Valeria permaneció inmóvil.
La flor negra seguía sobre la mesa.
Perfectamente quieta.
Perfectamente real.
Durante varios segundos contempló la posibilidad de que siguiera soñando.
Era una teoría razonable.
Después de todo, las flores no aparecían mágicamente en habitaciones cerradas.
Y tampoco viajaban entre mundos.
Bueno.
Al parecer sí lo hacían.
Lo que arruinaba bastante el argumento.
—No.
No.
No.
Retrocedió un paso.
La flor no se movió.
Retrocedió otro.
Nada.
Era una simple flor.
Una aterradora flor interdimensional capaz de arruinarle la vida.
Pero una flor al fin y al cabo.
—Esto es imposible.
Como respuesta, uno de los pétalos terminó de abrirse.
Valeria soltó un pequeño grito.
—¡No hagas eso!
La flor ignoró completamente su protesta.
Lo cual era ofensivo.
Porque incluso las plantas de su mundo parecían cooperar más que aquello.
Respiró profundamente.
Necesitaba pensar.
Observar.
Analizar.
Era una científica.
Podía hacer eso.
Con cuidado se acercó nuevamente.
La examinó.
La forma de los pétalos era idéntica.
El color era idéntico.
Incluso aquella extraña sensación de vacío seguía presente.
Como si la flor absorbiera la luz a su alrededor.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Muy extraño.
Cuando extendió una mano...
Escuchó un susurro.
Valeria se congeló.
El sonido desapareció inmediatamente.
Miró a ambos lados.
No había nadie.
La habitación seguía vacía.
—¿Hola?
Nada.
Silencio absoluto.
Quizás estaba imaginando cosas.
Sí.
Seguramente era eso.
Otra vez.
Volvió a acercar los dedos.
Y el susurro regresó.
Esta vez más claro.
Más cercano.
Como hojas agitadas por el viento.
Como raíces moviéndose bajo la tierra.
Como cientos de voces hablando al mismo tiempo.
Retrocedió de golpe.
El sonido desapareció.
Su corazón latía con fuerza.
—Bien.
Eso definitivamente no es normal.
La flor permaneció inmóvil.
Como si no acabara de violar todas las leyes conocidas de la botánica.
A varios pisos de distancia.
Adrián tampoco dormía.
Se encontraba en su despacho.
Rodeado por mapas.
Informes.
Cartas.
Y una montaña de trabajo que parecía multiplicarse cada día.
Frente a él, dos oficiales permanecían de pie.
—¿Nada?
Preguntó.
—Nada, mi lord.
—¿Ni un solo registro?
—Ninguno.
Adrián observó el documento.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Seguía sin tener sentido.
Las personas dejaban rastros.
Siempre.
Un nombre.
Una familia.
Un origen.
Algo.
Pero aquella mujer parecía haber surgido de la nada.
Y eso le desagradaba.
No porque creyera que fuera peligrosa.
Sino porque las incógnitas siempre terminaban convirtiéndose en problemas.
—Continúen investigando.
—Sí, mi lord.
Los hombres hicieron una reverencia y abandonaron la habitación.
Adrián volvió a quedarse solo.
Lo agradeció.
Le gustaba el silencio.
Era sencillo.
Predecible.
A diferencia de ciertas investigadoras botánicas.
Sin quererlo recordó la conversación del día anterior.
"Necesitas vacaciones."
Todavía no entendía qué tenía de gracioso aquello.
Ni por qué ella se había reído.
Ni por qué seguía pensando en ello.
Frunció el ceño.
Aquello tampoco le gustó.
A la mañana siguiente.
Valeria despertó sentada en una silla.
Con la espalda dolorida.
Y la flor negra seguía allí.
Maravilloso.
No había sido un sueño.
—Odio todo esto.
La flor no respondió.
Lo cual era probablemente lo mejor.
Unos golpes resonaron en la puerta.
—¿Sí?
—Soy yo.
La voz de Adrián.
Valeria abrió.
Y se encontró con el general sosteniendo una bandeja.
Parpadeó.
Luego volvió a parpadear.
—¿Por qué traes el desayuno?
—Porque aún no puede abandonar el edificio.
—¿Y no había nadie más disponible?
—Sí.
—Entonces ¿por qué tú?
Adrián permaneció callado unos segundos.
Como si realmente estuviera intentando encontrar una respuesta.
—Estaba de camino.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Valeria tuvo que contener una sonrisa.
Cada conversación con él era una experiencia.
—Gracias.
Tomó la bandeja.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Los ojos de Adrián se desviaron hacia el interior de la habitación.
Directamente hacia la mesa.
Directamente hacia la flor negra.
Todo su cuerpo se tensó.
Valeria lo notó inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
El silencio fue instantáneo.
Peligroso.
Pesado.
—¿Dónde consiguió eso?
La voz había cambiado.
Ya no era la del hombre tranquilo de la noche anterior.
Era la del soldado.
La del general.
Valeria sintió un escalofrío.
—Apareció aquí.
—¿Apareció?
—Sí.
—¿Sin más?
—Créeme.
Yo también sé lo absurdo que suena.
Adrián entró en la habitación.
Lentamente.
Sin apartar la vista de la flor.
—No la toque.
—Ya la toqué.
—¿Qué?
—Varias veces.
El rostro de Adrián perdió algo de color.
—Valeria.
—¿Qué?
—Aléjese de esa cosa.
Aquella fue la primera vez que utilizó su nombre.
Y por alguna razón eso hizo que la situación pareciera mucho más seria.
Ella obedeció.
Por una vez.
Porque incluso ella podía reconocer cuándo alguien estaba realmente preocupado.
Adrián se aproximó a la mesa.
Observó la flor.
Y algo parecido a la preocupación cruzó su mirada.