El cielo estaba cubierto por una tormenta de pétalos.
Miles de ellos giraban sobre el campo de batalla como copos de nieve arrastrados por el viento. Algunos brillaban con tonos azulados. Otros emitían destellos dorados. Todos respondían a una sola voluntad.
La mía.
Raíces gigantescas emergían de la tierra, levantando columnas de polvo y roca. Enredaderas tan gruesas como troncos serpenteaban entre las filas del ejército imperial, obligando a los soldados a retroceder.
El miedo estaba escrito en sus rostros.
Y no podía culparlos.
Porque yo también tendría miedo.
Después de todo, ¿qué pensarías si vieras a una mujer sola detener a un ejército entero utilizando flores?
Mis dedos temblaron.
No por el esfuerzo.
Por la tristeza.
Frente a mí se extendían cientos de lanzas, escudos y estandartes imperiales.
Y detrás de ellos...
Estaba él.
Su armadura oscura reflejaba la luz del atardecer. La capa roja que llevaba sobre los hombros se agitaba con cada ráfaga de viento.
Incluso a esa distancia podía reconocerlo.
Podía reconocer cada detalle.
La forma en que sostenía la espada.
La rigidez de su postura.
La expresión aparentemente fría que siempre utilizaba para ocultar lo que sentía.
El hombre que me había enseñado a sobrevivir en un mundo desconocido.
El hombre que me había protegido cuando todos querían utilizarme.
El hombre del que me había enamorado.
Y el mismo hombre que ahora se encontraba al mando del ejército enviado para detenerme.
Su espada apuntó en mi dirección.
-Ríndete.
Su voz atravesó el campo de batalla.
Firme.
Autoritaria.
Implacable.
Cualquiera que lo escuchara pensaría que estaba dando una simple orden militar.
Pero yo lo conocía demasiado bien.
Sabía reconocer la tensión oculta bajo aquellas palabras.
Sabía que no quería estar allí.
Sabía que estaba sufriendo.
Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga.
-No puedo.
Durante un instante nadie se movió.
Ni los soldados.
Ni los caballeros.
Ni siquiera el viento pareció atreverse a respirar.
Entonces las flores a mi alrededor comenzaron a abrirse.
Miles.
Decenas de miles.
Cubriendo el valle entero con colores imposibles.
Un espectáculo hermoso.
Y aterrador.
-Aún hay tiempo -dijo él.
Por un momento deseé creerle.
Deseé correr hacia él.
Deseé que todo aquello desapareciera.
Las mentiras.
Las profecías.
La guerra.
El imperio.
Todo.
Pero ya era demasiado tarde.
-No -susurré-. Ya no lo hay.
El silencio que siguió resultó insoportablemente pesado.
Mis ojos se cerraron.
Y mientras los recuerdos regresaban como una marea imposible de detener, no pude evitar pensar en lo absurdo de toda la situación.
Meses atrás mi mayor preocupación había sido clasificar especies de orquídeas.
Meses atrás no sabía nada sobre magia.
Nada sobre imperios.
Nada sobre guerras.
Mucho menos sobre profecías.
Y definitivamente no sabía que existían otros mundos.
Porque antes de convertirme en una fugitiva...
Antes de convertirme en la mujer que un imperio entero deseaba capturar...
Yo solo era una investigadora botánica.
Y todo comenzó con una flor.
Una única flor.
Una flor que jamás debió existir.
--- Meses atrás ---
La humedad de la selva se pegaba a mi piel como una segunda capa de ropa.
Aparté una rama que bloqueaba el sendero y observé el mapa que llevaba entre las manos.
No me gustaba aquel lugar.
No porque fuera peligroso.
Al contrario.
Era demasiado silencioso.
-Tengo un mal presentimiento.
Varias de mis compañeras soltaron una carcajada.
-Tú siempre tienes un mal presentimiento.
-Porque normalmente tengo razón.
-Y normalmente exageras.
-También es cierto.
Las risas continuaron mientras seguíamos avanzando.
Aquella expedición formaba parte de un proyecto internacional dedicado al estudio de especies vegetales poco documentadas.
En otras palabras, era exactamente el tipo de trabajo que me hacía feliz.
Mientras otras personas soñaban con riquezas o fama, yo podía pasar horas observando pétalos.
No era algo particularmente emocionante.
Pero me gustaba.
Las plantas eran honestas.
Predecibles.
No mentían.
No traicionaban.
No iniciaban guerras.
Y ciertamente no arruinaban vidas.
Qué equivocada estaba.
La mujer que caminaba delante de mí se detuvo de golpe.
-¿Lo ven?
Todas levantamos la cabeza.
Al principio no entendí qué estaba observando.
Luego mi corazón se detuvo.
En medio de un pequeño claro.
Sobre una roca cubierta de musgo.
Crecía una flor solitaria.
Era hermosa.
Demasiado hermosa.
Sus pétalos parecían estar hechos de obsidiana pulida.
Negros.
No de un púrpura tan oscuro que pareciera negro.
No azul profundo.
Negros.
Como un vacío.
Como una ausencia imposible de luz.
Y lo más extraño era que el espacio a su alrededor parecía más oscuro que el resto del bosque.
Como si aquella flor estuviera absorbiendo la claridad del mundo.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Algo estaba mal.
Muy mal.
-¿Alguien conoce esta especie? -preguntó una de las investigadoras.
Nadie respondió.
Yo tampoco.
Porque jamás había visto algo semejante.
Y sin embargo...
No podía apartar la mirada.
Era como si aquella flor me estuviera llamando.
Invitándome a acercarme.
Un paso.
Y luego otro.
Hasta quedar frente a ella.
Mi lógica me decía que debía retroceder.
Tomar fotografías.
Recolectar muestras.