Jink estaban en la puerta.
Se puso rojo al instante.
— ¡Salid! —dijo, tapándose la cara.
Jink chilló de emoción.
— ¡SON TAN MONOS!
Dy lo arrastró fuera.
— Dejalos respirar, por favor.
(Seong)
Cuando la puerta se cerró, me hundí en la almohada.
— Dios… —murmuré—. ¿Tenían que vernos así?
Yin se rió bajito.
— Podría haber sido peor.
— ¿Cómo?
— Bueno... Nos vieron casi besarnos, nos vieron besarnos...
Me puse rojo otra vez.
— No me lo recuerdes...
— ¿Por qué? —preguntó, acercándose un poco—. ¿Te da vergüenza?
— No —respondí, aunque sí me daba.
— ¿Entonces?
— Es… nuevo.
Yin sonrió.
Una sonrisa tranquila, cálida.
— A mí también me da un poco de cosa —admitió—. Pero me gusta.
Mi pecho se aflojó.
— A mí también —dije.
(Jink)
Mientras preparábamos el desayuno, no podía dejar de sonreír.
— Dy… —dije, apoyando la cabeza en su hombro—. ¿Te das cuenta de que ahora somos dos parejas viviendo juntas?
— Sí —respondió él, friendo huevos—. Y que tú vas a estar insoportable de felicidad.
— Correcto.
— Y que vas a molestar a Yin y a Seong cada cinco minutos.
— También correcto.
Dy rió.
— Solo no los asustes.
— No prometo nada.
(Yin)
Cuando Seong y yo salimos de la habitación, Jink nos miró como si fuéramos recién casados.
— Buenos días, pareja —canturreó.
Seong se puso rojo.
Yo también.
Dy nos sirvió café como si fuera lo más normal del mundo.
— ¿Dormiste bien? —preguntó.
Seong me miró de reojo.
— Sí —respondió—. Bastante bien.
Yo asentí.
— Yo también.
Jink sonrió como si hubiera ganado la lotería.
(Seong)
Mientras desayunábamos, Yin me pasó la mantequilla sin que yo la pidiera.
Yo le serví agua sin pensarlo.
Nuestras manos se rozaron varias veces.
Pequeños gestos. Pequeñas cosas. Pero cada una de ellas… se sentía como un paso más.
Un paso hacia algo que recién empezaba. Y que, por primera vez, no daba miedo.
Editado: 25.01.2026