La mañana empezó tranquila. Demasiado tranquila para una casa con Jink dentro.
Yin estaba en la cocina preparando café. Yo estaba sentado en la mesa, todavía medio dormido, con el pelo hecho un desastre. Yin me miró de reojo y sonrió.
— Pareces un gato mojado.
— Gracias —murmuré—. Muy amable.
Yin dejó una taza frente a mí.
— Te quiero igual.
Me atraganté con el aire.
— ¿Qué?
— El café —dijo rápido, rojo—. Te quiero dar el café igual. Eso.
Lo miré con una ceja levantada.
— Ajá.
Yin se tapó la cara.
— No empieces.
Me reí bajito. Era demasiado fácil hacerlo ponerse nervioso.
(Jink)
Entré en la cocina como si fuera un huracán.
— ¡BUENOS DÍAS, MI PAREJA FAVORITA!
Seong casi se cae de la silla. Yin casi tira el café.
Dy entró detrás de mí, bostezando.
— Jink, por favor, son las ocho de la mañana.
— ¡Exacto! ¡Hora perfecta para vivir, reír y molestar!
Me acerqué a Seong y le revolví el pelo.
— ¿Dormiste bien, gatito mojado?
— ¿¡QUÉ!? —Seong se puso rojo.
Yin me fulminó con la mirada.
— No le digas eso.
— ¿Por qué no? —pregunté—. Es adorable.
Dy me agarró del cuello de la camiseta y me arrastró hacia atrás.
— Déjalos desayunar en paz.
— ¡Pero si solo estoy siendo cariñoso!
— Demasiado cariñoso —respondió Dy.
(Yin)
Después del desayuno, decidimos limpiar la casa. Era sábado, y la casa lo pedía a gritos.
Jink puso música. Mala música. Muy mala.
— ¡Es mi playlist de limpieza! —dijo orgulloso.
— Parece música de ascensor —respondió Seong.
— ¡Es motivadora!
Dy suspiró.
— Motivadora para irme de la casa.
Mientras limpiábamos, Seong y yo terminamos en el mismo cuarto. Él estaba doblando ropa. Yo estaba ordenando la estantería.
En un momento, nuestras manos se rozaron al mismo tiempo que intentábamos agarrar la misma camiseta.
Nos quedamos quietos.
Muy quietos.
— Perdón —dijo él.
— No pasa nada —respondí.
Pero ninguno soltó la camiseta.
Seong levantó la mirada.
— Yin…
— ¿Sí?
— Me gusta esto.
— ¿Qué cosa?
— Esto —dijo, señalando el cuarto, la ropa, la casa— Vivir contigo. Con todos. Pero… contigo.
Sentí que el pecho se me llenaba de algo cálido.
— A mí también —respondí.
Y sin pensarlo, le di un beso suave en la mejilla.
Seong se quedó congelado.
— ¿Eso fue…?
— Sí —dije—. Fue.
Y él sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
(Dy)
Mientras tanto, en el salón, yo intentaba que Jink no se subiera al sofá con los zapatos puestos.
— Jink, bájate.
— Pero estoy limpiando arriba.
— No estás limpiando, estás bailando.
— ¡Es parte del proceso!
— No.
— ¡Sí!
— Jink.
— Dy.
Nos quedamos mirándonos.
Luego él sonrió.
— ¿Me das un beso y me bajo?
Suspiré.
— Eres insoportable.
— Pero irresistible.
Le di un beso rápido.
— Ahora bájate.
— ¡Obedeciendo, mi capitán!
(Seong)
Al final del día, la casa estaba limpia, la música apagada y los cuatro tirados en el sofá, agotados.
Jink tenía la cabeza en el regazo de Dy. Yin estaba a mi lado, con su brazo rozando el mío.
— ¿Sabéis qué? —dijo Jink—. Somos una familia rara.
— Muy rara —añadió Dy.
— Pero funciona —dijo Yin.
Yo asentí.
— Sí. Funciona.
Y por primera vez, sentí que esa palabra… hogar… tenía mucho más que sentido.
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