Cuando el Hielo conoció a la Miel.

Extra 1. Nuestro primer hogar. (Seong, Yin, Jink, Dy).

(Seong)
El coche estaba lleno hasta arriba.
Cajas, bolsas, mochilas, una planta que Jink insistió en traer aunque estaba medio muerta...
Yin conducía con una concentración casi exagerada, como si llevar nuestras cosas fuera una misión diplomática.

— Relájate —le dije, tocándole el brazo—. No va a explotar nada.

— No lo sabes —respondió él—. Jink empacó tres cajas sin etiquetar. Podría haber dinamita ahí dentro.

Desde el asiento trasero, Jink gritó:

— ¡NO ES DINAMITA, ES ARTE!

Dy, sentado a su lado, suspiró.

— Es basura, Jink. Basura envuelta en papel de colores.

— ¡ARTE!

Yo me reí.
Yin también, aunque intentó disimularlo.

La casa apareció al final de la calle: grande, luminosa, con un pequeño jardín delantero y ventanas enormes.

Mi pecho se apretó.

Este es nuestro hogar.

(Yin)
Cuando aparcamos, Jink salió corriendo como si fuera un niño entrando a un parque de atracciones.

— ¡MÍRENLA! ¡ES PERFECTA! ¡TIENE PUERTAS! ¡Y PAREDES! ¡Y UNA VENTANA QUE SE ABRE!

Dy lo agarró del cuello de la camiseta.

— No grites a los vecinos.

— ¡PERO ESTOY FELIZ!

— Sé feliz en silencio.

Yo bajé del coche y me quedé mirando la casa.
Era grande.
Demasiado grande para cuatro estudiantes recién graduados.
Pero también… perfecta.

Seong se acercó a mí.

— ¿Te gusta?

— Mucho —respondí.

— A mí también.

Y sin pensarlo, entrelacé mis dedos con los suyos.

(Jink)
Entramos a la casa y yo grité otra vez.

— ¡TIENE ESCALERAS! ¡Y UNA ISLA EN LA COCINA! ¡Y UNA BAÑERA QUE CABE UN DINOSAURIO!

Dy me tapó la boca.

— Por favor, deja de actuar como si nunca hubieras visto una casa.

— ¡PERO ESTA ES NUESTRA CASA!

Dy se quedó callado.
Luego sonrió.

— Sí. Lo es.

(Seong)
Pasamos horas descargando cajas.
Yin y yo trabajábamos juntos, en silencio cómodo.
Cada vez que nuestras manos se rozaban, él se ponía rojo.
Yo también.

En un momento, mientras subíamos una caja al segundo piso, Yin tropezó y yo lo agarré del brazo.

— ¿Estás bien?

— Sí —dijo, pero su voz tembló.

— No te caigas —le dije.

— No pienso caerme —respondió—. No cuando tú estás aquí.

Me quedé quieto.
Él también.

Luego seguimos subiendo cajas como si nada hubiera pasado.

(Dy)
Jink estaba decorando la sala como si fuera un set de televisión.

— Aquí va el sofá. Aquí va la alfombra. Aquí va mi colección de figuras. Aquí va-...

— No —dije.

— ¿Qué no?

— No vas a poner tus figuras en la sala.

— ¿Por qué no?

— Porque quiero que la gente entre y piense “qué casa tan bonita”, no “qué tienda tan caótica”.

Jink puso cara de ofendido.

— Mis figuras son ARTE.

— Son polvo acumulado.

— ¡DY!

— Está bien —cedí—. Puedes poner dos.

— ¿Dos?

— Dos.

— ¿Y si pongo tres?

— Jink.

— Vale, vale, dos.

(Yin)
Cuando terminamos, ya era de noche.
La casa estaba llena de cajas, pero también de risas, de voces, de vida.

Nos sentamos los cuatro en el salón, comiendo pizza de una caja.

Jink apoyó la cabeza en el hombro de Dy.
Yo me acerqué un poco a Seong.
Él no se alejó.

— Somos una familia rarísima —dijo Jink.

— Mas que rarísima —añadió Dy.

— Pero aún así, miren que bien estamos —dijo Seong.

Yo asentí.

— Demasiado bien.

Y en ese momento, con la luz cálida, el olor a pizza, las risas suaves… supe que estábamos empezando algo grande.




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