El primer sonido que escuché fue el canto de los pájaros.
No el de las aves tropicales que había escuchado durante la expedición.
Era diferente.
Más agudo.
Más melodioso.
Como si varias voces se mezclaran formando una extraña canción.
Fruncí el ceño.
Luego abrí lentamente los ojos.
La luz del sol me golpeó de lleno.
-Ah...
Volví a cerrarlos inmediatamente.
Me dolía la cabeza.
Sentía el cuerpo pesado.
Y tenía la desagradable sensación de haber dormido durante demasiado tiempo sobre una superficie incómoda.
Permanecí inmóvil durante unos segundos.
Intentando recordar qué había sucedido.
La expedición.
La flor negra.
La oscuridad.
La voz.
Entonces mis ojos se abrieron de golpe.
Me incorporé tan rápido que el mundo entero giró a mi alrededor.
-¿Qué...?
Miré a mi alrededor.
Y me quedé sin palabras.
Aquello no era una selva.
No era ningún lugar que hubiera visto antes.
Me encontraba acostada sobre una inmensa pradera cubierta de flores.
Miles.
Decenas de miles.
Flores de todos los colores imaginables.
Algunas parecían normales.
Otras no.
Había flores translúcidas cuyos pétalos brillaban como cristal.
Flores azuladas que emitían pequeñas partículas luminosas.
Flores de color plateado que parecían hechas de metal.
Incluso una especie de campanilla roja que flotaba unos centímetros por encima del suelo.
Mi cerebro tardó varios segundos en procesar aquella imagen.
Luego llegó la conclusión más lógica posible.
-Me golpeé la cabeza.
Sí.
Definitivamente era eso.
Seguramente me había desmayado.
Tal vez estaba soñando.
O delirando.
O ambas cosas.
Porque nada de aquello tenía sentido.
Me puse de pie.
Las piernas me temblaron.
Respiré profundamente.
-Vale, Valeria.
Mantén la calma.
Observé el horizonte.
Y la calma desapareció inmediatamente.
Porque a lo lejos podía distinguir algo enorme.
Una ciudad.
No.
Una muralla.
Gigantesca.
Tan grande que parecía atravesar las montañas.
Torres blancas se elevaban hacia el cielo.
Estandartes ondeaban sobre ellas.
Y más allá...
Se alzaba un castillo.
Uno inmenso.
Sacado directamente de una película de fantasía.
Sentí cómo mi estómago comenzaba a hundirse.
-No.
No.
No, no, no.
Aquello no podía ser real.
No podía.
Comencé a caminar.
Después a correr.
Necesitaba encontrar personas.
Necesitaba respuestas.
Necesitaba comprobar que no estaba perdiendo la cordura.
El problema era que cuanto más avanzaba, más extraño se volvía todo.
Las plantas que me rodeaban parecían imposibles.
Algunas giraban lentamente siguiendo mi movimiento.
Otras cerraban sus pétalos cuando me acercaba.
Incluso juraría que una pequeña flor amarilla me observó pasar.
-No.
No voy a pensar en eso.
La flor definitivamente no me observó.
Las flores no tienen ojos.
Seguí caminando.
Durante aproximadamente una hora.
Tal vez más.
Hasta que encontré un sendero.
Un auténtico sendero.
De tierra compactada.
Con marcas de ruedas.
Y huellas.
Humanas.
La emoción me golpeó tan fuerte que estuve a punto de llorar.
-Gracias.
Gracias.
Gracias.
No sabía a quién estaba agradeciendo exactamente.
Pero no me importaba.
Seguí el camino.
Y finalmente escuché voces.
Muchas voces.
Mi corazón se aceleró.
Corrí.
Las ramas golpeaban mis brazos mientras atravesaba un pequeño grupo de árboles.
Y entonces llegué.
Era un mercado.
O algo parecido.
Pequeños puestos de madera se alineaban a ambos lados de un camino principal.
Había personas comprando frutas.
Vendiendo herramientas.
Conversando.
Riéndose.
Mi alivio duró exactamente tres segundos.
Porque entonces observé la ropa que llevaban.
Y sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.
Túnicas.
Capas.
Vestidos.
Armaduras ligeras.
Espadas.
Muchas espadas.
No había automóviles.
No había teléfonos.
No había postes eléctricos.
No había nada remotamente moderno.
Parecía una recreación histórica.
Una extremadamente elaborada.
-¿Qué demonios...?
Varias personas comenzaron a observarme.
Y entonces entendí por qué.
Yo seguía vistiendo ropa de expedición.
Botas de senderismo.
Pantalones de trabajo.
Chaqueta impermeable.
Mochila.
Parecía tan fuera de lugar como un astronauta en una feria medieval.
-Genial.
Simplemente genial.
Una anciana que vendía frutas me observó con curiosidad.
-¿Se encuentra bien, señorita?
Mi corazón dio un salto.
Hablaba español.
Perfectamente.
Sin acento.
Sin dificultad.
-Sí.
Bueno.
No.
Tal vez.
La anciana parpadeó.
-Eso no responde mucho.
-Lo sé.
La mujer soltó una pequeña risa.
-¿Es extranjera?
-Creo que sí.
-¿De dónde viene?
Abrí la boca.
Y la cerré.
Porque de repente comprendí algo.
No tenía idea de cómo responder esa pregunta.
Porque si decía la verdad...
Probablemente me tomarían por loca.
Y porque yo misma empezaba a sospechar que estaba loca.
La anciana me observó unos segundos más.
Luego extendió una manzana roja hacia mí.
-Tome.
Parece que necesita sentarse.
Acepté la fruta.
-Gracias.
-No es nada.
Mordí la manzana.
Y casi lloro.
Porque era real.
Demasiado real.
Podía sentir el sabor.
La textura.
El jugo.